La esperanza del hombre antes de la era cristiana

En Honor a Su verdad


En Hechos 11:26 leemos que en Antioquia se les llamó por primera vez “cristianos” a los discípulos de Cristo. En este pasaje “llamó” es la palabra griega chrematizo, que en la Biblia siempre se utiliza con respecto a un llamamiento, mensaje, revelación o advertencia de parte de Dios. Esto quiere decir que fue Dios mismo que dio la inspiración para que se llamaran “cristianos” a los creyentes disciplinados, a los seguidores de Cristo. Por eso, llamaremos a la presente era, la “era cristiana”, que es la era en que fue revelado a Pablo (y por medio de él a todos los creyentes) el secreto espiritual escondido en eras anteriores. Este secreto incluye eventos futuros que Dios no había revelado anteriormente. Pero antes de ver qué es aquello secreto que Dios reveló en esta nueva era, veremos cuál era la esperanza para el hombre en las eras anteriores. A esta era, también podemos llamarla la “era de la Iglesia del Cuerpo”, ya que en esta era Dios trata a los creyentes como un Cuerpo cuya cabeza es Cristo, algunos también la llaman la “era de la gracia”, porque en esta era se ha desplegado en su plenitud la gracia de Dios, aunque, como ya he señalado, en todas las eras hubo un suministro de “gracia” de parte de Dios para el hombre.

La esperanza de Adán:


En los primeros capítulos de Génesis tenemos el relato de la creación de Dios. Dios hizo una Tierra “buena en gran manera” para que el ser humano viva en ella y reine en ella sobre toda la creación en el plano terrestre (Gn. 1:28). El hombre fue hecho para vivir perpetuamente en la Tierra, con tal que no desobedeciera las instrucciones de Dios, sin embargo, Adán y Eva traicionaron a Dios y le desobedecieron, perdiendo la capacidad de vivir perpetuamente en la Tierra, y perdiendo la capacidad de estar en comunión íntima con Dios (vea mi estudio “El propósito y plan de Dios” para más detalles).

En Génesis 3:15 tenemos una declaración de parte de Dios a la Serpiente, el Diablo, que a su vez da la base para la esperanza de salvación del hombre:

Génesis 3:15
Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.

Dios aquí le habla al Adversario, el Diablo, diciéndole que de la mujer nacería aquél que lo destruiría. El Diablo heriría a la simiente en el calcañar (esto es, el talón) y la simiente la heriría en la cabeza (lo destruiría). Ya desde aquí, el hombre comenzó a tener la esperanza de que Dios enviaría un salvador que desharía la obra del Diablo, esta fue la primera esperanza de la humanidad luego de la caída de Adán y Eva. Ya desde aquí vemos que la esperanza de la humanidad estaba puesta en un hombre, aquí llamado “la simiente [o descendencia] de la mujer”.

La esperanza dada a Enoc:


El capítulo 5 de Génesis comienza dando una lista de los descendientes de Adán y Eva y las siguientes genealogías. El relato pasa a ser puramente genealógico hasta el 5:22, en donde se dice que Enoc caminó con Dios:

Génesis 5:21-24
(21) Vivió Enoc sesenta y cinco años, y engendró a Matusalén.
(22) Y caminó Enoc con Dios, después que engendró a Matusalén, trescientos años, y engendró hijos e hijas.

Aquí Dios detiene Su relato genealógico para señalar que Enoc caminó con Él. En la Biblia, cada vez que leemos que algún hombre caminó con Dios, vemos que Dios no permaneció en silencio, sino que reveló Su verdad a quienes “caminaban” con Él.

Judas 1:14-15
(14) De éstos también profetizó Enoc, séptimo desde Adán, diciendo: He aquí, vino el Señor con sus santas decenas de millares,
(15) para hacer juicio contra todos, y dejar convictos a todos los impíos de todas sus obras impías que han hecho impíamente, y de todas las cosas duras que los pecadores impíos han hablado contra él.

Judas viene hablando de aquellos hombre impíos que se rehúsan a creer en Dios y se oponen y blasfeman a Dios; y llegando a estos versículos se nos dice que Enoc profetizó sobre la venida del señor con “decenas de millares” para hacer juicio contra todos y dejar convictos a los impíos. Enoc vio a la humanidad corromperse pero siguió caminando conforme a la voluntad de Dios, por lo que Dios le dio la esperanza de que en el futuro Él enviaría al Señor (la simiente de la mujer), con decenas de millares, para juzgar a esos impíos. Sin duda, esto lo mantuvo firme ante la creciente impiedad de su época. Nuevamente vemos que la esperanza estaba puesta en un hombre que quitaría la impiedad y la maldad del mundo.

La esperanza en Noé y su descendencia:


Cuando la maldad en la Tierra fue insostenible, al punto de peligrar la promesa del Salvador que Dios había hecho, Dios tuvo que enviar un Diluvio que destruyera a la generación impía (Génesis capítulos 6 al 9). Noé fue obediente a Dios y fue salvado por Dios de la destrucción de la humanidad. Luego de salir del arca, Dios hizo una nueva promesa a Noé:

Génesis 9:8-11
(8) Y habló Dios a Noé y a sus hijos con él, diciendo:
(9) He aquí que yo establezco mi pacto con vosotros, y con vuestros descendientes después de vosotros;
(10) y con todo ser viviente que está con vosotros; aves, animales y toda bestia de la tierra que está con vosotros,  desde todos los que salieron del arca hasta todo animal de la tierra.
(11) Estableceré mi pacto con vosotros,  y no exterminaré ya más toda carne con aguas de diluvio,  ni habrá más diluvio para destruir la tierra.

En estos versículos, Dios promete jamás volver a exterminar “toda carne” con aguas de diluvio y que no habría más diluvio para destruir la Tierra. Por lo tanto, si ha de haber una destrucción futura de la Tierra, no será por medio de un diluvio.

En Génesis 5:21-29 podemos ver que Enoc fue quien engendró a Matusalén, quien engendró a Lamec, quien engendró a Noé. La fidelidad de Enoc produjo misericordia de Dios en Matusalén, ya que Dios no envió el diluvio sino hasta justo después de la muerte de Matusalén. Y además, si bien la Biblia no habla de una promesa específica sobre la descendencia de Enoc, vemos que de Enoc salió Noé, quien fue, junto con su familia, el único hombre fiel a Dios y el sobreviviente a la destrucción de Dios. La promesa de Dios a Noé implicaba que de la descendencia de Noé saldría la “simiente” prometida a Adán y Eva.

La esperanza dada a Abraham y su descendencia:


En Génesis 12 leemos:

Génesis 12:1-3
(1) Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré.
(2) Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición.
(3) Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra.

Génesis 12:6-7
(6) Y pasó Abram por aquella tierra hasta el lugar de Siquem, hasta el encino de More;  y el cananeo estaba entonces en la tierra.
(7) Y apareció Jehová a Abram, y le dijo: A tu descendencia daré esta tierra. Y edificó allí un altar a Jehová, quien le había aparecido.

Génesis 13:14-17
(14) Y Jehová dijo a Abram, después que Lot se apartó de él: Alza ahora tus ojos, y mira desde el lugar donde estás hacia el norte y el sur, y al oriente y al occidente.
(15) Porque toda la tierra que ves, la daré a ti y a tu descendencia para siempre.
(16) Y haré tu descendencia como el polvo de la tierra; que si alguno puede contar el polvo de la tierra, también tu descendencia será contada.
(17) Levántate, ve por la tierra a lo largo de ella y a su ancho; porque a ti la daré.

Génesis 15:5-6
(5) Y lo llevó fuera, y le dijo: Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar. Y le dijo: Así será tu descendencia.
(6) Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia.

Génesis 15:18-21
(18) En aquel día hizo Jehová un pacto con Abram, diciendo: A tu descendencia daré esta tierra, desde el río de Egipto hasta el río grande, el río Eufrates;
(19) la tierra de los ceneos, los cenezeos, los admoneos,
(20) los heteos, los ferezeos, los refaítas,
(21) los amorreos, los cananeos, los gergeseos y los jebuseos.

Noten que en todas estas palabras de Dios a Abraham las promesas de Dios consisten en: una descendencia de renombre e innumerable y un gran territorio fructífero como heredad. Debido a la creencia y fidelidad de Abraham, Dios varias veces confirmó su promesa, y luego le dio una señal de recordatorio de lo fiel de Su promesa:

Génesis 17:1-11
(1) Era Abram de edad de noventa y nueve años, cuando le apareció Jehová y le dijo: Yo soy el Dios Todopoderoso; anda delante de mí y sé perfecto.
(2) Y pondré mi pacto entre mí y ti, y te multiplicaré en gran manera.
(3) Entonces Abram se postró sobre su rostro, y Dios habló con él, diciendo:
(4) He aquí mi pacto es contigo, y serás padre de muchedumbre de gentes.
(5) Y no se llamará más tu nombre Abram, sino que será tu nombre Abraham, porque te he puesto por padre de muchedumbre de gentes.
(6) Y te multiplicaré en gran manera, y haré naciones de ti, y reyes saldrán de ti.
(7) Y estableceré mi pacto entre mí y ti, y tu descendencia después de ti en sus generaciones, por pacto perpetuo, para ser tu Dios, y el de tu descendencia después de ti.
(8) Y te daré a ti, y a tu descendencia después de ti, la tierra en que moras, toda la tierra de Canaán en heredad perpetua; y seré el Dios de ellos.
(9) Dijo de nuevo Dios a Abraham: En cuanto a ti, guardarás mi pacto, tú y tu descendencia después de ti por sus generaciones.
(10) Este es mi pacto, que guardaréis entre mí y vosotros y tu descendencia después de ti: Será circuncidado todo varón de entre vosotros.
(11) Circuncidaréis, pues, la carne de vuestro prepucio, y será por señal del pacto entre mí y vosotros.

Aquí es cuando Dios cambió el nombre de Abram (padre exaltado) por el de Abraham (padre de multitudes) y le da el mandamiento de la circuncisión como señal del pacto que hizo Dios. De este modo, Abraham llevaría tanto en su nombre como en su cuerpo el constante recordatorio de la fidelidad de Dios para cumplir Su promesa.

Más adelante, en Génesis 22, leemos que Dios pidió a Abraham que sacrificara a su hijo, a lo cual Abraham no se negó, por lo tanto, Dios luego le dice:

Génesis 22:15-18
(15) Y llamó el ángel de Jehová a Abraham por segunda vez desde el cielo,
(16) y dijo: Por mí mismo he jurado, dice Jehová, que por cuanto has hecho esto, y no me has rehusado tu hijo, tu único hijo;
(17) de cierto te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar; y tu descendencia poseerá las puertas de sus enemigos.
(18) En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra, por cuanto obedeciste a mi voz.

Dios nuevamente confirmó su promesa a Abraham, diciéndole que su descendencia sería incontable y que en él serían benditas todas las naciones de la tierra. Hebreos nos da información adicional:


Hebreos 11:8-10
(8) Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba.
(9) Por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en tiendas con Isaac y Jacob,  coherederos de la misma promesa;
(10) porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios.

Lo que vemos es que Dios esperaba una ciudad cuyo arquitecto y constructor es Dios. Abraham tenía la esperanza de vivir en una ciudad hecha por Dios mismo. Pero, además, Hebreos también nos dice:

Hebreos 11:17-19
(17) Por la fe Abraham, cuando fue probado, ofreció a Isaac; y el que había recibido las promesas ofrecía su unigénito,
(18) habiéndosele dicho: En Isaac te será llamada descendencia;
(19) pensando que Dios es poderoso para levantar aun de entre los muertos, de donde, en sentido figurado,  también le volvió a recibir.

Abraham creyó en la promesa de Dios y creyó que si mataba a Isaac Dios lo resucitaría, porque Dios ya le había prometido que la descendencia prometida vendría de Isaac. A pesar de que Dios no dejó que Abraham matara a su hijo, en el momento en que Abraham extendió su cuchillo para matarlo demostró que en su mente ya estaba muerto, por eso este pasaje dice que en sentido figurado lo volvió a recibir. Pero, luego de mencionar los actos de fe de varios creyentes antiguos, leemos:

Hebreos 11:39
Y todos éstos, aunque alcanzaron buen testimonio mediante la fe, no recibieron lo prometido;

Ni Abraham ni su descendencia obtuvieron todas las tierras que Dios les había dicho que poseerían, ni siquiera en el auge de Israel, bajo el gobierno de David y Salomón. Por el hecho de que Dios no miente y es fiel a Su promesa, es necesario que cumpla la promesa hecha a Abraham, pero esta promesa será cumplida en el futuro, luego de que Dios resucite a Abraham y otros creyentes anteriores a la era cristiana. Esto iremos viendo poco a poco en este estudio.

La confirmación de la esperanza a Isaac y a su descendencia:


Ya vimos que Dios había dicho a Abraham que por medio de Isaac cumpliría las promesas que le hizo, y en Génesis 26 vemos que Dios confirma Su promesa:

Génesis 26:1-5
(1) Después hubo hambre en la tierra, además de la primera hambre que hubo en los días de Abraham; y se fue Isaac a Abimelec rey de los filisteos, en Gerar.
(2) Y se le apareció Jehová, y le dijo: No desciendas a Egipto; habita en la tierra que yo te diré.
(3) Habita como forastero en esta tierra, y estaré contigo, y te bendeciré; porque a ti y a tu descendencia daré todas estas tierras,  y confirmaré el juramento que hice a Abraham tu padre.
(4) Multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo, y daré a tu descendencia todas estas tierras; y todas las naciones de la tierra serán benditas en tu simiente,
(5) por cuanto oyó Abraham mi voz, y guardó mi precepto, mis mandamientos, mis estatutos y mis leyes.

Aquí Dios dice a Isaac que a causa de la obediencia de Abraham su descendencia llegaría a ser como las estrellas del cielo y poseería todas esas tierras y todas las naciones de la Tierra serían benditas en su simiente.

La esperanza dada a Israel y su descendencia:


Hemos visto que Dios dijo a Abraham que de su descendencia saldrían multitudes y saldrían reyes y que en él serían benditas todas las naciones, Dios luego ratificó esta promesa a Isaac y ahora veremos que Dios promete a Jacob (hijo de Isaac) que mediante él se cumpliría esta promesa.

Génesis 35:9-12
(9) Apareció otra vez Dios a Jacob, cuando había vuelto de Padan-aram, y le bendijo.
(10) Y le dijo Dios: Tu nombre es Jacob; no se llamará más tu nombre Jacob, sino Israel será tu nombre; y llamó su nombre Israel.
(11) También le dijo Dios: Yo soy el Dios omnipotente: crece y multiplícate; una nación y conjunto de naciones procederán de ti, y reyes saldrán de tus lomos.
(12) La tierra que he dado a Abraham y a Isaac, la daré a ti, y a tu descendencia después de ti daré la tierra.

Aquí Dios cambia el nombre de Jacob (“el que contiende” o “el que pelea”) por Israel (“Dios manda” o “Dios gobierna”) y lo bendice, diciéndole que de él procedería una nación y conjunto de naciones y que reyes saldrían de sus lomos. Dios además le dice que la tierra que había dado a Abraham y a Isaac (la tierra que les prometió a ellos), se la daría a él y a su descendencia. Sabemos que tampoco Jacob tuvo esa tierra, así que Dios se estaba refiriendo a una tierra futura. La promesa era tan firme que Dios dijo “la tierra que he dado”, en tiempo pasado, aún cuando era un hecho futuro.

La esperanza dada a Judá y su descendencia:


En Génesis 49 vemos que Jacob (Israel) reúne a sus hijos y profetiza acerca de lo que a ellos les sucedería en el futuro. A su hijo Judá dice:

Génesis 49:8-11
(8) Judá, te alabarán tus hermanos; Tu mano en la cerviz de tus enemigos; Los hijos de tu padre se inclinarán a ti.
(9) Cachorro de león, Judá; De la presa subiste, hijo mío. Se encorvó, se echó como león, Así como león viejo: ¿quién lo despertará?
(10) No será quitado el cetro de Judá, Ni el legislador de entre sus pies…

Aquí, cuando Jacob dice que “No será quitado el cetro de Judá”, está profetizando que de él saldría el rey prometido, nuevamente, se hace una promesa con respecto a una descendencia, en este caso, la descendencia de Judá.

A través del resto del Antiguo Testamento vemos que Dios constantemente se refiere a esta Tierra futura que heredaría la descendencia de Israel. Dios promete restaurar la Tierra y dar gran parte de este territorio a los descendientes de Israel y los creyentes de otros pueblos que aceptaran la fe Israelita. Pero lo que es importante es ver que esta promesa de restauración de la Tierra está estrechamente ligada con un hombre: la simiente de la mujer (Gn. 3:15), simiente de Abraham (Gn. 17:7), simiente de Isaac (Gn. 26:3), simiente de Israel (Gn. 35:12), simiente de Judá, etc.

No es mi intención hacer una exposición genealógica en este estudio, pero quería mostrar que Dios ha honrado la fe de los hombres que le creyeron y les ha dado el privilegio de ser los portadores de la “simiente” de la cual saldría el Salvador. Dios prometió al hombre que la Tierra sería regenerada y su intención original de tener una familia humana sería finalmente concretada. Dios fue revelando distintos aspectos de la Tierra futura y a los hombres que le creyeron les prometió que estarían allí. Pero para lograr esta restauración de la Tierra y del hombre era necesario un “descendiente” que cumpliera ciertos requisitos para lograr esta restauración. El reino de Dios en la Tierra regenerada tendría como Rey al Salvador de la humanidad. A lo largo de la historia, la esperanza del hombre ha sido la venida de la “simiente”, del Salvador prometido, para que a través de él pudiera llegar a obtener vida en la era futura en la que Dios restauraría Su creación y en donde establecería Su justicia a través de un Rey justo. La firme convicción (fe) en que Dios cumpliría Su promesa es lo que ha posibilitado al hombre de eras antiguas, desear hacer la voluntad de Dios y mantenerse fiel para obtener esa salvación.

Algunos aspectos de la Tierra prometida que han sido revelados a los antiguos creyentes:


Veamos algunos aspectos futuros que alentaron a estos hombres a vivir conforme a la voluntad de Dios a pesar de la reinante inmoralidad e impiedad del mundo.

Muchas escrituras del Antiguo Testamento nos muestran lo maravillosa que será la Tierra que Dios prometió a Israel. Algunas de éstas son:

Isaías 11:1-9
(1) Saldrá una vara del tronco de Isaí, y un vástago retoñará de sus raíces.
(2) Y reposará sobre él el Espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová.
(3) Y le hará entender diligente en el temor de Jehová. No juzgará según la vista de sus ojos, ni argüirá por lo que oigan sus oídos;
(4) sino que juzgará con justicia a los pobres, y argüirá con equidad por los mansos de la tierra; y herirá la tierra con la vara de su boca, y con el espíritu de sus labios matará al impío.
(5) Y será la justicia cinto de sus lomos, y la fidelidad ceñidor de su cintura.
(6) Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará.
(7) La vaca y la osa pacerán, sus crías se echarán juntas; y el león como el buey comerá paja.
(8) Y el niño de pecho jugará sobre la cueva del áspid, y el recién destetado extenderá su mano sobre la caverna de la víbora.
(9) No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte; porque la tierra será llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar.

Aquí Dios promete que de la descendencia de Isaí saldría un hombre en quien reposaría el espíritu de Dios y que gobernaría y juzgaría al mundo con sabiduría, justicia y equidad. En la época en que esto suceda, el lobo morará con el cordero y el leopardo se acostará con el cabrito. Este descendiente de Isaí, hoy sabemos que es Cristo, cuando él gobierne sobre la Tierra, los animales ya no serán más carnívoros, ni causarán muerte o daño (como las víboras). Además, la Tierra será llena del conocimiento de Dios.

Ezequiel 37:12-14
(12) Por tanto, profetiza, y diles: Así ha dicho Jehová el Señor: He aquí yo abro vuestros sepulcros, pueblo mío, y os haré subir de vuestras sepulturas, y os traeré a la tierra de Israel.
(13) Y sabréis que yo soy Jehová, cuando abra vuestros sepulcros, y os saque de vuestras sepulturas, pueblo mío.
(14) Y pondré mi Espíritu en vosotros, y viviréis, y os haré reposar sobre vuestra tierra; y sabréis que yo Jehová hablé, y lo hice, dice Jehová.

Dios aquí promete, en la palabra profética de Ezequiel, que en un futuro resucitaría a Su pueblo, poniendo en ellos de Su espíritu para que vivan, y dándoles reposo sobre la tierra. Aunque quien hizo el mal no tendrá parte en esto:

Salmos 37:9-11
(9) Porque los malignos serán destruidos,  Pero los que esperan en Jehová, ellos heredarán la tierra.
(10) Pues de aquí a poco no existirá el malo; Observarás su lugar, y no estará allí.
(11) Pero los mansos heredarán la tierra, Y se recrearán con abundancia de paz.

Como ya estuvimos viendo en capítulos anteriores, los malignos no sufrirán tortura perpetua en un lugar llamado “infierno”, sencillamente serán destruidos, aquí lo dice claramente. Pero los que esperan en Jehová (Yahweh), los que han confiado y creído a Dios, heredarán la tierra ¿qué tierra? La tierra nueva que prometió, que estamos viendo en estos pasajes.

Isaías 65:17-25
(17) Porque he aquí que yo crearé nuevos cielos y nueva tierra; y de lo primero no habrá memoria, ni más vendrá al pensamiento.
(18) Mas os gozaréis y os alegraréis para siempre en las cosas que yo he creado; porque he aquí que yo traigo a Jerusalén alegría, y a su pueblo gozo.
(19) Y me alegraré con Jerusalén, y me gozaré con mi pueblo; y nunca más se oirán en ella voz de lloro, ni voz de clamor.
(20) No habrá más allí niño que muera de pocos días, ni viejo que sus días no cumpla; porque el niño morirá de cien años, y el pecador de cien años será maldito.
(21) Edificarán casas, y morarán en ellas; plantarán viñas, y comerán el fruto de ellas.
(22) No edificarán para que otro habite, ni plantarán para que otro coma; porque según los días de los árboles serán los días de mi pueblo, y mis escogidos disfrutarán la obra de sus manos.
(23) No trabajarán en vano, ni darán a luz para maldición; porque son linaje de los benditos de Jehová, y sus descendientes con ellos.
(24) Y antes que clamen, responderé yo;  mientras aún hablan, yo habré oído.
(25) El lobo y el cordero serán apacentados juntos, y el león comerá paja como el buey; y el polvo será el alimento de la serpiente. No afligirán, ni harán mal en todo mi santo monte, dijo Jehová.

Aquí se habla de “nuevos cielos y nueva tierra”. Dios promete que en esta Tierra nueva Jerusalén tendrá alegría y gozo y Dios se gozaría con Su pueblo. Allí no habrá llanto ni clamor. En estos versículos se mencionan algunas actividades que los hombres y mujeres estarán haciendo en esta Tierra futura: edificar casas, plantar viñas y comer de su fruto, trabajar, dar a luz.

Algo a destacar es que Dios no prometió vida “eterna” ni “perpetua” en aquella era. Aquí no dice “el hombre no morirá”, dice que “el niño morirá de cien años”. Esto nos indica que a los cien años una persona aún será joven, si muere a esa edad se podrá decir que murió siendo un niño. Otra cosa a destacar es que en esta era habrá posibilidad de pecar, porque dice “el pecador de cien años será maldito” (v20).

En vista a tales promesas, cuando Jesús predicó el evangelio (la buena noticia) del reino dijo:

Mateo 5:1-12
(1) Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a él sus discípulos.
(2) Y abriendo su boca les enseñaba, diciendo:
(3) Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
(4) Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación.
(5) Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.
(6) Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
(7) Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
(8) Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.
(9) Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
(10) Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
(11) Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo.
(12) Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.

Jesús dijo que los que lloran recibirán consuelo, los mansos recibirán la tierra por heredad, que los que tienen hambre y sed de justicia serán saciados, que los misericordiosos alcanzarán misericordia, que el limpio de corazón verá a Dios, que los pacificadores serán llamados hijos de Dios, que los que padecen persecución por causa de la justicia (de Dios) tendrían el reino de los cielos. ¿Cuándo será esto? ¿Cuándo habrá consuelo para el que llora? ¿Cuándo heredará la tierra el manso? ¿Cuándo será saciado quien desea justicia? ¿Cuándo verá a Dios el limpio de corazón? No ahora, no en esta vida, sino en la tierra futura que Dios prometió. Jesús le hablaba al pueblo judío, por un lado les estaba recordando aquellas cosas que Dios había prometido para los “justos” y, por otro lado, les anunciaba que él era “la simiente” por medio de la cual Dios concretaría Su plan y Sus promesas.

Si uno sabe que será parte de una tierra futura regenerada donde no habrá más maldición, ni llanto, ni clamor, ni maldad, ni toda la clase de males y enfermedades que tenemos a nuestro alrededor ¿cómo no sentirse “bienaventurado”? Por más aflicción que uno esté padeciendo, el gozo de lo que Dios hará en el futuro genera un ánimo que ciertamente no es fácil de derribar.

El objetivo de Dios nunca fue tener una Tierra llena de males como la que hoy tenemos, Él hizo todo “bueno en gran manera” y el destino final de la Tierra es volver a ser en gran manera buena. Dios va a hacer nuevas todas las cosas. No sólo va a hacer una nueva tierra y un nuevo cielo, sino que también dará un nuevo cuerpo a los que le creyeron, es por esto que nuestra vista y nuestra esperanza no debe centrarse en los logros que podamos alcanzar o hayamos alcanzado en esta era, viviendo en esta Tierra, sino en lo que Él hará por nosotros, dándonos vida en la era futura. Por eso Jesús dijo a sus discípulos:

Lucas 10:19-20
(19) He aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará.
(20) Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos.

En el contexto de este pasaje Jesús estaba comisionando a un grupo de discípulos para predicar la buena noticia del reino, dándoles autoridad y poder para sanar, echar fuera demonios, hollar serpientes y escorpiones, etc., con la promesa de que nada los dañaría. Sin embargo, dijo Jesús: “no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos”. En otras palabras, Jesús les estaba diciendo que no debían alegrarse tanto por sus logros y victorias actuales, incluso las espirituales, sino que debían realmente alegrarse porque serían parte de la tierra futura que Dios prometió. Estar en la “lista” de Dios de aquellos que vivirán en la era futura es mucho mejor que echar demonios, sanar enfermos, u otros logros actuales. Hoy podemos echar fuera cien demonios y luego nunca más hacerlo, esta semana podemos evangelizar diez mil personas y la semana que viene todas ellas abandonar su fe, podemos fundar ministerios de difusión de la Palabra, podemos sanar cientos de enfermos, podemos operar todas las manifestaciones, tener contundentes profecías, podemos alcanzar un buen nivel económico, ganar un oscar, casarnos con la pareja ideal, tener los mejores hijos, o quizá todo eso junto. Pero todo esto se desvanecerá, lo que perdurará será la obra de Dios en nosotros. Por eso, no está mal que nos alegremos por los logros momentáneos, pero no perdamos de vista nuestro destino final.









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