¿Cómo funciona el don de espíritu santo en el cristiano?

En Honor a Su verdad

Antes de explicar cómo funciona el espíritu santo de Dios haremos un breve repaso de cómo se recibe:

Hechos 2:36-39
(36) Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo.
(37) Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?
(38) Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados;  y recibiréis el don del Espíritu Santo.
(39) Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare.

Esta instrucción dada por Pedro al pueblo fue la primera predicación acerca del recibimiento del espíritu santo, y sigue tan vigente hoy como entonces. Dios hizo a Jesús Señor y Cristo y desea que las personas se “arrepientan” (que significa “cambiar de mentalidad”) y se bauticen “hacia el nombre de Jesucristo”, que previamente habíamos visto que significaba ir hacia él, recibirlo como Señor de nuestras vidas y seguirlo.

Lo que se requiere es un cambio de mentalidad y de señorío, o sea, ya no seremos nosotros nuestros propios señores, sino que aceptaremos que Jesús tome el mando de nuestras vidas, dejando que nos guíe y comenzando a obedecerle. En el momento en que hacemos este cambio de mentalidad, de actitud, de señorío, recibimos el don de espíritu santo, que es la “conexión” con Dios, por medio de Jesús, que permite a Dios trabajar en nuestro interior y nos permite a nosotros recibir el poder, sabiduría y amor de Dios para nuestras vidas y para edificar las vidas de otras personas.

Una vez cumplido este requisito y habiendo recibido el don de espíritu santo la pregunta es: ¿cómo funciona el espíritu santo?, ¿Qué me toca hacer a mí? ¿Cómo me va a ayudar en mi vida?

Debido a que Jesucristo está deseoso de actuar en la vida de las personas que lo aceptaron como Señor, muchas personas perciben su amor y operan su poder aún sin comprender demasiado la doctrina bíblica al respecto. Es así que luego, al querer explicar sus experiencias a otros, suelen confundir los términos y lo que transmiten llega a generar confusión. Algunos piensan que el don de espíritu santo es una especie de ser independiente del creyente, otros creen que “espíritu santo” siempre equivale a Dios, otros intentan enseñar “fórmulas” para operar el poder de Dios, tales como: “para esto hay que ayunar”, “para esto otro hay que orar a tal hora”, “para echar tal demonios hay que decir tales palabras”, “para sanar tal enfermedad hay que hacer tal cosa”, etc. Lo que intentaré hacer aquí es una exposición bíblica lo más clara posible que nos ayude a comprender cómo actúa Dios por medio de Jesucristo en nosotros, para que comprendamos cuál es la función de Su don y poder luego, con la doctrina bíblica correcta, analizar nuestras experiencias personales y comprenderlas a la luz de las Escrituras.

En Filipenses leemos lo siguiente:

Filipenses 2:12-14
(12) Por tanto, amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor,
(13) porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.
(14) Haced todo sin murmuraciones y contiendas,

Yo he analizado en profundidad este pasaje en mi estudio “Filipenses 2:13 – La acción de Dios en el creyente”, allí explico que el sentido de lo expresado en el versículo 13 sería: “porque Dios es el que obra internamente en ustedes, generando el deseo impulsivo y dándoles la capacidad para obrar en pro del plan que le ha agradado poner en marcha”. Este pasaje nos está diciendo que Dios obra en nuestro interior, generando en nosotros el deseo de hacer Su voluntad y dándonos todos los recursos (ya sean físicos, mentales o espirituales) para que hagamos lo que nos pide, si es que decidimos obedecerle. Por eso el versículo anterior y el posterior alientan a la obediencia, si Dios pone en nuestro corazón que hagamos algo, debemos serle obedientes.

El don de espíritu santo nos conecta con Cristo, y a través de él con Dios, para que Dios pueda obrar en nuestro interior y darnos el deseo interno de hacer lo que Él desea que hagamos y proveyendo la energía y recursos para hacerlo, cuando tomamos la decisión de obedecerle. Sin embargo, en nuestro interior tenemos otra fuente de “deseos”, que la Biblia llama figurativamente “la carne”, que se refiere a las pasiones, sentimientos y pensamientos contrarios a Dios que son parte de la naturaleza humana, cosas que fueron puestas por Satanás en el hombre cuando Adán desobedeció a Dios (más detalles de esto en mi estudio “El propósito y plan de Dios”).

Este conflicto es descrito en Romanos 7 y 8, que analizaremos brevemente. Voy a citar la Biblia Textual, que es más exacta en la traducción de algunos pasajes.

Romanos 7:1-6 (BTX)
(1) ¿Ignoráis, hermanos (porque hablo a los que conocen la Ley), que la Ley se enseñorea del hombre mientras vive?
(2) Porque la mujer casada está ligada por la Ley al marido que vive, pero si el marido muere, queda libre de la ley del marido.
(3) Así que, mientras viva el marido, se la llamará adúltera si llega a ser de otro varón, pero si muere el marido, es libre de la Ley, hasta el punto de no ser adúltera si llega a ser de otro varón.
(4) Así también vosotros, hermanos míos, se os hizo morir a la Ley mediante el cuerpo de Cristo, para que llegarais a ser de otro, del que fue resucitado de entre los muertos, a fin de que diéramos fruto para Dios.
(5) Porque mientras estábamos en la carne, las pasiones de los pecados eran activadas en nuestros miembros por la Ley, a fin de dar fruto para muerte.
(6) Pero ahora hemos sido libertados de la Ley, habiendo muerto a lo que nos ataba; de modo que sirvamos en novedad de espíritu, y no en vejez de letra.

No haré aquí un análisis profundo de estos versículos, pero brevemente diré que lo que aquí se nos da a entender es que una persona que ha puestos a Cristo como Señor de su vida, ya no está atado a las leyes escritas, sino que pasa a tener un nuevo estándar sobre el cual caminar: uno debe obedecer lo que Cristo pone en nuestros corazones a través del espíritu santo que hay en nosotros. Esto no significa, como muchos creen, que ya no hay que obedecer a las antiguas leyes de Dios, muchas de Sus leyes siguen vigentes, porque Dios no cambia y Su deseo y propósito sigue siendo el mismo, sin embargo, Dios, por medio de Cristo, puede darnos instrucciones que van más allá de Sus leyes, aunque nunca irán en contra de Su naturaleza de amor.

Romanos 7:12-15 (BTX)
(12) De manera que la Ley a la verdad es santa, y el mandamiento, santo, justo y bueno.
(13) ¿Entonces, lo bueno llegó a ser muerte para mí? ¡De ninguna manera! Al contrario, el pecado, para mostrarse pecado, produjo en mí la muerte por medio de lo que es bueno, a fin de que por el mandamiento el pecado llegara a ser sobremanera pecaminoso.
(14) Porque sabemos que la Ley es espiritual, pero yo soy carnal, vendido al pecado.
(15) Porque lo que hago no lo comprendo, pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago.

Pablo aquí nos dice que la ley de Dios es santa y Sus mandamientos son santos, justos y buenos, sin embargo, producen muerte en las personas porque nadie puede cumplirlos. Nadie puede cumplir perfectamente los requerimientos de la justicia de Dios, por lo tanto, todos quedan condenados a muerte. La naturaleza pecaminosa en el ser humano es tan fuerte e influyente que aunque uno no quisiera pecar jamás, de modo de poder ganarse la vida perpetua en la era futura, no lo puede hacer, por eso Pablo dice: “no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago”. Aún sabiendo que algo que hacemos nos perjudica, muchas veces seguimos haciéndolo, porque nuestra naturaleza humana nos impulsa a hacerlo y nosotros cedemos, y así, terminamos por hacer aquello que “aborrecemos”.

Romanos 7:16-20 (BTX)
(16) Y si lo que no quiero, eso hago, apruebo que la Ley es buena.
(17) Así que ya no soy yo el que hace eso, sino el pecado que mora en mí.
(18) Porque yo sé que en mí (esto es, en mi carne) no mora el bien, porque el querer está en mí, pero no el hacer lo bueno;
(19) pues no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, éste hago.
(20) Y si lo que no quiero, eso hago, ya no obro yo mismo, sino el pecado que mora en mí.

Entonces, vemos que hay un conflicto interior, entre el “yo” y  “el pecado que mora en mí”. Esto no significa que el pecado en sí pueda tomar el control de una persona, sino que aquí se personifica al pecado para enfatizar su poderosa influencia. La inclinación al pecado es parte de una persona, es parte del “yo”, sin embargo, aquí se describe el “yo” en conflicto con el “pecado” para poder describir, gráficamente, el conflicto que existe en el interior de una persona: por un lado, uno quiere hacer la voluntad de Dios, porque ama a Dios, pero, por otro lado, la inclinación natural al pecado es tal que es imposible vivir toda la vida sin pecar y, de hecho, es muy difícil pasar incluso un día sin pecar en nada.

Más adelante, en el capítulo 8, leemos:

Romanos 8:5-7, 13 (BTX)
(5) Porque los que viven según la carne, tienen la mente en las cosas de la carne, pero los que viven según el espíritu [el don], en las cosas del Espíritu [de Cristo].
(6) Porque la manera de pensar de la carne es muerte, pero la manera de pensar del espíritu [debiera decir “el Espíritu”, o sea, Cristo], es vida y paz;
(7) porque la manera de pensar de la carne es enemistad contra Dios, pues no se sujeta a la Ley de Dios, porque tampoco puede.

(13) Porque si vivís conforme a la carne, estáis a punto de morir; pero si por el espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis.

Aquí Pablo está explicando que hay dos modos de vivir: según la carne y según el espíritu. Vivir según la carne consiste en vivir conforme a preceptos, leyes, normas y valores humanos, vivir conforme al espíritu es obedecer la voz de Cristo que llega a nosotros a través del don de espíritu santo. Las normas y preceptos humanos, aún aquellas normas “buenas” y que conducen a la virtud, no sirven al plan de Dios y, por lo tanto, son enemistad contra Dios, en el sentido en que no cumplen Su voluntad. Por eso es que tampoco era posible agradar a Dios con el cumplimiento de Su Ley, porque Su Ley proporciona al hombre una noción de lo que es el corazón de Dios y cuáles son los requerimientos de Su justicia, pero no es capaz de dar al hombre una conexión espiritual con Dios que lo capacite para conocer realmente a Dios y tener una relación espiritual con Él.

La perfecta obediencia de Cristo y su sacrificio hizo disponible el recibimiento del don de espíritu santo a toda persona que hace a Cristo su Señor. A partir de allí, Dios, por medio de Cristo, estará “escribiendo” en el corazón del creyente cuál es Su voluntad (Hebreos 8:10; 10:16) y capacitándolo para vivir en esa voluntad. Sin embargo, todo cristiano continúa teniendo una naturaleza pecaminosa que lo incita a hacer la voluntad humana, por lo cual deberá constantemente estar decidiendo entre hacer lo que dicta Cristo o lo que dicta su “carne”.

Todo aquello que hagamos conforme a nuestra carne (sea que nos lleve al vicio o a la virtud), conducirá a muerte. Todo aquello que hagamos conforme lo que Cristo pone en nuestros corazones, nos dará vida y paz.

Toda acción pecaminosa acarrea algo de muerte, algunas acciones pecaminosas pueden llevarnos a una muerte directa, sin embargo, esta “muerte” puede cubrir muchos aspectos, ya sea una muerte emocional, sentimental, física, muerte de afectos, de amistades, de propósito, etc. Todo lo que hacemos fuera de la voluntad de Dios nos acarrea algo de muerte a nuestras vidas. Aún el aspecto positivo de las obras de la carne, como el desarrollo de virtudes físicas o morales, traen muerte a la persona. Una persona puede ser muy buena, muy virtuosa, muy noble, pero si no está creyendo y obedeciendo a Cristo, sus acciones sólo le traerán muerte, porque la verdadera vida, la vida que Dios provee, consiste en andar conforme al espíritu. Esto no quiere decir que desarrollar estas virtudes sea malo o incorrecto, sin embargo, para poder tener fruto espiritual, estas cosas tienen que desarrollarse conforme a la guía de Cristo en nuestros corazones.

Toda acción que uno hace conforme a la voluntad de Cristo, que es dada a conocer a través del don de espíritu santo, traerá más vida y paz a esa persona. Esto no significa que si uno hace perfectamente la voluntad de Dios jamás morirá, este cuerpo, por la caída, está destinado a muerte y Dios ha prometido transformarlo en el futuro. Sin embargo, está disponible tener una vida llena de plenitud si obedecemos a Cristo, andando “conforme al espíritu”. En Gálatas 5:22 y 23 se mencionan nueve “frutos” espirituales: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza. Si queremos estar llenos de estas cosas en nuestras vidas, hay un solo camino: obedecer a Cristo.

Es necesario notar también que, por el hecho de que en nosotros habitan ambas naturalezas: la naturaleza pecaminosa, o “carne” y la naturaleza espiritual o “espíritu”, siempre habrá una lucha constante en nuestro interior entre deseos generados por nuestra naturaleza pecaminosa y deseos generados por Dios, mediante Cristo, a través del don de espíritu santo y constantemente tendremos que estar eligiendo entre actuar conforme a uno u otro. Por eso, no existen situaciones ideales de personas que hacen perfectamente la voluntad de Dios las 24 horas del día los 365 días del año. Todos estamos constantemente obedeciendo a Dios en algunas áreas y pecando en otras.

Nuestros pecados, muchas veces son en ignorancia y otras veces son porque somos tentados en áreas de debilidad, pecando aún cuando sabemos que lo que hacemos está mal. Tanto un tipo de pecado como el otro nos acarrean algo de “muerte” y debiéramos esforzarnos por evitar ambos. Los pecados de ignorancia deben ser corregidos a través de aprender más adecuadamente la voluntad de Dios, pidiéndole a Él sabiduría; los pecados por “tentación” requieren de dominio propio, ejercido para soportar o huir de una tentación. Sin embargo, el método general para evitar tanto uno como el otro es hacer el intento de establecer una relación cada vez más profunda y estrecha con Dios, nuestro Padre, y con nuestro Señor Jesucristo, a través de conocer más y más Su amor y Su poder actuando en nosotros (Efesios 3:14-21).

A causa de la naturaleza de pecado en nosotros, a veces no se hace fácil establecer una relación con Dios. A veces las personas nos dejamos guiar por el sentimentalismo y, cuando estamos bien creemos que Dios nos ama infinitamente y poco después, si nos sentimos mal, creemos que Dios nos dejó y se fue lejos. Nuestros sentimientos y emociones muchas veces nublan la verdad de Dios y nos impiden acercarnos a Él. Otras veces podemos caer en tentaciones en áreas de debilidad y pensar que somos muy “pecadores” y que no merecemos la ayuda de Dios y somos nosotros los que nos alejamos, cuando Dios está con los brazos abiertos esperándonos para abrazarnos y contenernos y ayudarnos a superar debilidades, ansiedades, miedos, angustias, dificultades, etc.

Dios nos da el espíritu santo para poder establecer una comunicación directa y para poder desarrollar una comunión íntima con nosotros. El primer interesado en tener una relación de amor con el ser humano fue Dios, lo cual se ve desde el mismo momento de Su creación. Cuando comenzamos a acercarnos a Dios, entendemos el amor de Dios desde la perspectiva de nuestro imperfecto amor humano y nos cuesta acercarnos a Él, pero, a través de Su don espíritu santo y de Su Palabra escrita, Él, de a poco nos va haciendo comprender la verdadera naturaleza de Su amor, para que podamos de todo corazón hacer Su voluntad e ir dejando de lado nuestras prácticas pecaminosas y así estar llenos de frutos espirituales y poder manifestar todo Su poder en nuestras vidas.

Romanos 8:8-9 (BTX)
(8) Así que, los que están en la carne no pueden agradar a Dios.
(9) Pero vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, por cuanto el Espíritu de Dios vive en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, éste no es de Él.

Aquél que no ha hecho a Cristo su Señor y no ha recibido el don de espíritu santo no puede agradar a Dios, por más “buena persona” que sea a los ojos del mundo. Lo que a Dios le “agrada” es que hagamos Su voluntad, pero ¿cómo puede alguien hacer lo que Dios desea si no puede recibir Sus instrucciones? Por eso, sin espíritu santo, no se puede agradar a Dios. Luego de recibir el espíritu santo, un cristiano tiene la capacidad de agradar a Dios, aunque esto lo hará cuando esté actuando conforme a la instrucción de Dios, se puede tener espíritu santo y ser totalmente desobediente y no agradar a Dios.

Otro pasaje pertinente está en 1 Corintios:

1 Corintios 2:12-16
(12) Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios,  para que sepamos lo que Dios nos ha concedido,
(13) lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual.
(14) Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender,  porque se han de discernir espiritualmente.

Aquí  Pablo explica que “nosotros” (refiriéndose a los que han aceptado a Cristo como Señor) no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el espíritu proveniente de Dios para que SEPAMOS lo que Dios nos ha concedido. Vemos que una de las funciones del espíritu que Dios nos dio es que sepamos lo que Dios nos ha concedido (haciendo referencia a la justificación y santificación por medio de la fe), por eso, el hombre que no tiene espíritu santo no puede conocer qué es lo que Dios le ha dado, y, consecuentemente, no puede actuar apropiadamente.

Nuestra responsabilidad está en aprender más sobre lo que Dios nos ha concedido, leyendo, estudiando y considerando Su Palabra escrita y orándole por sabiduría, para así poder recibir lo declarado en Sus promesas y andar conforme a Su voluntad. Dios, a través del don de espíritu santo acompañará nuestros esfuerzos por conocerle y obedecerle dándonos entendimiento y sabiduría. Recordemos que el más grande Maestro de la Palabra de todos los tiempos, nuestro Señor Jesucristo, está vivo y puede enseñarnos tanto o más de lo que enseñó a sus discípulos mientras aún estaba vivo, y puede exponernos el propósito y plan de Dios tan claramente como lo hizo con los dos hombres que iban camino a Emaús (Lucas 24:13-32), que dijeron: “¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?” (Lucas 24:32 – RV-1960).

El poder de Dios es inimaginable, el amor de Dios es inconmensurable. Por medio del sacrificio de Cristo, ese poder de Dios está hoy actuando en cada cristiano renacido y está disponible para ser utilizado cuando el cristiano cree en las instrucciones del Señor y está dispuesto a vivir conforme a Su voluntad. Como veremos más adelante, la clave para el acceso a este poder está en el amor. Por un lado, debemos conocer más el amor de Dios y el amor de Cristo, para poder aceptar Sus bendiciones en nuestras vidas. Por otro lado, debemos aprender a amar más y más como Dios ama, lo cual demostró Cristo en su andar y su sacrificio. El poder de Dios no es para alimentar la soberbia y egoísmo de las personas, buscar manifestar poder para obtener gloria y honor es lo que el Diablo hace, no es la forma de actuar de Dios. Cristo manifestó el poder de Dios de un modo extraordinario porque amó a Dios y amó al mundo de un modo extraordinario. Dios no ha cambiado y Su poder no ha variado, pero debemos aprender a amar como Cristo amó y a unirnos unos a otros, como un Cuerpo en Cristo, para poder manifestar el poder de Dios tal como lo hizo Cristo y como lo hicieron los cristianos del primer siglo.








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