Administraciones y eras en la Biblia

En Honor a Su verdad


Para poder entender bien cuál es la esperanza del cristiano hoy en día, y no confundirla con otras promesas de Dios dadas a otras personas, en otros tiempos, es necesario conocer la doctrina bíblica sobre las distintas eras y administraciones. A lo largo de la historia humana, Dios ha tratado con el hombre en distintas formas. Como vimos, Dios ha dividido la historia espiritual humana en eras, al igual que el hombre ha dividido su propia historia “natural” en eras. Así como el hombre ha dividido distintas etapas de la cultura humana en eras, tales como: “la era de piedra,” “la era del bronce,” “la era del hielo,” “la era de la información,” etc.; Dios ha dividido la historia espiritual humana en eras, Él preparó estas eras para llevar al ser humano a ser salvo y conocer Su verdad, y para que el hombre llegara a desarrollar una voluntad perfecta de obedecerle y servirle para siempre en una Tierra perfecta.

Así como cada era humana es señalada por alguna característica especial (por ejemplo: la “era del bronce” es llamada así porque es la era en que el hombre desarrolló su habilidad con el bronce y produjo gran cantidad de artefactos de bronce), del mismo modo, las eras de Dios tienen determinadas características. En cada era Dios ha establecido una forma específica de administrar Su gracia, poder y voluntad a los hombres, lo cual la Biblia llama “administraciones”.

La palabra “administración” es nuestra traducción castellana de la palabra griega oikonomia (de donde proviene nuestra palabra castellana “economía”), siendo el oikonomos (el “ecónomo”) aquél que administra. Oikonomos es la conjunción de dos palabras griegas: oikos, que es “casa” y nomos, que significa “ley”. Entonces, el oikonomos es aquél que tiene una casa a su cargo, el que administra la casa.

Figurativamente, aquellos que se acercan a Dios forman parte de la “casa” de Dios, y deben conducirse bajo los reglamentos de Dios. Estas “reglas” han cambiado con el tiempo, en la medida que distintas situaciones han sucedido a la humanidad. Sin embargo, hay que tener en mente que el propósito de Dios siempre ha sido el mismo.

Pablo dijo a Timoteo que el propósito de su epístola era para que Timoteo sepa como conducirse en la “casa” de Dios, que era la iglesia del Dios viviente.

1 Timoteo 3:14-15
(14) Esto te escribo, aunque tengo la esperanza de ir pronto a verte,
(15) para que si tardo, sepas cómo debes conducirte en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad.

Esto no se refiere a una “casa” o “edificio” físico, sino a la casa espiritual, formada por todos aquellos que han puesto a Cristo como el Señor de sus vidas y se conducen conforme a las reglas de la “casa”, como también lo muestra la epístola de Hebreos:

Hebreos 3:1-6
(1) Por tanto, hermanos santos, participantes del llamamiento celestial, considerad al apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión, Cristo Jesús;
(2) el cual es fiel al que le constituyó, como también lo fue Moisés en toda la casa de Dios.
(3) Porque de tanto mayor gloria que Moisés es estimado digno éste, cuanto tiene mayor honra que la casa el que la hizo.
(4) Porque toda casa es hecha por alguno; pero el que hizo todas las cosas es Dios.
(5) Y Moisés a la verdad fue fiel en toda la casa de Dios, como siervo, para testimonio de lo que se iba a decir;
(6) pero Cristo como hijo sobre su casa, la cual casa somos nosotros,  si retenemos firme hasta el fin la confianza y el gloriarnos en la esperanza.

Entonces, como he explicado, el administrador de la casa es llamado oikonomos y la forma de administrar la casa es llamada, en griego, oikonomia.

A lo largo de la Biblia, pueden identificarse distintas etapas (“eras”) de la relación del hombre con Dios, con distintos reglamentos dados por Dios.

Al principio de la creación, el hombre estuvo diseñado para vivir perpetuamente en una Tierra que era “buena en gran manera”. Adán y Eva tenían la instrucción de “multiplicarse” y de gobernar la Tierra y como única restricción no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal (Génesis 1:28; 2:16-17), en esta era, tanto los animales como los hombres comían solamente vegetales (Génesis 1:29) y no había enfermedad, ni muerte, ni dolor.

A causa de la desobediencia de Adán la muerte y toda clase de males entraron en el mundo (Génesis 3:17-19; Romanos 5:12; 1 Corintios 15:21), no fue Dios quien generó todo el mal que hay en el mundo esto fue la consecuencia de la caída de Adán. “Espinas y cardos”, en Génesis 3:18, representa, por medio de la figura idiomática sinécdoque, a toda clase de males: espinas y veneno en plantas, enfermedades y muerte en todos los seres vivos y otras alteraciones genéticas y celulares como, por ejemplo, el hecho de que algunos animales pasaron a ser carnívoros.  A partir de aquí comienza una segunda era para el hombre. Dios inaugura esta era con una promesa: la promesa de un Salvador que desharía la obra de la Serpiente, el Diablo (Génesis 3:15). A causa de la caída, el hombre quedó alejado de la presencia de Dios e imposibilitado de estar junto a Dios, la promesa de Dios iba dirigida a reestablecer esa relación. Examinando el relato de Abel y  Caín en Génesis 4:1-7 aprendemos que Dios estableció instrucciones para ser que sus pecados sean perdonados por medio de un sacrificio, señalándoles un lugar específico en donde hacer el sacrificio. Durante esta etapa, Dios trataba individualmente con los hombres, y no había establecido un sistema de leyes específico.

Durante esta era, ciertos seres espirituales, “ángeles caídos,” obraron sobre los cuerpos de mujeres humanas, produciendo una generación de “gigantes” malignos, esto, unido a la maldad creciente en toda la humanidad obligó a Dios a destruir a toda la humanidad, para salvaguardar Su promesa de la futura restitución (Génesis 6:1-5; 2 Pedro 2:4-5). Esta fue la causa del diluvio que destruyó a la humanidad, del cual sólo Noé y su familia se salvaron. Al terminar el diluvio, nuevamente Dios habló al hombre, poniéndolo a cargo de una nueva “administración” para esta nueva era en la historia espiritual humana. Dios ordenó a Noé, al igual que a Adán, que se “multiplique” y le dijo que los animales no lo dañarían, estarían bajo su “mano”. (Génesis 9:1-2). Además, Dios esta vez dijo a Noé que podría comer la carne de los animales, pero no su sangre (Génesis 9:4). Luego Dios instituyó, por primera vez, la “pena de muerte”, diciendo que “el que derramare sangre de hombre, por hombre su sangre será derramada…,” dando al hombre la responsabilidad de dar muerte a los asesinos (Génesis 9:6).

Más tarde, Dios hizo pacto con Abram, cambiándole el nombre por Abraham, y prometiéndole que él sería padre de muchedumbre de gentes y de él saldrían reyes, y prometiéndole que sería Dios de él y de su descendencia, y poniendo la ley de la circuncisión como señal del pacto. (Génesis 17:1-11). Después de esto, Dios también cambió el nombre de Jacob por “Israel” y le hizo similares promesas que a Abraham (Génesis 35:10-13). A partir de estos eventos, Dios tuvo un pueblo “escogido”, no a causa de que Dios así lo dispusiera caprichosamente, sino a causa de la fe de estos hombres, por medio de la cual Dios mantuvo Su pacto aún a pesar de las generaciones desobedientes que aparecieron después.

Tiempo después, Dios daría a Israel lo que llamamos “LA LEY”, por medio de la cual Dios dio a conocer Su voluntad para el hombre, de modo que quien la cumpliera pudiera por ella vivir. Esta ley, no sólo consistía en los tan conocidos “diez mandamientos”. Los diez mandamientos eran sólo una “instrucción” (eso significa la palabra hebrea torah) sobre la voluntad de Dios. Pero, además, Dios dio leyes civiles para gobernar al pueblo y leyes en cuanto a los sacrificios de animales, que servían como ofrenda por los pecados, ofrendas de paz, y otros tipos de ofrendas (Libros de Éxodo, Levítico y Deuteronomio).

Llegado el tiempo justo, Dios envió al Mesías prometido, Su Hijo, Jesucristo. Él había venido a cumplir la ley (5:17), él completó la ley, ya que la ley no era un fin en sí misma, sino que fue el preceptor (“ayo” en Gálatas 3:24 y 25) para llevarnos a Cristo. La ley de sacrificios era un recordatorio del estado continuo de pecado del ser humano, del cual el hombre debía ser rescatado por medio de la muerte de un ser inocente. El cordero “moría” como sustituto del hombre, quien debía morir a causa de sus pecados, pero el sacrificio perfecto vendría cuando el Mesías, el perfecto Ungido de Dios, derramara su sangre inocente para salvar a todo el que cree una vez y para siempre. Durante su vida en la Tierra, Jesús cumplió la ley, pero él era la perfecta interpretación del corazón de la ley, él mostró claramente cuál era el corazón de Dios para el hombre.

Durante su vida en la Tierra, Jesús acusó a los fariseos de ser malos administradores a través de la siguiente parábola:

Lucas 16:1-12
(1) Dijo también a sus discípulos: Había un hombre rico que tenía un mayordomo, y éste fue acusado ante él como disipador de sus bienes.
(2) Entonces le llamó, y le dijo: ¿Qué es esto que oigo acerca de ti? Da cuenta de tu mayordomía, porque ya no podrás más ser mayordomo.
(3) Entonces el mayordomo dijo para sí: ¿Qué haré? Porque mi amo me quita la mayordomía. Cavar, no puedo;  mendigar, me da vergüenza.
(4) Ya sé lo que haré para que cuando se me quite de la mayordomía, me reciban en sus casas.
(5) Y llamando a cada uno de los deudores de su amo, dijo al primero: ¿Cuánto debes a mi amo?
(6) El dijo: Cien barriles de aceite. Y le dijo: Toma tu cuenta, siéntate pronto, y escribe cincuenta.
(7) Después dijo a otro: Y tú, ¿cuánto debes? Y él dijo: Cien medidas de trigo. El le dijo: Toma tu cuenta, y escribe ochenta.
(8) Y alabó el amo al mayordomo malo por haber hecho sagazmente; porque los hijos de este siglo son más sagaces en el trato con sus semejantes que los hijos de luz.
(9) Y yo os digo: Ganad amigos por medio de las riquezas injustas, para que cuando éstas falten, os reciban en las moradas eternas.
(10) El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel; y el que en lo muy poco es injusto, también en lo más es injusto.
(11) Pues si en las riquezas injustas no fuisteis fieles, ¿quién os confiará lo verdadero?
(12) Y si en lo ajeno no fuisteis fieles, ¿quién os dará lo que es vuestro?

En estos versículos la palabra griega que es traducida “mayordomo” es oikonomos, “administrador”, y la palabra para “mayordomía” es oikonomia. En el contexto, Jesús estaba reprochando los errores doctrinales de los fariseos (maestros de la ley de Dios). En Mateo, capítulo 7 se nos dice que los fariseos habían cambiado la ley de Dios por tradiciones y así dejaron sin efecto la ley de Dios. Aquí en Lucas, en el 16:14 se nos dice que los fariseos que eran avaros se burlaban de él. Esta burla era para desacreditarlo, porque no querían que el error doctrinal de ellos quedara expuesto, ya que expuesto el error ellos perdían su fuente de ganancia, que se basaba en sus tradiciones contrarias a la voluntad de Dios.

Teniendo en mente el contexto podremos entender esta parábola. Una parábola es una historia que puede ser real o imaginaria que intenta transmitir un mensaje o moraleja oculta. En este caso, el mayordomo, o administrador infiel representa a los fariseos, ya que a ellos se les había confiado la ley de Dios para administrarla a las personas, pero ellos no la administraron fielmente, sino que la cambiaron por tradiciones y la usaron para ganar dinero deshonesto. Jesús entonces revela que les sería quitada esa administración y al hacerlo, ellos tratarían de “negociar” con los fieles para no quedarse sin su fuente de ganancia. El versículo 8 intenta transmitir que los religiosos del mundo son más hábiles para ganar fieles que los verdaderos creyentes, el versículo 9 debiera estar en forma de pregunta, podríamos parafrasearlo así: “¿les estoy diciendo que deben ganar fieles deshonestamente para ser recibidos en el reino futuro? La respuesta es “no”, porque si en las riquezas injustas y en lo ajeno no fueron fieles, ¿quién les daría lo verdadero y lo que les pertenecía?” (v12). Lo que Jesús está comunicando es que como ellos (los fariseos) no fueron fieles en administrar la ley, que tenía la “sombra de los bienes venideros” (Heb. 10:1) no sería a ellos a quienes se les confiaría “lo verdadero”, o sea, no se les encargaría la administración de la nueva gracia de Dios que vendría como resultado del sacrificio de Cristo. Por eso, durante la era en que Cristo estuvo en la Tierra, fue él mismo el fiel administrador de la gracia de Dios para su era.

Luego de la muerte, resurrección y ascensión de Cristo hubo un pequeño período de tiempo en donde Jesús dio la instrucción a sus apóstoles de “esperar la promesa” (Lucas 24:49) y, venida la promesa del recibimiento del don de espíritu santo (Hechos 2) comienza una nueva era, en la cual Dios puso a Pablo como “administrador” (1 Corintios 9:17; Colosenses 1:25). Él fue encargado de la “administración de la gracia” (en Efesios 3:2) y la “administración del misterio escondido” (en Efesios 3:9 – la palabra “dispensación” es oikonomia). Dios puso a Pablo en Su “casa” para que él diera a conocer cuáles son las pautas a seguir para ser salvos en esta nueva era. Curiosamente, Pablo había sido un irreprensible fariseo, pero estimó todo aquello como pérdida para ganar a Cristo. Pablo dejó toda su carga religiosa y sus tradiciones para llegar a ser el fiel administrador de la gracia de Dios para la era de la Iglesia del Cuerpo de Cristo, él fue el fiel administrador del “secreto espiritual” que Dios había escondido, a él se le confió lo “verdadero” para que lo anuncie, predique y dé a conocer al mundo.

Esta era es la que ahora estamos viviendo, la cual acabará con el “arrebato” de los cristianos, para encontrarse con Cristo en el cielo, después de lo cual comenzará en la Tierra el período de tribulación relatado en Apocalipsis, lo cual después veremos en más detalle junto con un análisis de las eras que aún faltan por sucederse en la Tierra.

En cada una de estas eras hubo una forma diferente de administración de la gracia de Dios para con los hombres. Dios siempre administró gracia (favor inmerecido) a los hombres, pero esta gracia estaba limitada por la acción de los hombres, ya sea en obediencia o en desobediencia a Dios. La desobediencia de los hombres restringieron en gran manera la gracia de Dios para el mundo, pero la perfecta obediencia de un hombre, Jesucristo, permitió a Dios administrar Su gracia de un modo nunca antes soñado. Sin duda, la mejor época pasada para el hombre fue la era en la que Adán estaba “recién creado”, sin pecado y sin mal en el mundo. Adán fue el responsable de la entrada del pecado y la muerte al mundo, pero Cristo, por su obediencia y sacrificio, logró que de un modo justo y legal Dios pudiera establecer un futuro reino perfecto en el cual habitarán todos los que le han creído y obedecido.

El propósito de Dios en la creación del ser humano fue tener una familia en la Tierra que se relacionara con amor entre sí y que amara y se relacionara con Dios. Este fue Su propósito, y este es el propósito por el que Dios diseñó las “eras” de la historia humana. No sé si estas “eras” ya estaban planeadas por Dios de antemano, sabiendo que el hombre no sería capaz de obedecer Sus mandamientos, o si fueron Su sabia respuesta a la forma negligente en que el hombre trató Sus leyes y mandamientos, lo cierto es que estas eras tienen el propósito final de “reunir todas las cosas en Cristo” en la administración del cumplimiento de los tiempos (Efesios 1:10).

En cada una de estas eras, Dios dio distintas leyes y tuvo distintas formas de relacionarse con el hombre. Su corazón no ha cambiado jamás, el principio sobre el cual el hombre puede alcanzar salvación y ser considerado y tratado como justo por Dios siempre fue el mismo: la fe, pero en las distintas eras ha variado el objeto de fe y los requerimientos de Dios para que el hombre alcance salvación y para que Su plan y propósito puedan cumplirse. Dios no ha desistido de Su idea de vivir en la Tierra junto con el hombre, sino que ha estado preparando y dirigiendo las eras de la historia espiritual humana para llegar al punto culminante en que Él sea “todo en todos” (1 Co. 15:28). Sin embargo, veremos que Dios no reveló muchas de las partes de Su plan sino hasta después de que Cristo terminó la obra de redención del hombre, siendo resucitado de entre los muertos y ascendido a la diestra de Dios. En los tiempos del Antiguo Testamentos, los creyentes tenían promesas dadas por Dios en cuanto a su vida futura, pero jamás llegaron a conocer la totalidad de lo que Dios tenía preparado para el futuro, lo que Dios les reveló fue limitado, ya que de haber revelado todo Su plan, éste hubiese estado expuesto al fracaso (1 Co. 2:7-8). El apóstol Pablo fue el encargado de dar a conocer el secreto espiritual guardado por Dios desde las eras (leer Efesios 3), poco a poco iremos viendo cuán gloriosa es la esperanza que tenemos como hijos de Dios.










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