Las dos naturalezas en el hijo de Dios

En Honor a Su verdad

Por E.W.Bullinger

(Traducido y adaptado al castellano por Pablo Pereyra)


Prefacio

La experiencia del hijo de Dios es descripta en Gálatas 5:17 con las siguientes palabras: “Porque el deseo de la carne es contra el espíritu, y el del espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis”.
En todo excepto en esto puede el mero profesante imitar al verdadero hijo de Dios; y esto es lo que distingue a la persona meramente religiosa del verdadero cristiano. Todo verdadero hijo de Dios tiene siempre una experiencia de conflicto interior, como es descrito en Gálatas 5:17. Pero no todo hijo de Dios comprende la doctrina acerca de este conflicto. Tener la experiencia sin tener la doctrina es una fructífera fuente de confusión, inquietud y desaliento. Conocer la doctrina y no tener la experiencia es fatal y desemboca en un eterno desastre. El único remedio para esta falta de conocimiento es aprender es aprender directamente de la Palabra de Dios todo lo que es enseñado acerca de la naturaleza heredada, a través de las generaciones, por Adán, y acerca de la naturaleza concedida (por medio de la re-generación) por Dios. Sólo la Palabra de Dios puede darle al creyente el verdadero conocimiento acerca de la “hechura de Dios”; y darle la clave para comprender sus sensaciones internas, que de otra manera le serían inexplicables. Cuando la doctrina de las dos naturalezas es comprendida, lo que antes fue causa de dudas no sólo será removido sino que se convertirá en tierra de certidumbre; y ésta es, verdaderamente, la más grande certidumbre que uno puede tener de que uno es hechura de Dios y de que Dios ha comenzado en uno esa buena obra que Él mismo perfeccionará y completará (Filipenses 1:6).
El objetivo de las siguientes páginas es dar el conocimiento de esta doctrina, de modo que dicha experiencia interna, que produce duda y temor, se convierta en fuente de paz y gozo.

E.W. BULLINGER – MAYO 1906


Introducción



“Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es”. JUAN 3:6.
Hoy en día escuchamos muchos acerca de lo que es la “enseñanza de Jesús”, y se ha hecho el intento de colocarla como anterior y contraria a la enseñanza de Pablo, pasando por alto que ambos (el evangelio y las epístolas) fueron dados por la inspiración de un mismo Espíritu Santo. Los hombres hablan de estas enseñanzas, no porque desean conocer y obedecer las enseñanzas del Señor Jesús, sino porque desean minimizar la autoridad de la enseñanza de Dios dada a través de Pablo, y desligarse se lo que ellos llaman “teología paulina”, trayendo un enfrentamiento entre ésta y la enseñanza del Señor Jesús, pero de todo esto no obtendrán ningún beneficio. Volverán hacia atrás y no andarán más con él (JUAN 6:6); o se llenarán de ira y querrán echarlo de sí (LUCAS 4:28,29). En JUAN 3:6 tenemos la enseñanza del Señor Jesús de una doctrina fundamental, aquí se establece una Verdad eterna. Pero ésta es una Verdad que el hombre natural no tiene. Aquí se declara que, por naturaleza, somos descendientes del caído Adán; somos engendrados a su semejanza (GÉNESIS 5:3), y somos participantes de su naturaleza caída. Siendo nacidos de carne tenemos la naturaleza de nuestro procreador y somos carne. Esta carne, declara la “enseñanza de Jesús”: “para nada aprovecha” (JUAN 6:63); y en ella “no mora el bien” (ROMANOS 7:18). Pero, como hemos dicho, esta es la enseñanza que el hombre no recibirá. Púlpitos, plataformas y prensa proclaman a una voz lo opuesto y declaran que algo bueno hay en el hombre y todo lo que tenemos que hacer es descubrirlo y desarrollarlo.
Es contra esta mentira del Diablo que está puesta el hacha divina de Verdad cuando el Señor declara que “lo que es nacido de la carne, carne es” y que “la carne para nada aprovecha”  y que en ella “no mora el bien”. Si algo bueno es hallado en el hombre debe, primero, haber sido colocada por Dios. Debe ser “nacida del Espíritu”, y cuando esto “bueno” ha nacido en el hombre y es hallado en él, será reconocido como perteneciente a la naturaleza del Procreador: es espíritu, es divino. Estas dos naturalezas son tan opuestas en su origen, naturaleza y carácter que cada una de ellas tiene diversos nombres, y cada nombre revela algún rasgo nuevo y alguna verdad adicional. Veremos primero los nombres por medio de los cuales se describe al hombre natural.


Capítulo  I


Los nombres y características de la vieja naturaleza



1 – LA CARNE: Como vimos en Juan 3:6, “lo que es nacido de la carne, carne es”. Ésta proviene del nacimiento, generado por un procreador caído.
  Con respecto a la carne diremos que “no puede agradar a Dios” (ROMANOS 8:8); “para nada aprovecha” (JUAN 6:63) y que en ella “no mora el bien” (ROMANOS 7:18).
Ésta es una verdad vital y fundamental, la pregunta es ¿la creeremos? ¿Creeremos en Dios o en los hombres? Si le creemos a Dios veremos que el gran bulto que anda bajo el nombre de “adoración pública” es vanidad. La verdadera adoración debe ser, sin lugar a dudas, aquella hecha con el espíritu o la nueva naturaleza. Debemos llegar al punto de decir como dijo María: “Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador.”
Solamente siendo salvos es que podemos adorar. Ya que si la carne por sí misma “para nada aprovecha” es claro, entonces, que no podemos adorar a Dios con nuestros sentidos (los cuales pertenecen a la carne). No podemos adorar con nuestros ojos contemplando un sacramento. No podemos adorar con nuestras narices oliendo incienso. No podemos adorar con nuestros oídos escuchando música. Ni podemos adorar con nuestras gargantas cantando. Todo esto proviene de la carne que “para nada aprovecha”, Dios no la estima, y su labor es en vano. Los cristianos protestantes están de acuerdo con nosotros en lo dicho acerca de contemplar los sacramentos u oler incienso, pero ¿qué hay con respecto a los otros sentidos de la carne?, ¿qué hay con respecto a los oídos y la garganta? Las iglesias parecen estar todas “enloquecidas” por la música y hacen coros de “mil enérgicos” y hacen bandas de cuerdas y coros e himnos y han lanzado un nuevo “Evangelio de la canción”, hemos llegado a un tiempo en donde la carne parece tener una influencia universal en lo que aún conserva el nombre de “adoración”. Pero, ¡Ay de todos ellos!, porque estas cosas “para nada aprovechan”. Esta inundación está avanzando de un lado y del otro, donde el clamor es ¡Sean llenos con el espíritu!, pero “la Palabra de Verdad” es dividida incorrectamente.
Un montón de impedimentos son puestos después de la palabra “espíritu” y no se enseña que si estamos llenos del espíritu se verán los resultados: “hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones” (EFESIOS 5:19), no es meramente cantar con la garganta, o sea, no es cantar para una audiencia o congregación sino “para el Señor”. No se trata de tener “oído” para la música sino un “corazón” para la música.
Entonces, de este nombre dado a la vieja naturaleza aprendemos que la carne “para nada aprovecha”.
Esta solemne verdad es fundamental para la cristiandad, donde lo opuesto a esto es la base para la religión. La religión tiene que ver con la carne. La cristiandad tiene que ver con Cristo y con la nueva naturaleza (que es pneuma – Christou o “espíritu-Cristo”). Pero de esto hablaremos más adelante.
La vieja naturaleza también es llamada:

2 – EL HOMBRE NATURAL: Diremos que “el hombre natural no percibe [recibe] las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1 CORINTIOS 2:14).
En la estructura de esta porción de 1 Corintios, el versículo 14 está en correspondencia con el versículo 8; que nos dice que ninguno de los príncipes de este mundo conoció la sabiduría de Dios, esto es, e gran secreto – el Misterio – porque fue escondido en Dios (EFESIOS 3:9) u ojo no la ha visto y oído no la ha oído (1 CORINTIOS 2:9). Y aún cuando ahora es “revelado” (1 CORINTIOS 2:10) el hombre natural no puede conocerla, porque sólo se discierne por el espíritu, o la nueva naturaleza dentro nuestro, creada e iluminada por el Espíritu Santo. Esto es concluyente en cuanto al carácter, poder, inclinación y condición de “el hombre natural”; esto es, el hombre por naturaleza, cuando nace en el mundo. Éste, posteriormente es llamado:

3 – EL VIEJO HOMBRE: ¿Y qué se dice acerca de él?, diremos que: “…está viciado conforme a los deseos engañosos…” (Efesios 4:22). El viejo hombre está lleno de deseos y de codicia, estos deseos son falsos y engañosos. Son, en todo, contrarios a Dios, contrarios a Su espíritu y a Su Palabra y a la nueva naturaleza, el espíritu, cuando es implantado dentro nuestro. En conexión con esta nueva naturaleza se lo llama:

4 – EL HOMBRE EXTERIOR: Siendo aquello que se ve y lo que en realidad perece (2 Corintios 4:16), y esto es día a día. Es por eso que, mientras estemos en la carne, debemos soportar este “peso”; y no hay órdenes conectadas con aquello que perece, sólo hay provecho en la esfera en donde todo es, y debe ser, espiritual, o sea, en el área de acción del espíritu.

5 – EL CORAZÓN: O sea, el corazón natural, el cual es engañoso, más que todas las cosas y perverso. (Jeremías 17:9). Tan engañoso es que nos está constantemente engañándonos y traicionándonos. Es tan engañoso que nadie sino sólo Dios puede conocerlo verdaderamente. El Señor Jesús dio algunas “enseñanzas” acerca del corazón del hombre natural en Mateo 15:19: “Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias.”
Las iglesias pueden hablar acerca de “cambiar el corazón”, pero el corazón nunca cambia. Un “nuevo corazón” debe ser dado. Podrían hablar acerca de mejorar el corazón del hombre (o la naturaleza humana), pero el viejo corazón no puede ser mejorado y el nuevo no necesita mejoras. Los espiritistas y teosofistas hablan acerca de lo “divino” en el hombre y mostrar como estos “antiguos pensamientos del Oriente”, “la cuna de la filosofía” está penetrando en las religiones occidentales. Esto es tan verdadero como real, pero es una mentira de Satanás contra la verdad de Dios. Tarde o temprano todo hombre está obligado a confesar que todo su esfuerzo por “mejorar el corazón” termina fracasando.
Otro nombre dado a la vieja naturaleza en la Palabra de Dios es:

6 – LA MENTE CARNAL: Este aspecto de la vieja naturaleza es aún más serio que los otros. Se refiere a algo más allá que los actos y condiciones y carácter, hace referencia a los pensamientos; la actividad mental, razonamientos e imaginación del hombre natural (Romanos 8:7). El que sean opuestos a los pensamientos de Dios es una verdad manifiesta desde la antigüedad: “…todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal.” (Génesis 6:5). Y Dios también ha declarado acerca de la mente carnal que “…mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos” (Isaías 55:8). Los “designios de la carne” en Romanos 8:7 significa “LA MENTE DE LA CARNE” (en griego phronema sarkas), como se lo llama en el noveno artículo de la Iglesia de Inglaterra, que declara:

 “El pecado original no permaneció en los siguientes a Adán (como los Pelagianos declaran vanamente); sino que es la falta y la corrupción de la naturaleza de cada hombre lo que es naturalmente engendrado de la genealogía de Adán y lo que permanece en las generaciones; es por eso que el hombre está muy lejos de la justicia original y es por naturaleza propia inclinado al mal, de modo que la carne desea siempre contrariamente al espíritu; y es por eso que toda persona nacida en este mundo es merecedora de la ira y la condenación de Dios. Y esta infección de la naturaleza permanece, aún en aquellos que son regenerados; es por eso que el deseo de la carne, en griego phronema sarkas (que algunos definen como “sabiduría”, otros como “sensualidad”, otros como “afectos”, y otros como “deseos” de la carne) no está sujeto a la ley de Dios…” El artículo concuerda con la categórica declaración de la Palabra de Dios, que declara (en Romanos 8:7,8) que la “mente de la carne” está en “enemistad contra Dios”, “…no sujeto a la ley de Dios…”, “…ni tampoco puede hacerlo…” y “…no pueden agradar a Dios”.

La “mente” es la fuente de los pensamientos, y los pensamientos son la fuente de las acciones. La “mente de la carne”, por lo tanto, es aquella parte de la carne que piensa, y esos pensamientos son siempre contrarios a Dios y tienen, como se dijo en la conclusión del artículo citado, “la naturaleza de pecado”.
Esto nos lleva al último de los nombres dados en la Escritura a la vieja naturaleza:

7 – PECADO: Debemos distinguir entre “pecados” y “pecado”. “Pecado” es la raíz, “pecados” son los frutos. En Romanos, desde el 1:16 hasta el 5:11, se habla de “pecados”, considerados como el resultado de la vieja naturaleza y que habitan con ella; y vamos a mostrar cómo son quitados, y cómo Dios puede justificar y ser el Justificador del pecador, que es salvo por un principio de fe y no por la ley. Desde Romanos 5:12 hasta el 8:39 se habla del “Pecado”: la vieja naturaleza, porque si bien el pecador es justificado en Cristo, todavía se alimenta del trabajo de la vieja naturaleza y experimenta el conflicto entre ésta y la nueva naturaleza. El objetivo de esta sección de Romanos es enseñarnos que, si bien todavía vemos los frutos, tenemos que considerar al viejo árbol como muerto, y reconocer que hemos muerto en la muerte de Cristo. No hay cambios, la raíz aún está allí, el cambio está en nuestra postura delante de Dios: ahora nos paramos en un plano diferente: “andamos por fe”; y, a pesar de los frutos que venimos viendo con el paso del tiempo, creemos a Dios cuando nos dice que el árbol, desde Su punto de vista, fue condenado. Un nuevo injerto ha sido colocado, y éste sólo puede producir “fruto para Dios”; mientras que todo lo que es producido por la vieja rama es inútil y es cortado por las manos del gran Jardinero. Nosotros somos Su labranza. Él nos injertó una nueva naturaleza, y tenemos que creerle cuando nos dice todas las maravillas del trabajo que Él ha forjado.




 

Capítulo  II


El carácter y el fin de la vieja naturaleza

Luego de haber considerado los diversos nombres de la vieja naturaleza según las Escrituras, ahora veremos qué se dice acerca de la naturaleza misma y su fin. Lo primero que aprendemos es que:

1 – NO SE PUEDE CAMBIAR: “Lo que es nacido [o engendrado] de la carne, carne es” y sigue siendo carne. No hay poder conocido que pueda transformarla en espíritu. Los hombres hablan acerca de cambiar la naturaleza, pero son sólo palabras, no alteran la realidad. Los hombres nunca se cansan de esforzarse por mejorarla, pero constantemente reciben agrias frustraciones: constantemente exhiben el hecho de que ni la educación, ni la religión pueden alterar la vieja naturaleza o impartir una nueva. La carne puede ser altamente cultivada. Pueden haber “deseos refinados de la mente”, pero siguen siendo vulgares “deseos de la carne” (Efesios 2:3) y están igual de lejos de Dios y también están bajo su “ira” (Efesios 2:3,13). La carne puede hacerse muy religiosa, en realidad, estos dos van muy bien juntos, ya que la religión consiste en ordenanzas, ritos y ceremonias; consiste en comidas y bebidas; se basa en votos y promesas y señales. Todas estas cosas son externas y todas son para la carne. Todas estas cosas están dentro del dominio de la carne, que suele observar días y fiestas y ayunos (Colosenses 2:16, 20-22; Romanos 14:5, 6); se goza en “reglas para el diario vivir”; se deleita en “ordenanzas”; todas estas cosas ministran para la carne, y la religión carnal se sustenta de éstas así como la carne irreligiosa se sustenta del vicio. De ahí el peligro de cualquier “servicio religioso”, en el cual se ministra para la carne o en donde se hace provisión para ésta: música encantadora, anécdotas de corazones rotos y fervientes llamamientos, todas estas cosas pueden crear lo que llamamos “conversos”, pero no puede guardarlos verdaderamente. Es interesante ver cuántos de estos “conversos” logran permanecer; quizá puedan permanecer por semanas, meses, o años, pero no permanecerán por toda la eternidad.

Todas estas cosas externas “perecen con el uso” (Colosenses 2:22). Son nacidas de la carne. Sólo lo que es nacido (o engendrado) del Espíritu es espíritu (Juan 3:6). “…todo lo que Dios hace será perpetuo…” (Eclesiastés 3:14); y “…toda planta que no plantó mi Padre celestial, será desarraigada.” (Mateo 15:13), estas palabras fueron habladas por el Señor a aquellos cuya religión estaba en la carne y consistía en lavamientos y largas oraciones; a aquellos que honraban a Dios con sus labios y suponían que el hombre era contaminado por lo que “entra en la boca” (Mateo 15:11). Estas palabras hablan acerca de los “escribas y fariseos”, que eran de Jerusalén, el centro de las observaciones religiosas (15:1) y están dirigidas hoy a todos quienes “enseñan como doctrina mandamientos de hombres” (15:9), a aquellos que hacen hombres religiosos por medio de trabajar alimentando a la carne, y quieren hacerse santos diciendo: “…no manejes, ni gustes, ni toques…” (Colosenses 2:21) y quienes dan mayor importancia a lo que “entra por la boca” (Mateo 15:11) que a lo que “sale del corazón”, como si pensaran que lo que entra por la boca posee un poder sobrenatural que puede influir al corazón. ¡No! La naturaleza del viejo hombre no se puede cambiar: “…no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden…”, así se establece plenamente el problema para todos aquellos que están sujetos a la Palabra de Dios en Romanos 8:7.

Una vez que se comprende este hecho es imposible pedir “límpianos los corazones” porque, la pregunta que se desprende naturalmente sería ¿cuál corazón? ¿el viejo o el nuevo? Si hablamos del viejo, no puede limpiarse, si hablamos del nuevo, no necesita limpieza. David pudo decir “crea en mí un corazón limpio, oh Dios”, lo que es muy diferente. Crear un nuevo corazón es muy diferente a limpiar el viejo. Este simple hecho y verdad de la Palabra de Dios es un hacha puesta a la raíz de toda enseñanza moderna acerca de “limpiar el corazón” que profesan algunos que, habiendo obtenido la justificación por gracia, intentan ser santificados por las obras, éstos caen bajo la corrección de Gálatas 3:3: “¿Tan necios sois? ¿Habiendo comenzado por el Espíritu [o nueva naturaleza], ahora vais a acabar [a perfeccionaros] por la carne?” Esta es la gran doctrina de las dos naturalezas del hijo de Dios, la cual corrige toda enseñanza presente, que guía a muchos a tener un alma perturbada. En el conflicto, en vez de ver esta gran tierra de certeza, buscan desligarse de toda esta doctrina, queriendo llevar a cabo lo que es absolutamente imposible: limpiar y mejorar la vieja naturaleza. Sobre todas estas enseñanzas, y sobre todos estos esfuerzos, la muerte arroja la solemne sentencia: “NI TAMPOCO PUEDEN”.

Lo segundo que aprenderemos es que sólo tiene un final:

2 – SU FINAL ES LA MUERTE: La carne y todo lo que le pertenece, su religión y su impiedad, su virtud y vicio, todo terminará en muerte. Todo es por un tiempo y no por la eternidad: “…en Adán todos mueren…” (1 Corintios 15:22). “…El ocuparse de la carne es muerte…” (Romanos 8:6, que mejor traducido diría: “la mentalidad de la carne es muerte…”). Al estar conectada con el cuerpo se la llama “este cuerpo de [destinado a] muerte” (Romanos 7:24). Nada sino sólo la muerte puede darle fin a todo lo que es de la carne. El primer “Adán” fue hecho del polvo de la tierra y al polvo regresó (Génesis 3:19). El tercer hecho se desprende del segundo:

3 – “El que siembra para su carne, de la carne segará corrupción” (Gálatas 6:8): Todos los esfuerzos por mejorar la carne, toda provisión hecha para la carne, toda ordenanza conectada con la carne, todas terminan en corrupción y muerte: “…todas se destruyen con el uso…” (Colosenses 2:22). Pero, nuestro final tiene un lado más bendito, este es, el de la nueva naturaleza, como veremos en el próximo capítulo.


 

Capítulo  III


Los nombres y características de la nueva naturaleza

Es un gran y bendito hacho el que haya algo Divino así como hay algo humano; algo engendrado por Dios, así como lo engendrado por el hombre; hay un “espíritu” así como hay carne. “…lo que es nacido del espíritu, espíritu es…” (Juan 3:6). Esta nueva naturaleza tiene, así como la otra, varios nombres, estos generan un contraste y oposición con los nombres de la vieja naturaleza. Es llamada:

1 – ESPÍRITU: Este está en contraste con la “carne” (como nombre dado a la vieja naturaleza); y es llamada así porque es nacida o engendrada por el Espíritu Santo – Dios (Juan 3:6). Así como la carne participa de la naturaleza de Adán, habiendo descendido de él, el espíritu participa de la naturaleza del Espíritu Santo, nacido ex tou pneumatos. Por eso a esta naturaleza, siendo de origen Divino, se la llama:

2 – NATURALEZA DIVINA: En griego es theia phusis (2 Pedro 1:4). Por eso es que es “perfecta” e incapaz de cometer pecado. 1 Juan 3:9: “Todo aquel que es nacido de Dios no practica el pecado [no lo produce como fruto], porque la simiente de Dios [nueva naturaleza] permanece en él [el hombre nuevo] y no puede pecar, porque es nacido de Dios.”  - 1 Juan 5:18 y 19: “Sabemos que todo aquél que ha nacido de Dios no practica el pecado, pues aquel que fue engendrado por Dios [esto es, el nuevo hombre le guarda y el maligno no le toca. Sabemos que somos de Dios y el mundo entero está bajo [el poder del] maligno.” La nueva naturaleza es personificada y referida con género masculino. No se refiere al creyente completo, porque “si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros” (1 Juan 1:10) y nuestros pecados son tratados como describe 1 Juan 2:1 y 2. Pero la nueva naturaleza es nacida de Dios y no peca, y no cae “bajo [el poder del] maligno.” Por lo tanto, la nueva naturaleza, siendo “espíritu”, y siendo nacida o producida en el creyente por el poder del Espíritu Santo, es Divina, y por eso es llamada:

3 – EL NUEVO HOMBRE: (Efesios 4:24; Colosenses 3:10). Este está en contraste con el “viejo hombre”, que es, como hemos visto, uno de los nombres dados a la vieja naturaleza. Éste, siendo completamente nuevo, es llamado “una nueva creación” (2 Corintios 5:17; Gálatas 6:15). Y es dicho que es “conforme a la imagen del que lo creó” (Colosenses 3:10). Nada sino sólo esto tiene valor delante de los ojos de Dios. El hombre podría hacerse “limpio” delante de la carne, pero “para nada aprovecha” (Juan 6:63) “porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale nada ni la incircuncisión, sino una nueva creación” (Gálatas 6:15; Colosenses 3:10,11). En conexión con éste, la nueva naturaleza es llamada:

4 – EL HOMBRE INTERIOR: (Romanos 7:22; 2 Corintios 4:16; Efesios 3:16). Este va en contraste con “el hombre exterior” que perece día a día, mientras este hombre interior “se renueva de día en día” (2 Corintios 4:16). En Efesios 3:16 es traducido “el hombre interior”, declarando que, en vez de perecer, está constantemente siendo nutrido y llenado, día tras día, con la gracia y fuerza del Espíritu Santo, ya que Cristo habita en el corazón por la fe (Efesios 3:17); y vamos conociendo algo más de su amor que sobrepasa todo entendimiento; y somos llenados con toda la plenitud de Dios (Efesios 3:19). Esto explica lo escrito en Efesios 1:23, y muestra cómo la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, es “…la plenitud de Aquél que todo [toda la fuerza y gracia espiritual necesaria] lo llena en todo [en todos los miembros de Su Cuerpo]. El hombre interior se deleita en la ley de Dios (Romanos 7:22), el hombre externo no está sujeto a la ley de Dios (Romanos 8:7), por eso se genera conflicto entre ellos, conflicto que seguirá su curso hasta que la muerte ponga fin a la lucha. Esto es lo que llevó al apóstol Pablo (y lleva a todo el que tiene esta preciosa fe) a clamar: “¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? El genitivo “de muerte” es, probablemente, el genitivo de relación, como en Romanos 8:36, donde en el griego “oveja de matadero” significa (como traducen algunas versiones) “oveja para (o destinado al) matadero”. Del mismo modo, aquí “cuerpo de muerte” sería “cuerpo destinado a la muerte” o “destinado a morir”. (Romanos 5:12; Hebreos 9:27); y el clamor es “¿quién me librará de éste?” y la triunfante respuesta es “Gracias doy a Dios [quien me libró] por [por medio de] Jesucristo Señor nuestro” (Romanos 7:24). La siguiente parte del versículo continúa con otro de los nombres:

5 – LA MENTE: (Romanos 7:23,25). La palabra que se usa aquí para “mente” es nous, y se refiere a la nueva naturaleza, como lo muestra Romanos 7:23, 25. Es usada en contraste con la “carne” (al igual que el “espíritu”), porque denota lo que es interno e invisible. Esta “mente” sirve a la ley de Dios (Romanos 7:25) y se deleita en ella (Romanos 7:22). De ahí que “la ley de la mente” se usa como equivalente a “la ley de Dios”, en el versículo 23.
Otro nombre dado a la nueva naturaleza es:

6 – EL ESPÍRITU DE CRISTO: o “espíritu-Cristo”, en griego: pneuma Christou (Romanos 8:9). En el griego no hay artículo, esta palabra es otra forma de nombrar al espíritu santo.  No es un espíritu distinto del espíritu santo porque el espíritu de Cristo, como hombre, era psicológico y fue, como tal, encomendado al Padre en su muerte (Lucas 23:46) y no hay otro “espíritu de Cristo” en ese aspecto; pero el pneuma Christou es la nueva naturaleza que nos hace “hijos de Dios” así como él es Hijo de Dios. En Gálatas tenemos más información acerca de la enseñanza de Romanos; y en Gálatas 4:6 tenemos la explicación de Romanos 8: “Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el pneuma de Su Hijo, el cual clama ¡Abba, Padre!”. Pneuma Christou es, entonces, otro nombre para el “espíritu de filiación”, el cual se menciona en Romanos 8:15; no es “espíritu de adopción”, como se traduce, sino “espíritu de filiación”: pneuma whyothesias. Entonces, la nueva creación dentro nuestro es llamada pneuma Christou porque “El espíritu mismo da testimonio a [juntamente con] nuestro espíritu [o nueva naturaleza] de que somos hijos de Dios; y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo.” (Romanos 8:16-17). De manera que se puede decir con certeza: “Y si alguno no tiene pneuma Christou [o la nueva naturaleza] no es de él” (Romanos 8:9). Porque Cristo, el Hijo de Dios, y todos los hijos de Dios, poseen el precioso don de “espíritu de filiación”. Por eso es llamado pneuma Christou o espíritu-Cristo. Siendo hijos de Dios con Cristo, también somos “herederos”: “…herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados” (Romanos 8:17). Esta es la preciosa verdad conferida por este nombre que es dado a la nueva naturaleza. Es llamado pneuma Christou porque es el signo o muestra de que es espíritu-Cristo y, por lo tanto, espíritu de filiación; “porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conforme a la imagen de su Hijo, para que él sea primogénito entre muchos hermanos” (Romanos 8:29). ¡Oh, qué bendita porción es la nuestra como “hijos de Dios”! Tenemos que darnos cuenta que pneuma Christou (o la nueva naturaleza) marca nuestro derecho a Su más alto título, no somos meramente siervos, sino hijos; no somos solamente pueblo de Dios, sino hijos de Dios, compartiendo en todo las bendiciones de Su amado Hijo. ¡Sí! Compartiendo su filiación (Juan 1:12; 1 Juan 3:1-3), su perfecta justicia (Filipenses 3:9), su santificación (1 Corintios 1:30), su paz (Filipenses 4:7), los propósitos secretos de Su Padre (Efesios 1:9), el amor de Su Padre (1 Juan 3:1), su glorioso cuerpo resucitado (Filipenses 3:21), su gloria venidera (Romanos 8:17; Colosenses 3:4; 1 Juan 3:2) y al Señor mismo (1 Tesalonicenses 4:17).

“POR TANTO, AMADOS, MUY AMADOS DE DIOS, MÁS AMADOS NO PODEMOS SER;
PORQUE POR CAUSA DE SU HIJO SOMOS TAN AMADOS COMO ÉL”

Y todo esto es porque Dios ha creado dentro nuestro una nueva naturaleza, a la que llama pneuma Christou. Pero mientras tanto, aquí en la Tierra, es nuestro privilegio el compartir su rechazo: “…el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él.” (1 Juan 3:1). Así que no nos aflijamos o deprimamos por esto. Por el contrario, regocijémonos en que somos tenidos como dignos de tan alta porción. Es justamente en conexión con este preciso hecho que viene la consideración de fe y de esperanza y de amor: “Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria que en nosotros ha de manifestarse.” (Romanos 8:18). La palabra “venidera” en la Reina Valera, no está en el griego, debe omitirse. El orden de las palabras griegas nos muestra dónde debe colocarse el énfasis: “Pues tengo por cierto que, no son comparables las aflicciones…” El hecho de que seamos rechazados por un mundo religioso y por una “iglesia mundana” debería ser nuestra bendita señal de que somos hijos de Dios y, por lo tanto, partícipes del “espíritu-Cristo”, o la nueva naturaleza, que es don de Dios.
En este mismo capítulo (en Romanos 8:9), y en conexión con este nombre dado a la nueva naturaleza, es dada otra denominación para ésta:

7 – ESPÍRITU DIVINO: o pneuma Theou (Romanos 8:9, 14). El griego dice, literalmente, “espíritu de Dios”, y no “el Espíritu…”, no tiene artículo, es “espíritu de Dios” o, como muchos traducen, “espíritu divino.” Los dos usos de esta expresión en este capítulo nos dicen todo lo que podemos saber acerca de este aspecto de la nueva naturaleza. Es llamada así porque (lo que lo conecta con ella es que) proviene de Dios. Dios es el Creador y el Dador de la nueva naturaleza.
Ésta es “nueva” en contraste con la “vieja”; es espíritu en oposición a la “carne”; es “interna” en contraste con lo “externo”; es “mente” en contraste con el “cuerpo”; es pneuma Christou y “espíritu de filiación” en oposición al “espíritu de esclavitud”; y es pneuma Theou o “espíritu divino” porque viene de lo alto, de Dios, y es nacido no “…de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.” (Juan 1:13).

Aquellos que fueron así engendrados son (y tienen el derecho de ser) llamados “hijos de Dios”. Estos dos versículos en Romanos 8 (en que este nombre de la nueva naturaleza es usado, en los versículos 9 y 14), nos muestran todo lo que podemos aprender de este aspecto de ella. Versículo 9: “mas vosotros no estáis en carne, sino en pneuma, si verdaderamente pneuma Theou habita en vosotros…”; versículo 14: “porque todos los que son guiados por pneuma Theou, estos son hijos de Dios” (como también dice Juan 1:12, 13). Éste completa la lista de nombres dados a la nueva naturaleza, y aquí aprendimos las preciosas verdades reveladas en ella. Cada nombre tiene su propio aspecto y nos trae alguna enseñanza en particular que lo conecta. Acabamos de ver los nombres y características de la nueva naturaleza y reservamos, para el próximo capítulo, las observaciones acerca de su carácter y fin.



Capítulo IV

El carácter y fin de la nueva naturaleza

1 – NO SE PUEDE CAMBIAR: En este aspecto es como la vieja naturaleza: “…lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” y permanece siendo espíritu (Juan 3:6). No hay poder que pueda transformarlo en carne, o alterar sus características. Es divino en su origen y perfecto en su naturaleza (1 Juan 3:9; 5:18). Su origen es el Espíritu de Dios (Juan 6:63). Su instrumento es la Palabra de Dios (1 Pedro 1:22, 23; 1 Juan 6:63). No es alterada por las debilidades o fragilidades o por los pecados de la carne. Por ella somos hechos hijos de Dios, y es nuestra garantía de que Dios es nuestro Padre. El don de esta nueva naturaleza, o espíritu, es llamado nuestro “sello”, que es nuestro por creencia (Efesios 1:13). Una vez que aprendemos y creemos este bendito hecho, se hace difícil, cuando no imposible, decir: “no nos quietes tu santo espíritu” ¡No! Dios nunca quitará de sus hijos este nuevo espíritu que ha puesto dentro de ellos; “Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios” (Romanos 11:29). Si los de Israel, habiendo sido desechado (no abandonado) por un tiempo, son “amados por causa de los padres” (Romanos 11:28); entonces, los hijos de Dios somos amados por Su propia causa. Porque, como está escrito en Romanos 8:30: “…a los que predestinó [para ser hechos conforme a la imagen de Su Hijo – 8:29] a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.” La gracia encierra gloria, porque: “Gracia y gloria dará Jehová” (Salmos 84:11). Sí, Él da la gracia, es la señal de que dará la gloria. Así debe ser. Él no nos va a hacer “perfectos en Cristo Jesús” (Colosenses 1:28) y luego juzgarnos como a imperfectos; no va a hacer a Cristo nuestra justificación y santificación (1 Corintios 1:30) y luego deshacer Su obra.

Si estamos “completos en Cristo” (Colosenses 2:10) no podemos volver a estar incompletos: él no niega ni olvida el trabajo hecho con sus propias manos (Salmos 138:8). Este misterio o secreto fue “predestinado por Dios antes de los siglos”, y, como está especialmente declarado, ha sido “para nuestra gloria” (1 Corintios 2:7). Podemos, entonces, estar seguros de que Su propósito no puede fallar y no fallará; y terminará con “nuestra gloria”. La nueva naturaleza dada por la gracia de Dios terminará sí o sí en la gloria eterna de Dios. Provino de Dios y debe volver a Dios. Esta nueva naturaleza no se puede perder. ¡No! Ni siquiera pecando, porque aun ante esta contingencia hay una solución provista, como declara 1 Juan 2:1,2: “...si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Y él es [y seguirá siendo] la propiciación por nuestros pecados...” Con respecto al pecado, debemos recordar que Dios aún es nuestro Padre, y que aún somos Sus hijos, y nuestra relación no se ha roto. “...Si alguno hubiere pecado...” ¿Qué hacemos entonces? En esta situación, no nos ponemos a ver lo que somos nosotros, sino lo que es Cristo. No deberíamos recordar lo que hemos hecho nosotros, sino lo que él ha hecho. No nos tenemos que mirarnos a nosotros mismos y a nuestra confesión, sino que tenemos que ir directamente a Cristo y a su posición. Nuestros pensamientos no deberían estar ocupados con nuestra humillación, sino con la propiciación de Cristo; y esto siempre delante de Dios, porque Cristo está allí y nosotros estamos ahí con él. Nuestra confesión fue hecha una vez para siempre cuando, por gracia, tomamos el lugar del pecador perdido (1 Juan 1:9); y cuando extendimos nuestras manos, por fe, a Cristo, reconociéndolo como la ofrenda por el pecado; y allí nos confesamos como pecadores perdidos. Luego fuimos “sellados” (al creer esto), y nuestra posición y estado delante de Dios fue asegurada y confirmada por el don de la nueva naturaleza. Tan segura es nuestra posición en Cristo que se nos ha provisto de dos “abogados” o “consoladores”. La palabra griega es parakletos y significa: “alguien que es llamado para estar junto a otro con el fin de ayudar, confortar, defender, o para hacer lo que se necesite”. Esta palabra aparece sólo en los escritos de Juan, y es traducida “consolador” en el evangelio y “abogado” en la epístola. Pero lo importante es que Cristo nos dijo en el evangelio que tenemos un abogado (el espíritu santo) con nosotros, para que no pequemos; y es espíritu santo nos dice, en la epístola, que tenemos otro abogado (Jesucristo, el justo), con el Padre, si es que pecamos. De este modo se ha previsto y provisto todo de antemano y nada puede quitarnos este maravilloso don de Dios. Dios nunca revocará Su don, ni nos sacará Su espíritu, o la nueva naturaleza, que implantó en nosotros, sus hijos, cuando fuimos así sellados por Él como hijos Suyos.

La nueva naturaleza es:

2 – VIDA Y PAZ: (Romanos 8:6). El cuerpo está muerto (o sea, es considerado como muerto a causa del pecado), pero el espíritu (o nueva naturaleza) es vida a causa de la justicia. El don de la nueva naturaleza, para aquellos que habiendo muerto con Cristo son, por lo tanto, justos en Su justicia, es “vida eterna”. Esta es la razón por la que el Señor Jesús dijo: “…y no perecerán jamás, ni nadie los arrebatará de mi mano.” (Juan 10:28); esto fue dicho a aquellos que habían recibido el don de vida eterna. Así como el fin de la vieja naturaleza es “muerte”, el fin de la nueva naturaleza es “vida”: “vida eterna” (que no tiene fin). Por eso está escrito: “Porque el que siembra para su carne [la vieja naturaleza], de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu [el pneuma o la nueva naturaleza], del Espíritu [pneuma] segará vida eterna.” (Gálatas 6:8). Esto encierra una tercera verdad y realidad acerca del fin de la nueva naturaleza, que será el más grande y bendito resultado de poseer este precioso don. La terminación y el fin de la nueva naturaleza será:

EL ARREBATAMIENTO Y RESURRECCIÓN: (Romanos 8:11). Este versículo literalmente lee: “Porque el pneuma (el don de espíritu santo o la nueva naturaleza) de Aquél que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, El que levantó de los muertos a Cristo vivificará también vuestros cuerpos mortales por Su pneuma (o espíritu: la nueva naturaleza) que mora en vosotros.

Noten esto: dos veces en este versículo es mencionada la resurrección del Señor: primero, el hecho de Su resurrección como “Jesús” – el más bajo, humillado en la muerte - ; luego, la doctrina de que fue levantado como “Cristo,” el GLORIFICADO, la Cabeza del Cuerpo (1 Corintios 12:12); por tanto, es necesaria la resurrección de todos los miembros de este cuerpo. A causa de que esos miembros poseen “espíritu Divino”, o pneuma Christou (Romanos 8:9), son reconocidos como si hubieran resucitado cuando Él, la Cabeza del Cuerpo, resucitó. A esto se lo llama conocer “el poder de su resurrección” (Filipenses 3:10); el cual es muy diferente al conocimiento proveniente de la enseñanza de la tradición hoy en día. La posesión de esta nueva naturaleza, si tan solo la entendiéramos acertadamente, es la segura y certera señal de que seremos vivificados nuevamente y de que estos cuerpos mortales de nuestra humillación serán hechos como el glorioso cuerpo del Cristo resucitado (Filipenses 3:21).

No hay que maravillarse de que aquellos que no entienden la doctrina de las dos naturalezas no entiendan la doctrina de la resurrección. No hay que sorprenderse de que éstos sean desviados por falsas esperanzas en ambos aspectos: en cuanto a esta vida y en cuanto a la venidera; porque en esta vida tienen la falsa esperanza de poder mejorar aquello que no puede ser mejorado, y en cuanto a la vida venidera, poseen la falsa esperanza de una gloria distinta a la de la resurrección que nunca se concretará. La primera conduce a una labor infructuosa y la segunda es una esperanza sin fundamentos. Estas personas, al mismo tiempo, hacen nulas las seguras y certeras palabras de la Escritura, porque es cuando seamos “vestidos con nuestra habitación celestial [o cuerpo espiritual] que lo mortal será absorbido por la vida (2 Corintios 5:2-4). Y es en esta resurrección, y no hasta entonces (o sea, no cuando morimos) que “esto corruptible [el cuerpo] se vestirá de incorrupción, y esto mortal [el cuerpo] se vestirá de inmortalidad” (1 Corintios 15:54).

Los tradicionalistas trastocan esta preciosa verdad y aseguran que todo esto sucede en el momento inmediato luego de morir. De este modo, excluyen la doctrina acerca de la nueva naturaleza y de su gloriosa corona, que es la bendita esperanza de que el que levantó a Cristo de la muerte vivificará nuestros cuerpos mortales también, debido a Su naturaleza Divina, que habita en nosotros (Romanos 8:11). Y así, la bendita esperanza, tanto del arrebato como de la resurrección, es desechada por la enseñanza de que “la resurrección ya se efectuó” (2 Timoteo 2:15). En vez de conformarse con el lenguaje de las Escrituras, los maestros modernos recurren al lenguaje de paganos y espiritistas, adoptando sus terminologías para la enseñanza (con el propósito de trastocar la verdad) en vez de manejarse con las seguras y certeras palabras de Dios. Es así que usan la palabra “pasar” en vez de la palabra “dormir” de las Escrituras, y se dice que “no hay muerte” donde la Palabra de Dios dice “muerte”; y se dice que hay una “transición” presente en vez de una futura “transposición”.

“NO HAY MUERTE; SÓLO ES UNA TRANSICIÓN”. Estas falsas declaraciones fueron arrastradas del espiritismo, y la frase citada proviene de la poesía unitaria platónica; ambas doctrinas están en completa contradicción con el lenguaje de la Palabra de Dios. Esto es estar, como dice la Escritura, “…adulterando la Palabra de Dios…” (2 Corintios 4:2). También suele usarse la frase “no está aquí, Dios se lo llevó”, utilizando las escrituras que hablan de Enoc, diciendo que él “nunca murió” y por eso no necesita resurrección. Pero Enoc fue “transpuesto para no ver muerte” (Hebreos 11:5) o, dicho con otras palabras (en Génesis 5:24): “…desapareció, porque le llevó Dios.” Pero hoy en día se usa este versículo  diciendo que Enoc murió en ese episodio, esto es decir que el fallecimiento que viene con la muerte Enoc lo recibió por la transposición. ¿No es esto negar también la resurrección y prácticamente decir que (en cuanto a la muerte), “la resurrección ya se efectuó” (si es que Enoc ya está con Dios)? (2 Timoteo 2:18) ¿No es esta la enseñanza de aquellos cuya palabra carcome como gangrena, quienes han errado en cuanto a la verdad y pervierten la fe, no de algunos sino de muchos?

Un eminente fisiólogo americano una vez hizo una declaración en un “Ensayo sobre la muerte”, una breve crítica en un semanario religioso, que finalizó así: “Un alma al morir debe encontrar el momento de recuento ante un juicio, o el momento de acercarse a un Salvador. Esta puede ser una doctrina pasada de moda, pero es verdadera” Y ¡sí que es vieja!, tan vieja como Génesis 3:4, pero no es verdadera. Puede ser “doctrina” y puede ser “teología”, pero no es “Escritura”. La Escritura nos asegura que “nosotros que vivimos, que habremos quedado hasta la venida del Señor, no precederemos a los que durmieron” (1 Tesalonicenses 4:15), pero según esta “antigua doctrina” mencionada, sí los precederemos, porque en esta doctrina (en la cual no hay resurrección ni reunión), “nos acercaremos a un Salvador”, pero cuando muramos y no mientras estemos vivos “permaneciendo hasta la venida del Señor”. Según esta doctrina 1 Tesalonicenses 4:5 debería decir: “nosotros que vivimos, que habremos quedado… seguiremos a aquellos que nos precedieron.” Pero esto no es lo que está escrito.

A aquellos cuyo contentamiento es la Palabra de Dios continuarán arraigados a “aquella bendita esperanza” y esperando “de los cielos a Su Hijo” (1 Tesalonicenses 1:10). No deberíamos cambiar esta “bendita esperanza” que Dios nos ha dado en Su Palabra por otra esperanza, falsa y terrenal, que fue concebida por el gran enemigo de la verdad, nacida en Babilonia, alimentada por la tradición y sostenida por los religiosos de toda clase. Una falsa esperanza que es común entre los gentiles, espiritistas y por todo gran sistema religioso, pero que es desconocida en la enseñanza de la Segura Palabra de Dios. Bien dijo el Salvador, en cuanto a la doctrina de la resurrección: “Erráis, ignorando las Escrituras y el poder de Dios” (Mateo 22:29) ¡No!, nosotros, al igual que el apóstol Pablo, no deberíamos estar “desnudos” en muerte (2 Corintios 5:4) sino que deberíamos esperar nuestro arrebato (o reunión), cuando “el Señor mismo descenderá del cielo”. Si fuéramos llamados a dormir, debemos hacerlo en la segura y certera esperanza de la resurrección, “deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación [cuerpo] celestial” (2 Corintios 5:2), “para que lo mortal sea absorbido por la vida” (2 Corintios 5:4); y cuando estemos en nuestros cuerpos resucitados, hechos como el propio glorioso cuerpo del Señor (Filipenses 3:21), estaremos siempre “presentes (o en casa) con el Señor.”

2 Corintios 5:1-9 (que comienza con la palabra “porque”) es la conclusión de la declaración que comienza en 2 Corintios 4:14 con las palabras “sabiendo que el que resucitó al Señor Jesús, a nosotros también nos resucitará con Jesús, y nos presentará juntamente con vosotros.” Este es el glorioso fin de la nueva naturaleza: así como la vieja naturaleza termina en muerte y corrupción, la nueva naturaleza finalizará con el arrebato y la resurrección. “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva [don] de Dios es vida en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 6:23). Uno es el juicio de Dios, el otro es la gracia de Dios. Una es la “paga” del pecado, el otro es el “don” de gracia. Este don lo poseen y lo disfrutan sólo aquellos a quienes les fue dado. El Señor Jesús, en su última oración, declaró que el Padre le había dado poder “para que dé vida eterna a todos los que le diste” (Juan 17:2, 6, 9, 11, 24). Por eso está escrito: “Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en Su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida” (1 Juan 5:11, 12). Estas palabras establecen una verdad Divina universal y son verdad, no sólo en cuanto a la Iglesia, sino en todos a quienes este “don” ha sido “dado”. Es verdad, por lo tanto, en aquellos que están “en Cristo” y son hijos de Dios,  herederos de Dios y coherederos con Cristo.



Capítulo V

El conflicto entre las dos naturalezas

Luego de haber aprendido bastante, de forma separada, acerca de las características de las dos naturalezas, en Romanos capítulos 6 al 88, ahora tenemos que aprender sobre la experiencia interna y la doctrina acerca de éstas coexistiendo juntas en una misma personalidad. Esta doctrina se enseña, principalmente, en Romanos 7. Todo hijo de Dios tiene esta experiencia, pero no todos esos hijos conocen la doctrina. Esto no trae otra cosa más que turbación, confusión, duda y ansiedad. No se puede tener reposo, ni se puede disfrutar de paz a menos que aprendamos, de la Palabra de Dios, cuál es Su explicación con respecto al conflicto entre las dos naturalezas. Experimentar este conflicto trae perturbación e inquietud y nada, excepto el conocimiento de la doctrina verdadera acerca de este conflicto, puede remover esa perturbación; y no sólo la remueve, sino que, al mismo tiempo, nos provee de la más grande certeza que posiblemente podamos tener en la Tierra de que somos hijos de Dios. La experiencia de este conflicto es lo único en que el hijote Dios difiere del mero profesante religioso. Este último no sabe nada acerca de la permanente sensación de corrupción interna que esta experiencia crea, por lo tanto, el hecho de tener esta sensación de conflicto es la mejor, y ciertamente la única prueba cierta y real que podríamos tener de que somos “nacidos de Dios” (1 Juan 3:9); de que somos “sus obreros” (Efesios 2:10); y de que Aquél que ha comenzado en nosotros la buena obra se ocupará de ella, la finalizará, la completará y la perfeccionará en nosotros (Filipenses 1:6). El correcto entendimiento de la doctrina acerca de esta sensación sólo puede traernos paz y consuelo; y sin ésta, todo será turbación, inquietud y confusión.

Esta doctrina es la que conforma el objetivo de Romanos 8. Veamos, ahora, como está colocada es la estructura general de la epístola. Forma parte de un largo sector que comienza en el capítulo 5, versículo 12, y va hasta el final del capítulo 8 (8:39). El tema es el pecado (o la vieja naturaleza pecaminosa).

Estructura de Romanos 5:12 – 8:39

A.   5:12-21. La condenación de la muerte para muchos, por la desobediencia de uno, pero la vida y justicia por la obediencia de uno: Jesucristo.
B.    6:1 – 7:6. No estamos en pecado por haber muerto en Cristo.
B.  7:7-25. El pecado está en nosotros, aún habiendo resucitado con Cristo.
A. 8:1-39. Condenación al pecado en la carne, pero no hay condenación para los que tienen vida y justicia en Cristo Jesús.

De la estructura de este pasaje vemos que el conflicto parte del pecado (la vieja naturaleza pecaminosa) que está dentro de nosotros, aún cuando estamos resucitados con Cristo. Este es el tema central del capítulo 7 desde el séptimo versículo (no de todo el capítulo). Los primeros seis versículos del capítulo 7 pertenecen al capítulo 6. el tema central del miembro B (6:1 – 7:6) muestra que no estamos, o no se nos reconoce como estando, bajo la condenación del pecado, por cuanto “morimos” en Cristo.

El objetivo del capítulo 7:1-6 es mostrar cómo el Señorío de la ley puede ser ejercido durante la vida (7:1). La muerte nos libra de su clamor contra nosotros (7:2). Esto es ilustrado con el caso de una mujer que podía legalmente volver a casarse si su marido moría (7:3). La conclusión es que quienes hemos muerto con Cristo (7:4) estamos, por esto mismo, libres de la ley y podemos estar unidos a Cristo en una nueva esfera o plano, para siempre, en la vida de la resurrección; y habiendo muerto con Cristo, estamos totalmente libres de la autoridad y el poder y el clamor de la ley. Este último párrafo puede verse claramente en la siguiente estructura:

Romanos 7:1-6

C.   7:1. El señorío de la  ley durante la vida.
D.   a. 2. La muerte suelta a la esposa del clamor de la ley.
b. 3. Resultado: la unión con otro marido.
D. a. 4a. Nuestra muerte en Cristo nos suelta del clamor de la ley.
b. 4b. Resultado: la unión con Cristo.
C. 5-6. Liberación del Señorío de la ley por medio de la muerte.

Ahora está claro el camino para entender la enseñanza de que, aunque no estamos más en nuestros pecados, el pecado está en nosotros; y desde el momento en que la nueva naturaleza es implantada en nosotros, se revela la presencia de la vieja naturaleza y comienza el conflicto entre ellas. “…y éstas se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis.” (Gálatas 5:17). Es así que las dos naturalezas habitan lado a lado en una misma personalidad.

Es como el injerto de una rosa en un rosal silvestre, o de una manzana en un manzano silvestre: forman un solo árbol, pero todo lo que es producido sobre el injerto es una nueva clase de fruto, mientras que todo lo que es producido por el viejo tallo, por debajo del injerto es de la naturaleza del viejo árbol y es cuidadosamente y continuamente cortado por el podador. Esta experiencia está tan entrelazada que es difícil de describir o de explicar para el hombre del mundo, esto sólo puede hacerlo la Palabra de Dios y ninguna otra cosa: “…y penetra hasta partir el alma [o sea, lo que es del alma o de la vieja naturaleza] y el espíritu [lo que es del espíritu o de la nueva naturaleza]…y discierne [juzga y condena] los pensamientos y las intenciones del corazón [de la vieja naturaleza] (Hebreos 4:12).

Es de nuestro corazón (o de la vieja naturaleza) de donde salen los malos pensamientos (Mateo 15:18-20). La Palabra de Dios tiene la capacidad de “juzgar” estos “pensamientos e intenciones” y nos permite juzgarlos y condenarlos. ¡Sí! Y nos permite discernir y dividir entre lo que procede de la vieja naturaleza y lo que procede de la nueva.

Como las dos naturalezas están en una persona, entonces el “yo” en Romanos 7 se refiere a veces a una y a veces a la otra. Es así que leemos (en el 7:18) “Y yo sé [como una realidad de la Palabra de Dios] que en mí, esto es, en mi carne [la vieja naturaleza] no mora el bien [no mora ninguna cosa buena]; porque el querer [hacer] el bien está en mí, pero no el hacerlo [el llevar a cabo ese buen deseo]. (19) Porque no hago el bien [aquello bueno] que quiero [hacer], sino el mal que no quiero, eso hago. (20) Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora [o “que está morando”] en mí. (21) Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. (22) Porque según el hombre interior [la nueva naturaleza], me deleito en la ley de Dios; (23) pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente [o la nueva naturaleza], y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros.” Aquí tenemos la muy explícita declaración de que la nueva naturaleza (llamada “el hombre interior” y “la mente”) se deleita en la ley de Dios, mientras que está, al mismo tiempo, la vieja naturaleza (llamada “carne”) que se deleita en obedecer su propia ley; y ésta acarrea una constante guerra contra la nueva naturaleza. El resultado de esta incesante batalla es la desdicha, que conduce al “yo” a clamar, en el versículo siguiente, en un desgarrador llanto: “Oh – miserable – yo – hombre”, el pasaje lee: “¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de [destinado a] muerte? Gracias doy a Dios [Él me libró] por [por medio de] Jesucristo Señor nuestro.” ¡Sí! Él libró a todos los que tienen este conflicto del único modo posible: por medio de la muerte, el arrebato o la resurrección. Sólo en el arrebato o en la resurrección la muerte será “Absorbida en victoria”. En ese entonces no gritaremos más ¡Miserable de mí!, sino: “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?” Éste será el fin de esta guerra. Entonces, bien podríamos declarar: “Gracias doy a Dios [Él me libró] por [por medio de] Jesucristo”. Esta sería nuestra presente declaración de paciencia y de fe. Pero el momento está llegando en el que clamaremos: “Gracias sean dadas a Dios, que nos dio la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.” (1 Corintios 15:54-57).

En vista de esta bendita esperanza, bien puede terminar esta revelación con la exhortación “…estad firmes y constantes [o inamovibles], creciendo [o abundando] en la obra del Señor siempre…” (1 Corintios 15:58). No hay que ser movido por la variedad de episodios y experiencias que trae este conflicto. Regocíjense en la presente certidumbre de la gracia en cuanto a nuestra perfección en Cristo Jesús. Regocíjense en la promesa de la victoria futura, cuando seremos hechos como su propio cuerpo, en gloria. Por eso, tengamos libertad para ocuparnos en la obra del Señor, sí, para “abundar” en ella. No hay esfuerzo efectivo que podamos hacer para exterminar al enemigo o para lograr alguna victoria temporal sobre él sino mirar hacia delante, hacia la gran victoria final que Dios ha prometido que “dará.”

Hay una cierta “clase de santidad” moderna, que enseña acerca de esta esfera de la verdad, le quita toda su belleza y poder. Conoce acertadamente el hecho del conflicto interno, pero podría llevarnos a la desesperante tarea de querer mejorar o erradicar a la vieja naturaleza. Es por esto que, en el mejor de los casos, nos llevaría a ocuparnos de nosotros mismos y podría hacer que ignoremos la enfática declaración dada por la Palabra de Dios de que la vieja naturaleza, o la carne, nunca puede ser transformada en espíritu. Y suponiendo que puede ser erradicada ¿dónde iría? ¿qué sucedería con ella? Es “carne”, y nada puede terminar la carga de la carne sino la muerte y la resurrección, o el arrebato. Ninguna cantidad de “renuncias” ni de “creencia” puede acabar con “la carne”. Es nacida de la carne y es carne, hay demasiadas pesas en la balanza: ¿cómo podría ser erradicada? ¿Y para qué ser erradicada? Es en confusiones como éstas en las que entramos en el momento en que usamos términos que no son de las Escrituras; pero en este caso, el término “erradicar” no sólo no proviene de las Escrituras sino que es contrario a éstas. Las palabras usadas en las Escrituras son “liberación” y “victoria”, y esta victoria no es sobre “los pecados” como tales, sino sobre “el pecado” mismo, sobre este cuerpo destinado a morir. Esta “liberación” será experimentada sólo en el arrebato o en la resurrección. Estamos libres de nuestros “pecados” acá y ahora, nuestra salvación por y en Cristo nos lo asegura; es por esto que él fue librado (Romanos 6:5). A estos pecados Dios los ha perdonado (Romanos 3:25); todos fueron perdonados y cubiertos (Romanos 4:7; Colosenses 2:13); ya no estamos en nuestros pecados e iniquidades. Una vez estuvimos en ellos, como está escrito en Efesios 2:1-3: “y [Él os dio vida] cuando estabais muertos en [vuestros] delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia [o incredulidad]; entre los cuales todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne [o de la vieja naturaleza], haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos [de nuestro corazón, o de la vieja naturaleza] y éramos por naturaleza hijos de [o destinados a la] ira, lo mismo que los demás.” “…porque por estas cosas viene la ira de Dios sobre los hijos de desobediencia [o incredulidad]” (Efesios 5:6). Pero de todos estos “pecados” hemos sido liberados y de toda esta “lejana” distancia hemos sido “hechos cercanos por la sangre de Cristo” (Efesios 2:13). Ya no es un problema de “pecados” sino del “PECADO”.
No estamos en nuestros pecados, pero el Pecado está en nosotros. Este es el gran tema de Romanos 7, y lo que sentimos por dentro son los movimientos e impulsos del pecado, sí, y los sentimos más fuertes cuando estamos haciendo el bien. Verdaderamente triste es esta sensación. Sí, la vieja naturaleza parece ser mucho más maligna por la presencia de la nueva. La nueva naturaleza parece que conmociona a la vieja naturaleza y su oposición se hace más amarga. Es como si el viejo inquilino se sintiese ofendido por la llegada del nuevo inquilino. Hasta que este nuevo morador no despliega su bendita luz en el interior de la casa, no vemos, o no nos damos cuenta, de las profundidades y poderes del viejo morador. Hay algunos que se han sorprendido al descubrir en sí mismos tendencias y deseos que no sabían que existían anteriormente. Estos, sencillamente llevaban a cabo esos deseos “en otro tiempo”, estando “muertos” en cuanto al sentido real de su naturaleza y de su terrible carácter. Pero ahora hay una nueva voluntad dirigiendo los miembros. Los miembros estuvieron una vez bajo el completo dominio de la vieja voluntad; pero ahora han sido absueltos de su obediencia. La vieja voluntad ya no tiene dominio sobre éstos (Romanos 6:14). Pero la vieja voluntad está en nosotros y, por lo tanto, puede influenciar a nuestros miembros, pero ya no tiene el control.

El conflicto entre ambas naturalezas puede ser comparado con un barco a bordo del cual sus dueños han designado un nuevo capitán. El antiguo capitán ha estado comandando el barco por tanto tiempo, y su enemistad con los dueños es tan grande, que prácticamente va a tratar al barco como si fuera suyo, intentando mantener a la tripulación en perfecta esclavitud. La tripulación ha estado sometida a él, sin jamás haber conocido, anteriormente, ninguna otra autoridad, y sin entender lo que es la verdadera libertad ni el verdadero servicio. Vez tras vez ha oído acerca del nuevo capitán, y ha visto pasar otros barcos muy diferentes al suyo, pero ahora que el nuevo capitán está comandando el barco comienzan a darse cuenta cuán diferente es. El nuevo capitán, por lo tanto, siempre controlará el timón y la carga del barco. El barco es el mismo, los tripulantes son los mismos, pero el viejo capitán aún está en el barco. El libro de instrucciones que ha traído el nuevo capitán nos dice que el viejo capitán ya ha sido juzgado y condenado, pero la sentencia no puede ser ejecutada sino por las propias autoridades judiciales, cuando lleguen al puerto. Los tripulantes no pueden ponerlo en tierra ni echarlo por la borda, pero él ya no “comanda el timón” ni “guía el barco”. El viejo capitán trata vez tras vez, tras vez de tomar el control del timón, pero es en vano. A veces logra anteponer su antigua influencia, creando infidelidad en algunos miembros de la tripulación, ya que conoce sus debilidades y conoce cómo son, porque en un principio estuvieron bajo su completo control. Ocasionalmente soborna o engaña a algunos de los tripulantes para que cometan actos de insubordinación de los cuales después sienten profundo arrepentimiento, pero el viejo capitán no puede apoderarse de los “papeles” del barco, éstos fueron puestos completamente fuera del su alcance, donde no los puede tocar. El viejo capitán no puede alterar el curso del barco, ni cambiar el puerto al cual se dirige ahora. Él no ha leído el “libro de instrucciones”, y si lo leyera, no lo entendería (1 Corintios 2:14). Las personas del barco antes estaban subordinados a él, y llevaban a cabo su voluntad, pero ahora ninguno de ellos tiene la obligación de obedecer sus órdenes, ni de reconocerlo como autoridad; fueron librados de él y, por lo tanto, están bajo las órdenes de un nuevo comandante. Los tripulantes tienen que reconocer el viejo capitán como alguien que ya fue condenado y cuya sentencia sólo está esperando para ser cumplida. En cuanto a su poder sobre los tripulantes, éstos debieran verse a sí mismos como “muertos” en lo que respecta al viejo capitán.

Este es el argumento de Romanos 6:17-19: “Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos [esclavos atados] del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados. (18) y libertados de [del dominio del] pecado, vinisteis a ser siervos de justicia. (19) Hablo como humano, por vuestra humana debilidad [la debilidad de vuestra carne]; que así como [anteriormente] para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir [para obrar] a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir [para obrar] a la justicia.”

Por todo esto, no sólo fuimos librados de nuestros pecados, sino que fuimos hechos libres en cuanto a nuestra antigua enseñanza, si es que hemos “aprendido así Cristo.” (Efesios 4:20). Pero la pregunta es: ¿hemos aprendido así a Cristo? Y ¿hemos tomado conocimiento de la maravillosa liberación que hemos obtenido en y por medio de él? Ésta es la aplicación que el apóstol hace en este “hilo de enseñanza” dado en Romanos 6 luego de decir cómo caminan los “otros gentiles”, que no conocen esta liberación; luego les dice a los santos en Efeso: “Mas vosotros no habéis aprendido así a Cristo, si en verdad le habéis oído y fuisteis por él enseñado (conforme a [la] verdad que está en Jesús) para sacar fuera de vosotros [todo lo que era] conforme a la pasada manera de vivir, el viejo hombre, que se corrompe conforme a sus deseos engañosos, y para ser renovados en el espíritu, esto es, vuestra mente [o nueva naturaleza], y vestirse del nuevo hombre que, según Dios, fue creado en justicia, y verdadera santidad. Por lo tanto, habiendo desechado la mentira, hablad, cada uno, verdad con vuestro prójimo; porque somos miembros unos de otros” (Efesios 4:20-25 – traducción literal del autor).

Este pasaje nos habla de lo que ya ha sido hecho como consecuencia de haber recibido la nueva naturaleza. No nos está indicando qué hay que hacer, no nos está diciendo que nos “despojemos” del viejo hombre, eso ya ha sido hecho. Lo que hay que hacer es mantenerse recordando lo que hemos “aprendido” de o acerca de Cristo, y de la bendita posición en que está el creyente en relación con el conflicto entre las dos naturalezas. Ésta es la “verdad” que los miembros del Cuerpo tienen que hablar unos a otros (4:25). Tenemos que recordarnos unos a otros que el viejo hombre ha sido depuesto de su dominio y que hemos sido puestos bajo el dominio del nuevo hombre. En este pasaje deben notarse cuidadosamente los modos gramaticales y los tiempos verbales, porque a menos que conozcamos la doctrina de las dos naturalezas, fallaremos en entender la esfera de acción de este pasaje; y si no discernimos el contexto del pasaje, no entenderemos los modos y los tiempos verbales. Todos están en pretérito (o pasado) perfecto, y no en presente imperativo. No son mandamientos para que hagamos lo que ya ha sido hecho. Aquí no se les manda a los santos en Efeso que “pongan” o “saquen” nada, sino que, habiendo Dios hecho todo esto para ellos (y para nosotros), el único mandamiento es “hablar” y contar acerca de esta preciosa “verdad” a los otros miembros del Cuerpo. Y si hemos “aprendido así a Cristo” y le hemos “oído” y hemos sido “por él enseñados”, esto es todo lo que tenemos que hacer. No tenemos que hacer esto di hemos escuchado a un hombre o hemos sido enseñados por el hombre. El hombre nos enseñará y nos dirá que tenemos que ocupar nuestra vida en tratar de “despojarnos del viejo hombre” y trabajar para “poner dentro nuestro al nuevo hombre”. Nos pondrá bajo una desesperanzada tarea y esto nos colocará bajo un nuevo tipo de esclavitud, más engañosa y peligrosa, porque parece ser una “buena obra”, pero seguirá siendo esclavitud, no es la “verdad” que aprendimos de Cristo. No es la “línea de enseñanza” bajo la cual fuimos hechos libres. No fuimos librados de una esclavitud para caer bajo otra, por más plausible que parezca.

Las enseñanzas del hombre o ignoran la doctrina de las dos naturalezas completamente, haciendo al hombre devoto de reglas y reglamentos para controlar la vieja naturaleza (la única que conoce), o cuando conoce la doctrina, es viciado por no conocer todo lo que es “por él enseñado” acerca de nuestra presente liberación del dominio del viejo hombre, siendo adjudicada por fe (Romanos 6:11); y la futura y perfecta liberación de éste, en la resurrección (Romanos 7:24; 1 Corintios 15:57). Entonces, la enseñanza del hombre pervierte la bendita doctrina, prometiéndonos que si seguimos sus prescripciones podremos deshacernos de la vieja naturaleza por nuestros propios actos de “entrega” y así, pavimentan el camino hacia la ignorancia total, y se quedan sin la única liberación que Dios ha prometido por medio del arrebato o la resurrección “por medio de nuestro Señor Jesucristo” poniendo a la muerte como nuestra esperanza. Es por esto que la gran mayoría de los creyentes ha perdido esta “bendita esperanza” de la venida del Señor por tanto tiempo. Es por esto que esta “esperanza de resurrección” ha sido reemplazada por la tradición babilónica de la muerte y el “estado intermedio” que es tan universalmente sustituida por la Palabra de Dios.

Hay responsabilidades bajo las cuales nos pone la doctrina de las dos naturalezas, que son preceptos prácticos conectados con ambas. Éstos están en completa armonía con las grandes lecciones aprendidas en la escuela de la gracia, donde la gracia misma es, a la vez, nuestra salvadora y nuestra maestra (Tito 2:11-13).


Capítulo VI

Nuestras responsabilidades con respecto a la vieja naturaleza

Hemos visto que, aunque las dos naturalezas habitan lado a lado en la misma personalidad, está claro que tenemos ciertas responsabilidades con respecto a cada una de ellas, dejando de lado preceptos, reglas, reglamentos y “mandamientos de hombres.”

1 – Nuestra primera responsabilidad es aceptar la forma en que Dios la ve. La Palabra de Dios no revela la doctrina sin dar la instrucción necesaria. La Santa Escritura es útil para ambas cosas (2 Timoteo 3:16); entonces, con la adecuada “instrucción” podemos saber cómo usar la “doctrina”; y así conocer nuestras responsabilidades, y llevarlas a cabo para obtener provecho y paz. Si, entonces, reconocemos a ésta como nuestra primer responsabilidad, estimaremos a nuestra vieja naturaleza como “muerta con Cristo” (Romanos 6:11). No nos deben quedar dudas acerca de lo que esto significa. El versículo comienza “Así también vosotros…” ¿así también qué?

Los anteriores versículos nos dicen:

“…Aquél que murió ha sido [y es] justificado del pecado. Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos [nuevamente] con él; sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no tiene más dominio sobre Él. Porque El que murió, al pecado murió una vez por todas; pero El que vive, vive para Dios. Así también vosotros consideraos [como estando] muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús.” (Romanos 6:7-11 – Traducción literal del autor). Obsérvese aquí que no se dice que nos sintamos como muertos, ni que lo comprendamos, sino que dice “CONSIDERAOS”, como siendo una realidad ante los ojos de Dios, aun cuando sea un hecho complejo. Estos versículos (Romanos 8:7-11) son puestos como explicación e ilustración del hecho declarado en el versículo anterior (6:6): “sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él [con Cristo]. Tenemos el mismo hecho descrito en Romanos 7:6: “Pero ahora estamos libres [o eximidos] de la [de los clamores de la] ley, por haber muerto para aquella en que estábamos sujetos…” Tenemos el mismo testimonio en Gálatas 2:20, donde el apóstol enfatiza una importante, independiente y dogmática declaración, usando la figura epanadiplosis, que consiste en comenzar y finalizar una oración con la misma palabra, en este caso, en el griego la declaración comienza y finaliza con la palabra “Cristo”; dando énfasis, y resaltando la declaración, haciéndola distintiva, y llamando nuestra atención hacia ella y fijándola como punto. En el griego la declaración leería: “Cristo, fui crucificado con; y vivo [y] ya no yo, sino Él vive en mí, Cristo”. Así es cómo el apóstol Pablo se “consideraba” muerto para la ley. Por eso es que dice que él sería un trasgresor si buscara ser “justificado por Cristo” (Romanos 5:17); porque si murió con Cristo es libre de la ley. Su búsqueda de justificación, después de esto, sería estar negando, prácticamente, el gran hecho revelado de que la justificación en Cristo ya fue completada. Por lo tanto, es nuestro primer deber moral considerarnos (en lo que a la ley y su clamor respecta), como si estuviéramos muertos. Y esto no es un asunto de “sentimiento” sino de fe. Si nos dejamos llevar por nuestros sentimientos nunca lo disfrutaremos. El gozo viene por “creer a Dios”: “…la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.” (Romanos 10:17). Dios ha declarado este gran hecho en Su Palabra (sino nunca podríamos saberlo); luego escuchamos esa Palabra y la FE la cree y se regocija en lo que escucha, y quien le cree a Dios deja de lado los cuestionamientos o sentimientos. Por eso, nuestra primera responsabilidad en cuanto a la vieja naturaleza es aceptar lo que Dios dice de ella, y considerarla (como hace Él) como habiendo muerto con Cristo cuando fue crucificado.

2 – Nuestra siguiente responsabilidad es considerarnos como muertos tanto para lo que es bueno como para lo que es malo (en la vieja naturaleza). Lo realmente “bueno” es, por supuesto, lo que es bueno para Dios, bueno ante los ojos de Dios; lo que es bueno para la eternidad; bueno en lo que a Dios respecta, bueno en cuanto a lo que Él busca y puede aceptar. Ante Sus ojos, en la vieja naturaleza (como ya vimos) “no hay nada bueno”, por eso, cuando decimos que no podemos cultivar en ella nada bueno, no hablamos de lo que el hombre llama “bueno”. Tenemos que considerar a la vieja naturaleza como muerta en toda su “bondad” tanto como en toda su “maldad”, y debemos dejar de lado la idea de producir algo para Dios con ella, tratarla como si estuviera muerta, ya que Dios dice que está muerta. Él espera que creamos que está muerta, porque Él dice que lo está. Él nos ve como si ya estuviésemos sepultados. En el hombre natural puede encontrarse una religiosidad natural y otras características afables, y puede cultivar estas cosas. Pero el hijo de Dios no las necesita y no necesita cultivarlas. Porque si vamos a caminar conforme a la nueva naturaleza, y a ser guiados por ésta, ¿cómo encontraremos lo que necesitamos si cultivamos la carne? Si somos guiados por la nueva naturaleza tendremos a Cristo en lugar de la “religión”; y tendremos “la mente de Cristo”, lo cual excede infinitamente a cualquier cosa que pueda producirse en el intento de cultivar o desarrollar la vieja naturaleza. Esto nos lleva a:

3 – Una tercera responsabilidad, que es: no proveer para la carne (Romanos 13:14). Siempre hay que recordar que “la carne para nada aprovecha” (Juan 6:63). Esto es lo que el hombre llama “la enseñanza de Jesús”, nuestro adorable Señor y Maestro. Pero aún cuando el hombre la llama así, no la busca, y no desea tenerla, sino que escogerá aquellas “enseñanzas” que le gusta. Sin embargo, lo que el Señor enseñó es esto: “la carne [la vieja naturaleza] para nada aprovecha.” Si creemos en Su visión acerca de la carne nunca intentaremos cambiarla o forzarla a hacer algo para Dios, ya sea adorando o sirviendo; nuca intentaremos obtener la justicia de Dios con ella. Recordemos que toda esta justicia es “como trapo de inmundicia” (Isaías 64:6). La carne puede hacerse muy religiosa. De hecho, es precisamente ésta la que hace la diferencia entre “religión” y cristianismo. La religión se hace sólo con la carne; todas sus ordenanzas son o están conectadas con la carne, todas son cosas que la carne puede llevar a cabo. En Isaías 1 tenemos un cuadro de lo que es la religión y en qué consiste. Cuando nuestro Señor apareció en la Tierra esta exhibición de religión estaba en su apogeo. Nunca hubo mayor o más puntillosa observancia de todas sus ordenanzas y ceremonias. Y el hecho de que éstas no pueden dar nunca una nueva naturaleza o cambiar la vieja se ve claramente en el hecho de que fue la parte más religiosa de la nación la que crucificó al Señor Jesús. Este pasaje es el resultado en el que desemboca una religión, aún cuando fuere dada por Dios, cuando es pervertida y usada erróneamente por la vieja naturaleza. A esto hacen referencia pasajes como éstos: “… ¿Se complace Jehová tanto en holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros.” (1 Samuel 15:22). “La religión pura y sin mácula delante de Dios es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo.” (Santiago 1:27). Esto quiere decir que, en cuestión de RELIGIÓN (esto es, actos y observancias externas), es mejor hacer actos de misericordia y compasión que todos los actos religiosos, como besar la cruz y observar días y guardar festividades.
Esta es la esencia del argumento de la epístola a los Colosenses, que añade a esta cuestión: Si moristeis con Cristo en cuanto a las ordenanzas religiosas del mundo ¿por qué, como viviendo en el mundo os sujetáis a ordenanzas (no toques, no gustes, no manejes; las cuales, todas, perecen con el uso) en conformidad con mandamientos y doctrinas de hombres? (Colosenses 2:20-23 – Traducción literal del autor). La carne puede entender y someterse a estas ordenanzas, porque todas pertenecen a las “cosas terrenales”, por lo tanto: “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la Tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.” (Colosenses 3:1-3). Así es  que se nos enseña, como poseedores de una nueva naturaleza, a no hacer provisión para la vieja naturaleza, a no darle de comer con el alimento que quiere, no buscar satisfacerla o gratificarla, ni siquiera en aquello que es “bueno” a los ojos del hombre. La vieja naturaleza está llena de orgullo, por eso las reuniones y congregaciones se amontonan en los lugares en donde la enseñanza es lo que se dice “práctica”; y se les dice a los oyentes que “hagan esto o aquello” (aunque no necesariamente se les dice que piensen antes de hacer las cosas); y, generalmente, éstas acciones sólo sirven para gratificar al viejo hombre, a la vieja naturaleza del hombre religioso; y la vieja naturaleza, aún en el hijo de Dios, ama el escuchar “precepto tras precepto, tras precepto”, pero dejar que Dios sea honrado y Cristo glorificado, Su Palabra magnificada y el hombre degradado, no está dentro de la vieja naturaleza. Y veremos iglesias y capillas desiertas en donde se halla la doctrina y en donde la adoración es verdaderamente espiritual, esto es aborrecible para el hombre natural y éste dirá cuán disgustado está con esta doctrina. Pero en donde hay provisiones para él, donde hay plenitud de música en el coro, y hay “preceptos y preceptos” partiendo del púlpito, y en la parroquia en donde hay mundanalidad, allí lo encontrarás, con la multitud. Hay más peligro, para el hijo de Dios, en las cosas que pertenecen a la “religión” y en los deseos refinados de la mente carnal que en los ordinarios y vulgares “deseos de la carne”, ya que el hijo de Dios no hará dicha provisión para la carne tan fácil y rápidamente. La verdadera trampa está en la provisión que otros hacen para la carne cuando ésta no es abiertamente asociada con el vicio, la irreligión, la mundanalidad o la inmoralidad.

4 – El quinto versículo de Colosenses 3 añade otra responsabilidad: “Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros” (Colosenses 3:5). Esto suena extraño al principio, después de haber dicho repetidamente que hemos “muerto con Cristo”. También suena como una enseñanza práctica, pero para que sea una enseñanza práctica tiene que ser practicable, debe haber algo que podamos hacer. Las palabras “haced morir” son en griego la palabra nekroo, que significa primariamente “hacer morir”, y de ahí, puede traducirse como “tratar como si estuviese muerto”. El significado Escritural de esta palabra se puede ver en sus usos en la Biblia. Aparece otras dos veces, mostrándonos inequívocamente el significado bíblico de esta palabra.

·         Romanos 4:19 – Se dice con respecto a Abraham: “Y no se debilitó en la fe, al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (siendo de casi cien años), o la esterilidad de la matriz de Sara.”
·         Hebreos 11:12 – “Por lo cual también, de uno, y ése ya casi muerto, salieron como las estrellas…” No es cuestión de ver cuál es el significado de la palabra en el Lexicón, ni de cómo la usaban los griegos, sino de cómo es usada por las Sagradas Escrituras. Y podemos ver, de estos dos pasajes mencionados, que la palabra nekroo se refiere a alguien que todavía está vivo pero estando “como muerto” (en el caso de Abraham siendo impotente para producir vida, este sería el sentido práctico del uso de esta palabra griega).

Siguiendo con Colosenses, allí no se usa esta palabra refiriéndose a la vieja naturaleza misma, sino a sus “miembros” (como los miembros de Abraham y Sara); y la exhortación es consecuente con la doctrina de los versículos precedentes. El capítulo comienza “Si, pues…” y el argumento es: “Sabiendo que murieron con Cristo, ocúpense de las cosas celestiales, y no de las terrenales, pongan sus mentes en Cristo y en el bendito hecho de que están ‘completos en él’ y de que cuando él aparezca en la gloria, ustedes también serán manifestados en gloria. No se debiliten en la fe: no consideren sus miembros, que están sobre la Tierra, sino que considérenlos como si ya estuvieran muertos.” “…habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno.” (Colosenses 3:1-10).

Debido al hecho de que morimos con Cristo y, por lo tanto, nos hemos despojado del viejo hombre y vestido del nuevo hombre, tenemos que considerar a los “miembros” de nuestro cuerpo como si estuvieran muertos y contarlos como impotentes e incapaces de producir alguna “buena obra” o alguna “obra viva”.

Toda así llamada “buena obra” hecha por la vieja naturaleza es una “obra muerta”. Son hechas por aquellos miembros que están, en lo que a Dios respecta, “como si estuvieran muertos”. Sólo son “buenas obras” aquellas que Dios mismo ha “preparado de antemano para que caminemos en ellas” (Efesios 2:10) y éstas son llevadas a cabo con la fuerza espiritual de la nueva naturaleza.

¡Sí! El modo de ver las cosas de Dios debe ser el nuestro: así como Abraham, no debemos “debilitarnos en la fe” en este tema tan importante, sino ser fuertes, creer en Dios y, entonces, ser libres para centrar nuestra atención en las cosas de arriba, donde está Cristo sentado, a la diestra de Dios; y esperar nuestra manifestación con Él en la gloria.


Capítulo VII

Nuestras responsabilidades en cuanto a la nueva naturaleza


Nuestras responsabilidades en cuanto a la nueva naturaleza son exactamente opuestas a las de la vieja naturaleza. Nuestra primera responsabilidad en cuanto a la vieja naturaleza era reconocerla como habiendo muerto con Cristo. Entonces, nuestra primera gran responsabilidad es cuanto a la nueva naturaleza es:

1 – Considerarnos vivos en una nueva clase de vida (Romanos 6:11). Esta nueva naturaleza es vida: vida nueva, vida espiritual, vida divina, vida eterna. Y tenemos que considerar que estamos “VIVOS” y viviendo en esta nueva vida, o sea, viviendo en un nuevo plano de vida con y para Dios; y esta vida es “en Cristo Jesús”, no es en “Jesucristo”, como se traduce en algunos pasajes; esta traducción es incomprensible, ya que no hay dudas en ninguno de los textos griegos, es bien claro e indiscutiblemente es “en Cristo Jesús”, ya que nunca se dice que el creyente está “en Jesús”. No es en el “Jesús” muerto, sino en el “Cristo” resucitado en el que estamos parados firmes. Y ahora tenemos que “considerarnos”, por fe (no por sentimiento) verdaderamente parados delante de Dios en esta nueva clase de vida. Si nos miramos a nosotros mismos nunca podremos considerarnos así, porque no encontraremos razón por la cual Dios podría habernos dado este maravilloso “don”. No encontraremos razón para este “don” en nada que hayamos hecho a lo largo de nuestras vidas.

Si vamos a llevar adelante esta consideración tenemos que “creer en Dios”. En Efesios 2:4-6 Dios nos ha dado todo el aliento para hacerlo; porque allí Él nos recuerda que cuando éramos hijos de ira e incapaces de tener buenos pensamientos, o de hacer buenas obras, en ese momento: “…Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús; para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia sois [habéis sido hechos] salvos por medio de la fe; y esto [esta salvación] no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.” (Efesios 2:4-9). Si no es por “obras”, entonces, ciertamente no es por “sentimientos”. Es sólo por el reconocimiento por fe que podemos entrar y disfrutar esta preciosa declaración de una completa salvación. Y esto nos lleva a otra responsabilidad, dada en el versículo siguiente (Efesios 2:10): “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.” Entonces:

2 – Tenemos que caminar en esta nueva vida (romanos 6:4). Donde la palabra “nueva” es en griego kainotes: novedad. Proviene de zainos: nuevo, pero no es joven y fresco, o recién hecho, que en griego es neos, sino que es una nueva hechura, diferente de lo que había antes, es nuevo en el sentido de “venir en lugar de lo que había anteriormente”. Kainotes se usa únicamente aquí (en Romanos 6:4) y en Romanos 7:6, pero en cada caso esta palabra es usada en asociación o conexión con cosas diferentes. En Romanos 6:4 se hace referencia a nuestro andar, y en 7:6 a nuestro servicio.

1 – En cuanto a nuestro andar, este es en “novedad de vida”, o sea, viviendo en un nuevo y diferente plano de vida; ya no se trata de la vida física solamente, sino que ahora tenemos una vida ESPIRITUAL. Ya no se trata de la vida derivada del primer Adán, sino de la vida derivada del postrer Adán, o sea, Cristo. Es una esfera de vida completamente nueva. La primera es de la Tierra, así que es terrenal; la segunda es celestial en su origen, su curso y su fin. Nuestro trono está, ahora, en el cielo, y nuestro “andar” es gobernado por ese gobierno celestial, y no por alguna autoridad originada en la Tierra. Mientras caminemos en el mundo siempre pensaremos y recordaremos que estamos en él, pero no somos de éste; y así como todo el que camina es responsable de ver y fijarse adónde va; del mismo modo, tenemos que mirar al Salvador, al Señor Jesucristo (Filipenses 3:20, 21), él va a gobernar nuestro andar.

2 – En Romanos 7:6 esta nueva esfera de vida es usada en conexión con el servicio: “Pero ahora estamos libres [o sueltos] de la ley, por haber muerto para aquella en que estábamos sujetos, de modo que [siendo ahora privilegiados] sirvamos bajo el régimen viejo [la vieja esfera] de la letra [o de la ley].” Este versículo nos explica que nuestro servicio ya no está regido por la “letra” de la ley, sino por su “espíritu”; y nuestro servicio posee una motivación totalmente nueva, la otra vieja, anticuada y pasada de moda. Ahora, no se trata de un servicio por obligación, sino por amor; no procede de observancias, reglas y reglamentos, sino del deleite; no se basa en votos y promesas, sino en la perfecta libertad de acción; no como siervos, sino como hijos. La nueva naturaleza nos trae una esfera de servicio totalmente nueva; y nuestra responsabilidad es, entonces, servir a Dios en este plano o en esta clase de servicio. Debemos estar muy atentos, sino, constantemente caeremos en la esclavitud de la antigua letra, actuando con espíritu de sirvientes en vez de actuar con el espíritu de filiación.

3 – También hay una tercera línea conectada con esta “novedad”, o nueva esfera, en la cual nos sitúa la nueva naturaleza; y ésta tiene que ver con la adoración. Ésta está relatada en Gálatas 5:25, y nos muestra una idea adicional acerca del vivir en esta nueva esfera espiritual. Tiene relación con nuestro andar y adoración, estando “en Cristo” y no según las ordenanzas religiosas del mundo.
“Si vivimos por [o según] el Espíritu [o nueva naturaleza], andemos también por [o según] el espíritu.” (Gálatas 5:25). Esto quiere decir que nosotros, quienes tenemos esta nueva naturaleza, tenemos que caminar conforme a ésta. El verbo griego que aquí se traduce “andemos” es diferente del que se usa en Romanos 5:4 y 7:6. Acá la palabra es stoicheo, y siempre significa “andar o caminar según las reglas y reglamentos religiosos”; y se refiere a ritos religiosos externos, a ordenanzas y ceremonias. El sustantivo derivado stoicheiun se usa sólo en dos de las siete epístolas a la Iglesia: Gálatas y Colosenses, ambas corrigen errores doctrinales, consecuencia de haber ignorado las enseñanzas de Romanos y Efesios respectivamente. Se usa dos veces en cada epístola: Gálatas 4:3 y 9; Colosenses 2:8 y 20. Tres de estos cuatro usos están asociados con la palabra “mundo”, en griego cosmos, y, por lo tanto, hacen referencia a lo que es externo y material, en contraste y oposición con lo que es interno y espiritual.
Lo incierto de su significado en diferentes versiones de la Biblia se ve en las inconsistentes traducciones. La A.V. en Gálatas traduce “elementos” en el texto y “rudimentos” al margen, mientras que en Colosenses traduce “rudimentos” en el texto y “elementos” en el margen. La R.V. tiene la palabra “rudimentos” en los cuatro pasajes. La palabra se refiere a todo lo que es externo en las observancias religiosas; todos los actos religiosos que tienen que ver con la carne o la vieja naturaleza. Entonces, la responsabilidad puesta ante nosotros, en Gálatas 5:25 nos dice que, como ahora estamos viviendo en una nueva esfera de vida, tenemos que andar conforme a la nueva naturaleza espiritual y no seguir, o andar, conforme al ceremonialismo religioso externo, del mundo; ni como las instituciones paganas, ni según ritos, comidas y bebidas judaicas, siguiendo lavamientos, días y meses, tiempos y años (Gálatas 5:10, 11; Colosenses 2:16; Romanos 13:1-9); ni tampoco conforme a las tradiciones babilónicas.
Es así que hay tres responsabilidades distintas en nuestro andar conforme a la nueva naturaleza, que son: VIDA, SERVICIO y ADORACIÓN; y se asocian, respectivamente, con lo que es INTERNO, EXTERNO y HACIA ARRIBA. En cuanto a lo “interno”, tenemos que andar conforme a la nueva esfera de vida en la cual nos introdujo la nueva naturaleza (Romanos 6:4). En cuanto a lo “externo”, tenemos que servir conforme a la misma novedad de lo espiritual o, la nueva naturaleza (Romanos 7:6); y en cuanto a lo que es “hacia arriba”, tenemos que “adorar a Dios en espíritu” y no según las tradiciones y ordenanzas religiosas y los mandamientos de hombres (Gálatas 5:25; Colosenses 2:20-22). Estas tres esferas de acción están sintetizadas en Tito 2:11-13, y son las mismas tres lecciones enseñadas por la gracia. Porque la gracia no sólo nos trae salvación, sino que nos enseña que: “…renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos [o sea, los productos de la vieja naturaleza], vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo.” Aquí se nos enseña cómo tenemos que vivir en nuestra esfera de acción o nuevo plano de vida:

1 – En cuanto al mundo interno, nuestro andar tiene que ser “sobrio”. En griego es la palabra sophronos, que significa: con dominio propio sobre todos nuestros deseos y una dignificada restricción sobre todos nuestros miembros. Esto es, nada más ni nada menos que la “templanza evangélica”. Limitar este dominio propio sólo a uno de nuestros deseos codiciosos es errarle al todo el objetivo de este requerimiento, dejando que todos los otros deseos de la carne y de la mente queden sin límites y sin control: o en todo caso, actuar como si todo estuviera en orden. Lo mayor incluye a lo menor, y la verdadera templanza incluye dominio propio no sólo sobre la bebida, sino también sobre la comida, el vestido, la lectura, los gastos, lo que se guarda, los viajes, el hablar, lo que se mira y se contempla, las visitas, lo que se canta, etc.; y cubre el territorio completo de lo que es llamada “pureza”. El dominio propio debe incluirse en cada rama de nuestra vida diaria, no sólo sobre la vulgar codicia de la carne, sino también sobre los deseos refinados de la mente; y abarca no sólo lo que es ilegal, sino también lo que es legal. Se ejerce no sólo para hacer lo que es legal, sino aquello que es conveniente o prudente.
La perversión del hombre sobre el “temperamento” es el resultado de andar conforme a la carne y no conforme al espíritu. El “Temperamento” del hombre puede controlar sólo uno de los deseos, mientras que deja la puerta abierta a todos los otros; es entonces que el dinero que no se gasta en bebidas, podría ser gastado en inmoralidad; el dinero que se guardó de la bebida quizá se pierda en el juego. Y es así que la mera reforma ética es como querer arrancar una a una las hojas secas o los frutos podridos que hay aquí y allí, cuando el problema yace en la raíz. Lo que se necesita no es una “reforma” sino una “regeneración” (una nueva creación). Un “carácter reformado” está muy lejos de lo que es un pecador salvo. Ocuparse en dicho trabajo es bueno para el mundo, pero ocuparse en reformar el carácter no es trabajo para la Iglesia de Dios. Un ministro del evangelio no puede ocuparse en esto sin descuidar lo más importante, que es, trabajar para aquello para lo cual fue llamado. ¡No! El andar conforme a la nueva naturaleza se encarga de ordenar todos estos asuntos en el hijo de Dios, e incluye todo junto; por otro lado, el andar conforme a la carne es ocuparse sólo de cierta parte del todo. Entonces, en cuanto al mundo INTERNO, nuestro andar tiene que ser con DOMINIO PROPIO sobre todas las cosas.

2 – En cuanto al mundo EXTERNO, nuestro andar tiene que ser dikaios, con justicia. Y no sólo para justicia sino nacido desde la justicia. No porque sea requerido por mandamientos humanos, sino porque es el deseo de la nueva naturaleza; no con un sentido de obligación, sino con el poder del amor. No como siervos, sino como hijos. No estando obligados o forzados a causa de promesas, votos o premios, sino como siendo empujados por la naturaleza divina que hay dentro nuestro, para andar rectamente en cuanto al mundo externo.

3 – En cuanto al mundo de arriba, nuestro andar tiene que ser “piadosamente” (esto es, tener a Dios como objetivo único y exclusivo). Esto consiste, por lo tanto, no en ordenanzas y ceremonias propias de las tradiciones del hombre, sino en las actividades de la nueva naturaleza. En otras palabras, es sólo Cristo, en lugar de todo aquello que se hace en nombre de la religión. Es Cristo, o el verdadero cristianismo. De este modo, y sólo de este modo, llevaremos a cabo esta responsabilidad adecuadamente, según la nueva naturaleza, para ser de aquellos que “…en [o conforme al] espíritu [o la nueva naturaleza] servimos a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne.” (Filipenses 3:3).

3 – La tercera responsabilidad en cuanto a la nueva naturaleza es: alimentarla y nutrirla con su propia comida. Así como la vieja naturaleza, la carne, se alimenta y nutre con aquello que es externo a ella (porque no puede alimentarse así misma), así también sucede con la nueva naturaleza. Su comida debe venir de afuera, requiere ser constantemente suplida con la comida provista y apropiada para ella. Esta comida es la Palabra de Dios. Por eso decimos que, como bebés recién nacidos, vamos a desear la puro (o sincera) leche de la Palabra, para así poder crecer (1 Pedro 2:2). La Palabra de Dios es el alimento de la nueva naturaleza: “…no sólo de pan vivirá el hombre, mas de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre.” (Deuteronomio 8:3). Hay alimento de todo tipo en ella. Leche para los bebés y comida para los más fuertes; consuelo para los dolidos, ayuda para el débil… Como los bebés recién nacidos desean la leche, asimismo, el hijo de Dios recién renacido necesita y desea la leche de la Palabra, ésta es la única comida de la nueva naturaleza; pero debe ser “pura”: la Palabra Viviente, que es el Señor Jesucristo; y la Palabra Escrita, que son “las escrituras de verdad”; no una sin la otra. “Yo soy el pan de vida…” o sea, el pan que sustenta la vida. “Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo…” (Juan 6:33, 35, 48-51). Y también, con respecto a las palabras de Dios escritas, Jeremías dijo: “Fueron halladas tus palabras, y yo las comí, y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón.” (Jeremías 15:16). Si esto pudo decir él, estando bajo el antiguo pacto, cuánto mayor será la declaración para aquellos que están bajo el nuevo pacto, los poseedores de la “naturaleza divina”. Si el maná del cielo es llamado “comida de ángeles” ¿cuánto más, la Palabra, será llamada “el pan de Dios.”?
Sólo alimentándose con la Palabra de Dios es que la nueva naturaleza puede ser nutrida apropiadamente. No tendrá éxito si se alimenta de palabras de hombres, ni siquiera de los “grandes pensamientos”, todos éstos son inútiles en la esfera de lo espiritual. La nueva naturaleza se muere de hambre con los razonamientos humanos y con la literatura mundana. Todas estas cosas, a lo sumo, harán que uno sea un “hombre de hombres”, pero quien se alimenta con la Escrituras respiradas de Dios, llegará a ser un “hombre de Dios” (2 Timoteo 3:17), completamente provisto para cualquier emergencia; listo para cualquier dificultad; equipado ante cualquier conflicto; provisto contra cualquier peligro; armado contra cualquier tentación; preparado para toda prueba. El Hijo de Dios, cuando fue probado, recurrió a la Palabra de Dios, sus primeras palabras ministeriales fueron: “escrito está”; y Su primera declaración ministerial fue de las palabras de la Escritura (Deuteronomio 8:3). Tres veces habló el Señor en esa solemne ocasión, y todas fueron con palabras de la Escritura.
En su última declaración ministerial (Juan 17), tres veces se refirió, de nuevo, a esta Palabra: “…tu palabra es verdad.” (17:17); “Yo les he dado tu Palabra…” (17:14); “porque las palabras que me diste, les he dado.” (17:8). Aquí tenemos las “palabras” y  la “Palabra”; porque la Palabra está formada por palabras, y es imposible que exista una sin la otra. Si se insertan palabras en la Palabra, la Palabra, como un todo, es infectada; no nos maravillemos, entonces, si los creyentes están débiles y faltos de poder tanto para resistir al mal como para hacer el bien. Tan manifiesta es esta debilidad, que se hacen reuniones especiales y “misiones” y “convenciones” con el objetivo expreso de darle profundidad a la vida espiritual; lo cual nos da la evidencia del bajo estándar de vida espiritual, y de la condición de insatisfacción de multitud de cristianos. Es por esto que se hacen dichos esfuerzos especiales, pero lo que se hace no es conforme a las Escrituras, no diremos que es contrario a las Escrituras, porque lo que se busca es lo correcto, pero evidencian un olvido o descuido de lo dicho por las escrituras, que declara que la nueva naturaleza es “perfecta” y “divina”, y no se la puede “mejorar” o “incrementar”, debe ser nutrida y alimentada y fortalecida, pero sólo se puede hacer esto dándole el alimento de la Palabra de Dios, y no escuchando palabras de hombres. Es por la “exposición” de la Palabra, y no por la exhortación de hombres que se le da fuerza a la nueva naturaleza y se la mantiene con salud espiritual. Hay que poner los pensamientos en las cosas de arriba y no fijar la atención en algo terrenal. La nueva naturaleza se fortalece buscando y escudriñando las Escrituras, no examinándonos a nosotros mismos. Toda otra cosa que se quiera hacer fuera de nutrirse con la Palabra, sólo ensanchará a la carne, y el engaño es más sutil y peligroso cuando algo parece “bueno”, tanto en la forma como en el motivo por el cual se lo hace.
Además, estas convenciones se hacen en intervalos de tiempo bastante espaciados, y depender de éstas sería como vivir con una muy baja dieta diaria y cada tanto hacer un gran banquete, lo cual desemboca en un modo de vida muy irregular, por no decir insalubre.
Hubo santos de Dios, una noble armada de mártires y “gigantes” en el ministerio de la Palabra de Dios que fueron los anfitriones del testimonio fiel y verdadero, mucho antes de estas “misiones” y “convenciones” y sociedades. Fueron protestantes como estos los que ganaron para nosotros esta gran y preciosa libertad, mucho antes de que aparecieran nuestras modernas sociedades protestantes, que fueron inventadas con el propósito de defender y preservar lo que otros han ganado por nosotros. Pero todos estos inventos modernos son la prueba y la confesión del bajo nivel en que hemos caído. La mayoría, en vez de alimentarse con la Palabra de Dios por sí mismos, prefieren escuchar los resultados de lo que otras personas estudiaron de ella. Esto es como si uno leyera mucho sobre dietas y estudiara la química de los alimentos y no los comiera, para digerirlos y reunir fuerzas y vigor para realizar sus quehaceres diarios. Vivir en literaturas excitantes, ya sea sagrada o secular, es como intentar vivir comiendo tortas y golosinas y “manjares” en vez de la sana comida, fortificante y revitalizadora. Es por esto que hay tantas personas que son indiferentes en cuanto a las oportunidades y responsabilidades que hay en la vida cristiana; por eso hay tantos cristianos faltos de poder ante la tentación. Le dan a su nueva naturaleza muy poca comida, se alimentan de la insalubre comida de sus propias experiencias, o de las experiencias y biografías de otros; participan de los “buenos libros”, de los libros de hombres y de libros de himnos, que sólo producen “fermentación” y no “digestión”, porque dicha comida no puede ser asimilada por la nueva naturaleza. Con este tipo de dieta, compartiendo la Palabra de Dios irregularmente o en raros intervalos, y con escasez. ¿Sería, entonces, tan asombroso, que tantos cristianos no estén manifestando un muy alto concepto de lo que es el espíritu de filiación, el alto y maravilloso privilegio de ser hijos de Dios, exhibiendo un sentido real de sus responsabilidades en el mundo en donde está echada su suerte?
Recordemos que para llegar a comprender el privilegio de ser hijos de Dios, la palabra de Cristo debe “morar en abundancia en vosotros… en toda sabiduría” (Colosenses 3:16). La Palabra escrita y la Palabra viva son el único alimento de la nueva naturaleza, y nuestra alimentación con ellas no debe ser irregular o casual, tomando un bocado un día y otro bocado en algún otro momento. No es así como tratamos a nuestro cuerpo físico; no comemos el alimento físico de este modo, porque sabemos que el sustento apropiado debe formar parte de intervalos regulares, debe ser masticado lentamente y completamente digerido para que pueda ser asimilado y formar parte de nosotros. Del mismo modo, debe ser tratada la nueva vida espiritual, que es nuestra por el don de la nueva naturaleza dado por Dios. Cuando estamos débiles espiritualmente por haber descuidado nuestra alimentación necesaria, somos tentados a recurrir a todo tipo de “remedios” para recuperar la fuerza y la salud. Muchos recurren a medicinas “alternativas”, que abundan tanto en las religiones como en el mundo natural. Los “profesionales”, entonces, recomiendan todo tipo de cursos o “tratamientos” de última generación, y son anunciados todo tipo de “alimentos” como “lo mejor”. El “PAN DE VIDA” de Dios, el que Él ha provisto para nosotros, contiene todo lo que necesitamos, pero se lo procesa del mismo modo que se procesa al “grano” que Dios ha provisto en el plano natural: para la molienda del grano, el hombre ha construido molinos que al moler el grano eliminan de éste casi todo lo que Dios puso en él, y lo que queda es, en su mayor parte, el almidón (sin contar los productos nocivos que son introducidos en él); y es así que este almidón, estando fuera de proporción para la diastasa (la parte de la saliva encargada de digerirlo), se fermenta en el estómago en vez de ser digerido, y como resultado tenemos la fuente de muchos males. Al mismo tiempo, nuestro sistema es nutrido tan escasamente que nuestra salud general es afectada, y comenzamos a lamentarnos por la pérdida de cabello o dientes, y experimentamos un constante “mal humor”, y entonces acudimos a las tan anunciadas “medicinas” y “nutrientes” hasta contraer lo que se llama una “adicción” y no podemos vivir sin dichos sostenes para la vida natural.
En lo que al pan se refiere (que es un tema extenso para tratar, y prácticamente imposible de abarcar en su totalidad), el hombre comienza a encontrar su error e intenta remediarlo, pero ¿qué hace? En vez de adoptar el camino más lógico y volver a alimentarse con el grano de trigo que Dios ha provisto, el cual contiene todo lo necesario en su proporción adecuada, lo mezcla con diferentes tipos de “panes” a los que les pone nombres maravillosos. El imprudente prueba estos nuevos alimentos de moda, y es así que la alimentación le es más costosa y no halla el resultado que esperaba. Toda esta gran realidad que se presenta ante nuestros ojos tiene su equivalencia en el plano espiritual. La Palabra de Dios es descuidada, mezclada, o procesada por el hombre de diversas maneras. La leche de la Palabra es colocada a un costado, y lo que no es creído por un grupo o denominación es cuidadosamente guardado o eliminado. Es entonces que uno comienza a alimentarse con sustitutos de hombres, y cuando nos damos cuenta de que estamos débiles o enfermos, en vez de ir hasta la causa misma del error (que es la mala alimentación en la simple dieta de la Palabra de Dios), continuamos con el mismo sistema que produjo todos estos tristes efectos, y buscamos el remedio a esto recurriendo a prescripciones de hombres, adoptando las recomendaciones de hombres. Un grupo de personas recomienda algún nuevo tipo de “tratamiento”; otros hacen “retiros”, que son como una especie de “descanso sanador”; otros toman “estimulantes”; mientras huyen cuidadosamente del mundo material, buscarán los estimulantes y excitantes de las “misiones” y “reuniones”. Otros actuarán como si la constante “confesión” de los males que deploran pudiera remover los pecados o pudiera curarlos; y mientras tanto, otros actúan como si una “convención” pudiera traerles el auxilio buscado. Ante todo esto, los mismos promotores de estos métodos modernos confiesan abiertamente que la vida cristiana está en un estándar muy bajo, a la vez que la vida espiritual, y la robusta fuerza protestante está en una triste decadencia. Así como al caballo mal alimentado hay que azotarlo continuamente para que camine, éstos creyentes mal alimentados se dan latigazos a sí mismos, y se juntan en multitudes para ser azotados y así cumplir con sus obligaciones; contrariamente sucede con el caballo bien alimentado, que no necesita ser azotado, sólo se requiere guiarlo y sostenerlo. Pero todo esto no es lo peor, ni es el peor aspecto de esta mala alimentación; porque cuando se encuentran en esta condición espiritual decadente comienzan a querer hacer el trabajo espiritual para el Señor con la fuerza de la vieja naturaleza, la carne, lo cual, naturalmente, los lleva a agravar el problema, hasta que finalmente se desmoronan y abandonan la vida cristiana o “estallan” y todo llega a su fin.
¡Oh, si tan sólo pudiéramos hacerles ver la única y simple causa de todos estos males, que son universalmente reconocidos y admitidos y deplorados! La existencia de todos estos males es puesta en evidencia por los muchos esfuerzos que son hechos, por todos los medios posibles, para remediarlos. La raíz de todo el problema es no actuar del modo señalado divinamente: alimentarse con la PALABRA DE DIOS. Ella es el instrumento por medio del cual es implantada la nueva naturaleza y es el único medio por el cual puede ser sostenida, nutrida y fortalecida. Esta Palabra de Dios es de valor sólo en la medida en que nos alimentamos de ella, y en la medida en que la digerimos y asimilamos apropiadamente. Nadie puede hacer esto por nosotros. No piensen, por lo tanto, que se puede vivir viendo comer a otros, o que se puede aprender solamente mirando y copiando el trabajo de los demás. Cada uno de nosotros debe hacer su propia búsqueda e investigación de la Palabra y “marcar” su propia Biblia; y hacer sus propias tablas y análisis. Es cierto que tenemos que ser guiados e instruidos por otras personas para saber cómo hacerlo, y que podemos ser estimulados pos sus trabajos y ejemplos, pero cada uno debe trabajar por sí mismo y aprender por sí mismo de la Palabra de Dios. Todo lo necesario para nuestra salud y fuerza espiritual está en la Palabra de Dios; y el Espíritu Santo que la inspiró está aquí, con nosotros, para enseñarnos e inspirarnos en nuestros corazones. Coloquemos toda nuestra dependencia en Él, no lo menospreciemos confiando en el hombre. No nos apoyemos en nuestros propios escritos. Escuchemos al hombre sólo en aquello que glorifica a Cristo y magnifica Su Palabra. Todo lo que nosotros podemos hacer es actuar como guías o como “postes de señalización” para mostrarte dónde está la comida, dónde están los “pastos verdes”, y contarte acerca de lo provechoso, dulce, poderoso, verdadero y útil que es este alimento, y decirte dónde puedes encontrar lo apropiado para tus necesidades, pero no tenemos el monopolio en esto. Todos tenemos la misma Palabra para alimentarnos, podemos preparar la comida y podemos servirla, pero no podemos comerla por ti, esto tienes que hacerlo tú mismo. Después de todo, es una simple cuestión de dieta, en lo espiritual, del mismo modo que se lo hace en el plano físico. Y es estado de salud de ambos se conoce y se detecta por el mismo síntoma: el APETITO. El apetito, en el plano natural, es signo de salud, la ausencia de éste es un signo opuesto. Así sucede en el plano espiritual: nuestro apetito o deseo de alimentarnos con la Palabra de Dios es la manera de medir la salud espiritual; de esta forma podemos verificar nuestro estado de salud espiritual. Es como un termómetro que nos permite hallar y confirmar nuestra real condición espiritual.
Todo depende de nuestro apetito espiritual por el único alimento espiritual: la Palabra de Dios. Para que ésta sea provechosa no sólo hay que comerla, hay que digerirla y asimilarla. Es como el dinero: sólo es de valor en la proporción en que lo usamos para algún beneficio o disfrute, o en aquello que nos produce verdadera felicidad, podríamos tener un millón de dólares en el banco, pero si nunca usamos la chequera y si nunca gastamos ese dinero, las monedas serán como fichas y los billetes serán de tanto valor como una hilera de figuras en un libro. ¡Dios no permita que nos suceda lo mismo con Su Palabra! Allí tenemos todo lo que necesitamos para caminar en “novedad de vida”. En la Palabra de Dios hallaremos toda la armadura para todo conflicto, toda la fuerza para todo servicio, todo el consuelo para todo dolor, todos los recursos para toda necesidad. ¡Ojalá esta preciosa Palabra sea no sólo nuestra armadura o nuestra provisión, sino también nuestra mesa! ¡Ojalá podamos, por la gracia de Dios, decir verdaderamente: “Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores; unges mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando” (Salmos 23:5)!



Capítulo VIII

Conclusiones prácticas


Hay, aún, algunos puntos restantes por mencionar, con respecto a nuestras responsabilidades para con los dos naturalezas, que iremos exponiendo en estas conclusiones prácticas, siguiendo la lógica que hemos recibido de las Escrituras. Éstas no son expuestas aquí con el ánimo de poner al lector bajo reglas o reglamentos, pero, como hemos aprendido de la Palabra de Dios, hay ciertas responsabilidades que son inevitables si es que queremos disfrutar al máximo de las bendiciones y los frutos de la doctrina, en nuestra experiencia personal. No está en nuestras manos el “sostener la verdad” en cuanto a las dos naturalezas. La verdad es la que debe sostenernos a nosotros, si conocemos su valor y su poder. Y si la verdad nos sostiene, entonces:

1 – Diariamente ignoraremos a la carne y nos negaremos a todos sus llamados y clamores. Tenemos que recordar que no “estamos en la carne”, la carne está en nosotros, y no podremos sacarla de nosotros hasta el retorno de Cristo, o hasta que muramos y seamos, más adelante, resucitados. Si fallamos en recordar este hecho diariamente, estaremos a la merced de cualquier falso maestro, expuestos a cualquier error que pueda brotar de ellos, siendo descarriados y siguiendo a alguno de estos nuevos y modernos “métodos”, que sólo son trucos y artimañas de la carne. Todos estos errores doctrínales y prácticos vienen de una misma fuente, esta fuente es: sustentar y contribuir a las demandas y habilidades de la vieja naturaleza; esta es la esencia y fundamento de toda religión falsa, como puede verse en la iglesia romana y por todos lados; esto es puesto en evidencia en una declaración de un libro de la iglesia católica romana: “Fuimos comandados por Jesús, habiendo sufrido y muerto por nosotros, a que lo imitemos, crucificando nuestra carne con actos diarios de mortificación” ¿Y en qué difiere esta declaración de la enseñanza popular acerca de la “santidad” que oímos en el día presente? Verdaderamente, se lo puede poner en otro sentido, se lo puede ver desde otro punto de vista, pero el fin primario, el blanco o el objetivo perseguido es siempre el mismo: cultivar o atender a los clamores de la vieja naturaleza. Los medios empleados o recomendados pueden variar, pero el resultado que se busca es el mismo: llegar a un estado de “impecabilidad”. Pero todo esto proviene de una misma raíz: la carne, cuando no ignoramos sus demandas y llamados y no la consideramos “como muerta.”

2 – El mejor modo práctico de tratar a la vieja naturaleza es matarla de hambre: esto se hace manteniéndola en una muy baja dieta. Pero esto no puede hacerse directamente, como si ese fuera nuestro objetivo o nuestro “trabajo”. Esta tarea puede llevarse a cabo sólo indirectamente: atendiendo a las demandas y deseos, y dando satisfacción a todos los anhelos descendientes del cielo, de la nueva naturaleza. Ya hemos visto que el alimento de la nueva naturaleza es la Palabra de Dios; mientras estemos alimentándonos directamente con ésta, estaremos indirectamente matando de hambre a la vieja naturaleza; porque (y este es el hecho importante) no podemos alimentar a ambas naturalezas al mismo tiempo. Cuando una de las naturalezas está siendo nutrida, la otra estará pasando hambre, este principio funciona en ambos sentidos: si nos estamos alimentando en la vieja naturaleza, con libros de hombres y enseñanzas de hombres, estaremos dejando mal alimentada a la nueva naturaleza, quedando ésta débil e impotente. La vieja naturaleza tendrá su avance cuando nos nutramos de la literatura general, pero la nueva naturaleza sólo avanzará sobre la Palabra de Dios. Sus Palabras “son espíritu y son vida”  (Juan 6:3) y el espíritu sólo puede asimilar aquello que es espiritual.
Muchos cristianos están constantemente ocupados en considerar los pensamientos y libros de hombres y luego se sorprenden por su bajo estándar de vida cristiana en su andar diario; luego se apresuran a meterse en alguna de las doctrinas de moda (del mismo modo en que se buscan medicamentos o estimulantes cuando hay debilidad física) que prometen suplir las necesidades y acabar con la debilidad en el andar, cuando en el fondo, todo es un problema de “dieta”. Si en su vida física una persona persiste en comer o beber aquello que es perjudicial para su salud, deberá soportar las inevitables consecuencias, esto mismo sucede también en la esfera espiritual, y si notamos esta deficiencia espiritual en nuestro andar y en nuestras conversaciones, la única forma de remediarlo es remover la causa, lo cual demostrará ser mucho menos costoso y mucho menos problemático, será perfectamente efectivo y no nos traerá ningún desengaño. Por todo esto, nuestra conclusión práctica es: No leas cualquier libro y no escuches a cualquier orador, maestro o predicador a menos que estés seguro de que vas a conocer más de la Palabra de Dios de lo que la conocías antes. No importa lo que cualquier hombre mortal pueda pensar u opinar, a menos que pueda ayudarte a entender más acertadamente lo que Dios dice, porque de lo contrario, será un obstáculo en tu vida, y no una ayuda. No es actuando según las palabras de hombres que tendrás éxito en tu vida. Sólo “de todo lo que sale de la boca de Jehová vivirá el hombre” (Deuteronomio 8:3). Si te alimentas de lo que el hombre dice vas a estar espiritualmente débil. Las palabras de Dios “son espíritu y son vida”. No hables demasiado acerca de las Escrituras, está atento y deja que ella te hable a ti. En una conversación, has como hizo Esdras, el escriba: en vez de tratar de recordar con imperfección lo que dice la Palabra, y así, citarla equivocadamente, él “Abrió el libro a los ojos de todo el pueblo” (Nehemías 8:5). Deja que la Palabra hable por sí misma, sus palabras tendrán más peso que las tuyas, porque Dios estará allí, con ella, para hacer que actúe con eficacia. Ata la Palabra a tu corazón, porque: “Te guiarán cuando andes: cuando duermas te guardarán; hablarán contigo cuando despiertes. Porque el mandamiento es lámpara, y la enseñanza es luz, y camino de vida las reprensiones que te instruyen.” (Proverbios 6:21-23).
Siempre encontrarás personas que están bien dispuestas para hablar de cualquier cosa excepto de Dios y de Su Cristo y de Su Palabra, estas personas hablarán constantemente acerca del hombre y de las novedades del mundo. Los domingos hablarán de la iglesia, de ministros, de los sermones y de los servicios, pero ¡sigue siendo el hombre el que habla!, por eso, los que tienen la nueva naturaleza, no hallan satisfacción en todas estas cosas y por esos desisten, deseando algo mejor, y nada les dará satisfacción sino Dios mismo, y la Palabra Viva, y la Palabra Escrita. Si la oración de David (en Salmos 145) fue verdad para él ¿cuánto más lo será para nosotros?

Cómo no decir:

“Te exaltaré, mi Dios, mi Rey,
Y bendeciré Tu nombre eternamente y para siempre.
Cada día te bendeciré.
Y alabaré Tu nombre eternamente y para siempre.

En la hermosura de la gloria de tu magnificencia
Y en tus hechos estupendos hablarán los hombres,
Y yo publicaré tu grandeza.
Proclamarán la memoria de tu inmensa bondad,
Y cantarán tu justicia.”

Salmos 145:1-2, 5-7

Esto nos lleva a una conclusión práctica que difiere en mucho de las elocuentes palabras de uno, y de los inconsistentes actos de otro, y de las obras maravillosas de algún otro. Lo primero (lo visto en Salmos) muestra cómo se siembra para el espíritu, todo lo otro es sembrar para la carne.
Para que la nueva naturaleza prospere  estemos “gordos” y “de buen semblante” debemos alimentarnos con las palabras de Dios y, por lo tanto, hacer pasar hambre a la vieja naturaleza (Gálatas 4:8).
Podemos ocuparnos de la carne o del espíritu, de la vieja naturaleza o de la nueva; y según si sembramos en una o en la otra será lo que cosechemos. Esta es la plena verdad y enseñanza dada en Gálatas 6:7 y 8, comenzando con la solemne advertencia: “NO OS ENGAÑÉIS”, dada a los santos de Galacia, quienes habiendo comenzado su andar en el espíritu (o la nueva naturaleza), estaban queriendo ser perfeccionados en la carne (Gálatas 3:3). Ellos “corrían bien”, pero alguien había entrado y los había estorbado, de manera que olvidaron y no obedecieron a esta importante verdad y enseñanza que ahora estamos tratando de reforzar (Gálatas 3:1). Todos deseamos (conforme al deseo de la nueva naturaleza) andar en espíritu y no “satisfacer los deseos de la carne” (de la vieja naturaleza). ¿Qué tenemos que hacer, entonces, para poder satisfacer estos deseos? Muchos se colocan bajo el yugo de esclavitud, tratando de obedecer ciertas reglas, haciendo votos y promesas, y llevando ciertas insignias, pero todo esto es en vano. Todas estas cosas no debilitan a la carne, sino que la fortalecen, dándole el suministro necesario, cuando ocupamos nuestras mentes con ella. El camino de Dios es mucho más simple. Es: “andad en el espíritu [conforme a la nueva naturaleza] y no satisfagáis los deseos de la carne.” (Gálatas 5:16). Esta es la promesa de Dios y el mandamiento de Dios ¡Inténtalo! Te limpiará y alejará de las manos del hombre. ¡Te librará de una terrible esclavitud! Traerá paz y bendición a tu vida. Te dará descanso y refresco. Camina conforme al pneuma, ocúpate de la nueva naturaleza, dale suministro a sus necesidades, haz provisión para ella en todo lo que puedas, sólo para ésta. Tienes la Palabra de Dios de que tus deseos serán obtenidos. Él nos declara: “no satisfagáis los deseos de la carne”; aquí la palabra “no” es en griego “ou me”, que es “de ningún modo, en el griego es la negación más fuerte que se puede usar. Es un doble negativo, que enfatiza e intensifica la afirmación de que ninguna cosa que el hombre pueda hacer puede producir algo BUENO. Pero siempre que es Señor interviene, allí seguramente, y sin lugar a dudas, habrá abundante prosperidad. Cuando él dijo: “…al que a mí viene no le echo fuera.” (en Juan 6:37), él usó (en la palabra “no”), la misma expresión griega: ou me, de ningún modo, bajo ninguna circunstancia los echará fuera.
Tal es la tranquilidad que tenemos en la declaración Divina en Gálatas 5:16: “no satisfagáis los deseos de la carne.” Por esto, descansemos bendecidos y agradecidos en esta declaración Divina.

3 – Nunca deberíamos colocarnos bajo la ley (Romanos 7:6). Esta es otra cosa que nunca deberíamos hacer. En el mismo momento en que fallamos en recordar esto, estaremos dejando que la carne entre en actividad. La carne, como hemos visto, se revela en la ley. La ley fue hecha para la carne, pero sólo con el propósito de probar su “debilidad” (Romanos 8:3). La ley no fue hecha para un hombre que está “en Cristo”. Por eso, en el momento en qu4e nos bajamos de la alta posición en que nos ha colocado la gracia y nos colocamos bajo la ley, despertamos a la carne, dándole mayor actividad y poder. A esto es a lo que la Escritura llama “caer de la gracia”. Caer de la gracia no significa “reincidir” o “apostatar”, como algunos declaran, sino que es andar conforme a la vieja naturaleza y no conforme a la nueva, pensando en ella y cultivando y atendiendo los deseos de la vieja naturaleza en vez de los de la nueva. “De Cristo os desligasteis [o Cristo viene a quedar sin efecto en] los que por la ley os justificáis.” (Gálatas 5:4). No es extraño, por lo tanto, que este importante capítulo (Gálatas 5) comience con la solemne exhortación: “Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de la esclavitud.” Por eso, no se sometan a votos o promesas de ningún tipo. No lleven insignias de ninguna clase, son sólo insignias de esclavitud. Son la señal y muestra del “yugo de la esclavitud” bajo la cual se colocan a sí mismos, y sólo traen complicaciones, porque implican que la gracia no es capaz de preservarte si no llevas un apoyo o dispositivo humano; prácticamente sería negar la declaración divina de 2 Corintios 12:9: “Bástate mi gracia…”
En verdad, constantemente vamos a sentir nuestra debilidad, ya que la carne está en nosotros, pero para todo esto nos ha sido dada la adecuada provisión por “el Dios de toda gracia”; porque, como Él dijo: “…mi poder se perfecciona en la [en tu] debilidad” (2 Corintios 12:9). Por lo tanto, evita todas las “reglas para el diario vivir”, todas las “directivas” o “guías” para vivir “una vida devota” Escapa de ellas como si fueran tus más peligrosos enemigos, porque serán fatales para tu paz, quitarán todo el brillo de tu vida, harán que pases de ser un hijo a ser un esclavo, desgastarán tus poderes espirituales y la fuente de provisión. Deja de lado todo esfuerzo por mejorar la carne o por deshacerte de ella. Alimenta regularmente a la nueva naturaleza con la comida preparada divinamente y todo lo demás caerá en su propio lugar. Ten plena confianza en la gracia de Dios y en Su poder (2 Corintios 12:9), y no adoptes esquemas o planes que impliquen algún apoyo o ayuda fuera de la Palabra de Dios.

4 – Finalmente, acuérdate bien de la diferencia entre “religión” y “cristianismo”. La religión tiene relación con la carne, pero sólo Cristo actúa en la nueva naturaleza. La carne no sabe nada acerca de Cristo, el Hijo de Dios, como nuestra Vida. La carne sólo puede conocer aquello que puede ver, escuchar y comprender; pero la nueva naturaleza no puede hallar satisfacción en nada inferior a Cristo mismo, ni siquiera en el cristianismo o “religión cristiana”, cuando ésta está separada de Él. En Filipenses 3 tenemos este gran contraste claramente exhibido e ilustrado en la experiencia personal y el “patrón” del apóstol Pablo. Su ejemplo nos ayudará más que cualquier precepto. Él nos habla de la maravillosa base de “confianza en la carne” que él había desarrollado siendo un judío estrictamente religioso. Tenía mucha más confianza en la carne que lo que otros podrían tener, al punto que dijo “yo más”, y enumera siete ganancias en particular (Filipenses 3:5,6), pero todo este tiempo, él estuvo ciego, porque aún no tenía la nueva naturaleza dentro suyo para poder llevar a la luz a la vieja y pecaminosa (y religiosa) naturaleza. Pero cuando recibió este precioso don de la nueva naturaleza descubrió que, en realidad, todo el tiempo había sido un “blasfemo, perseguidor, injuriador” y “el primero” entre los pecadores (1 Timoteo 1:13-16). Es así que, en cuanto a la religión, él pudo decir: “yo más”; y en cuanto a los pecadores: “el primero”, pero cuando fueron abiertos sus ojos para conocer al Señor Jesús como su Salvador y Señor, sencillamente estuvo muy agradecido de haber desechado toda su religiosidad, la que tenía como judío, por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, su Señor (Filipenses 3:8). Él estimó todas las cosas como pérdida y como basura, comparadas con Cristo. Él no cambió la “religión judía” por la “religión cristiana” sino que, con agradecimiento, dejó de lado TODA religión por Cristo.
En cuanto a su postura delante de Dios, su gloria era “ser hallado en él”; en cuanto a su nuevo objetivo como cristiano, él dice que era poder “conocerle” (3:10); en cuanto a su esperanza, era “ser como él” en la gloria de la resurrección, cundo él regrese. Todo era “en él”. Antes, como judío, Pablo tenía la esperanza de la resurrección, pero gustosamente la cambió por la más grande esperanza, la de ser parte de la “resurrección de entre los muertos” (3:11) que llegaría a él como miembro del cuerpo de Cristo. No quiere decir que él esperara que por ciertos esfuerzos pudiera obtener alguna ventaja sobre otros cristianos, sino que, como cristiano (un hombre en Cristo), él ya tenía una más bendita esperanza que la que le podría dar la “religión judía”. Él acá no está diciendo que dejó sus “pecados”, sino que dejó sus “ganancias”. Por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, su Señor, él estimó como basura todo lo que alguna vez había considerado como ganancia, porque él ahora había recibido el conocimiento del “poder de la resurrección de Cristo” y lo que eso implica para todos los miembros del Cuerpo: todos aquellos que han participado en sus padecimientos y han muerto con él en su muerte. (3:10). Nada menos que esto es el cristianismo. Toda cosa inferior a esto es religión. El cristianismo no consiste en artículos, credos o confesiones, ni tampoco en iglesias, congregaciones ni en compañerismo, sino en UNA PERSONA. ¡Dios conceda a cada uno de nuestros lectores que, por la gracia, puedan decir, con respecto a todas sus supuestas ventajas en la carne: “…cuantas cosas eran para mi ganancia, las he estimado como pérdida por Cristo” (Filipenses 3:7)!

5 – Pero, en conclusión, no olvides que este es el camino del dolor y el conflicto, no sólo internamente sino externamente. El conflicto no sólo proviene de la vieja naturaleza sino también de los otros. Sigue siendo verdad en estos días, y lo comprobaremos por experiencia propia, que “como entonces, el que había nacido según la carne perseguía al que había nacido según el Espíritu, así también ahora.” (Gálatas 4:29). En este versículo el énfasis está puesto en las dos palabras “entonces” y “ahora”, siendo una la que encabeza al versículo y la otra, la última palabra del versículo. Esto nos muestra que no debemos esperar cambios en la vieja naturaleza, ni en las circunstancias que de ésta se desprenden. Por eso, todos nosotros somos exhortados a recordar que somos hijos de la mujer libre y no de la esclava, y tenemos que “estar firmes en esta libertad” (Gálatas 5:1) ¡¡¡Bendita libertad!!!
La palabra “entonces” en Gálatas 4:29 hace referencia a Ismael e Isaac, pero apunta hacia atrás, a un tiempo anterior, hasta Caín y Abel, donde el odio religioso terminó (y siempre terminará así de ser posible) en homicidio. También podemos ver esta verdad en el hecho de que fue la parte religiosa de los judíos, y no los meros profesantes, fueron los “principales” y “sumos sacerdotes” quienes determinaron la crucifixión del Señor Jesús. Y así también sucede “ahora”. “Y también todos los que quieren [o se han determinado] vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución” (2 Timoteo 3:12). Y esta persecución vendrá siempre, principalmente, de la carne religiosa. ¿Quién entre nosotros no puede, tristemente, admitir que sus principales problemas y tentaciones vienen de aquellos co-cristianos que andan según la carne? En vez de venir persecución del mundo, como antes, que rompe los huesos de los creyentes, ahora viene persecuciones por parte de los co-creyentes, que rompen el corazón de los creyentes.
Cuando Saulo estaba ocupado en su religión fue cuando más intensamente se ocupó de perseguir a los creyentes (Filipenses 3:6). Es la religión la que derrama la sangre de los creyentes; y es la religión la que llenó las filas de “la noble armada de mártires”.

Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a Él.    
1 Juan 3:1.

Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegía del mundo, por eso el mundo os aborrece.   
Juan 15:18,19

Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como yo tampoco soy del mundo. Juan 17:14

Si estas palabras fueron ciertas “entonces”, para los apóstoles a los que fue dirigida, cuánto más las encontraremos verdaderas “ahora”, en nuestra experiencia personal. Por lo tanto, como poseedores de esta nueva naturaleza, no nos maravillemos, ni por el conflicto que la vieja naturaleza trae dentro de nosotros, ni por el conflicto que venga de afuera, sino regocijémonos mucho más en el hecho de que todo este conflicto es la mayor certeza que podemos tener de que somos “hijos de Dios” y somos sus “obreros”. Esta es la prueba segura de que, como hijos de Dios, hemos sido escogidos de entre los del mundo; y tengamos por “sumo gozo” si tenemos el privilegio de padecer algo por aquel que sufrió todo por nosotros “por el gozo puesto delante de él.” (Hebreos 12:2).

2 comentarios :

  1. Hola, Pablo!
    He leído solo un trozo, pero me ha gustado mucho, y todo lo que dice es cierto. Tendré que buscar tiempo para leerlo.

    Enhorabuena y un saludo!

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  2. Hola, Pabablo.

    Que bueno que estos estudios de tan prestigiosos teólogos están siendo desempolvados y traducidos al español; ojalá y te sea posible publicar otros más. Gracias y que Dios te bendiga aún más.

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