El funcionamiento de la Iglesia

En Honor a Su verdad
El funcionamiento de la Iglesia

Por Alejandro Bianco

 Nota preliminar

Este artículo fue originalmente escrito por Alejandro Bianco. Luego fue presentado en una  reunión de varios creyentes con funciones de liderazgo y servicio a Dios para ser revisado, corregido y ampliado. Luego de varias reuniones de análisis, charla y debate con base bíblica, el resultado fue este escrito, que en principio fue diseñado para entregarse en una reunión de iglesias independientes. Yo he adaptado el formato para presentarlo como artículo en este blog, pero no he modificado el mensaje y contenido central.

Estas notas pretenden dar un lineamiento general de cómo creemos que la Iglesia del Cuerpo de Cristo debiera moverse en estos días, en base a lo que las Escrituras exponen acerca de la Iglesia del primer siglo. Tal como también leerán en la introducción, no pretendemos que estas notas sean la absoluta autoridad al respecto, porque como seres humanos nuestro entendimiento es limitado y somos propensos al error, sin embargo, esto representa lo mejor del entendimiento conjunto de un grupo de creyentes que durante años se ha dedicado al estudio, análisis y consideración de las Escrituras y a establecer una estrecha relación con Dios.

Pablo Pereyra

Introducción

Queridos hermanos, que Dios nuestro hermoso y buen Padre los colme de bendiciones, en virtud de Su amor y Su gracia, con la que nos bendijo al habernos unido a nuestro querido y poderoso Señor Jesucristo, y con la que nos sigue bendiciendo día a día, haciéndonos partícipes de una vida que supera toda expectativa humana.

Las presentes notas expresan el propósito, lineamiento, fundamento y ánimo que han predominado en cada uno de los encuentros que hemos tenido a lo largo de estos años, y que están presentes en los actuales proyectos que existen entre cada una de las iglesias que forman parte del mismo movimiento.

El propósito de publicar esta nota es que todos conozcamos, consideremos y recordemos que, de una u otra forma y en una u otra medida, fue siguiendo “este” camino (el camino de la comunión en el Evangelio de Dios, que proclama Su amor y gracia, proveyendo salvación por medio de Cristo) que hemos sido reunidos y que la gracia de Dios está nutriendo a Su Iglesia (el Cuerpo de Cristo), haciendo que cada iglesia (cada congregación de cristianos) vaya creciendo, con libertad, en el entendimiento de Su verdad, en el mutuo amor, y en el desarrollo de un mismo sentir que el que tiene nuestro Señor Jesucristo, recibiendo, también, el denuedo para predicar a otros la Palabra de la reconciliación que se nos ha encargado a todos.

Lejos está de nuestro ánimo el presentar estas notas como una doctrina rígida, absoluta e incuestionable, ni como un “techo” doctrinal. Por el contrario, éstas son sólo la documentación de aquella porción doctrinal de las Escrituras que hemos aprendido y en la que estamos de acuerdo, en líneas generales. Éstas son una exposición de nuestro entendimiento, hasta el día presente, del mensaje que Dios nos ha dejado en Sus Santas Escrituras. Nuestra pretensión en cuanto a estas notas es que sirvan de recordatorio y de estímulo hacia una consideración más profunda de los conceptos aquí vertidos.

Dicho esto, recomendamos adherirse fielmente a lo que las Sagradas Escrituras aconsejan en 1 Tesalonicenses 5:21: "examinadlo todo, retened lo bueno", sabiendo que sólo en las Escrituras hallaremos las palabras inspiradas por Dios que dan testimonio de la salvación y la vida perpetua que Dios nos ha provisto por medio de Cristo, capaces de prepararnos y equiparnos completamente para servir a Dios y desarrollar una íntima relación con Él (Juan 5:39; 2 Timoteo 3:16-17).

Consideraciones en cuanto a la Iglesia

(Basadas principalmente en el libro de Hechos)

La Iglesia de Dios, llamada “el Cuerpo de Cristo”, está formada por todos los que, por su fe en el Señor Jesucristo, han renacido del espíritu de Dios. Ésta excede, en su realidad, existencia y efectos, los límites físicos y temporales de las instituciones religiosas o de las iglesias locales; por eso nos podemos referir a ella como “la Iglesia Universal”[1]

La Iglesia Universal, siendo una sola, está formada por muchos miembros, que a su vez se reúnen en un tiempo y lugar determinado formando lo que podemos llamar “iglesias locales”.[2]

Expansión de la Iglesia Universal a través
de la proliferación de Iglesias locales

I.   Su historia

Tanto para la Iglesia Universal como para la iglesia local encontramos una referencia en las palabras del mismo Señor Jesucristo: “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt. 18:17-20). Estas palabras proféticas del Señor también son el germen de lo que sería la constitución y organización de la Iglesia, ya que nos presentan claramente que la organización primera y principal de una iglesia viva está basada en (y directamente relacionada con) la fuerza vital que proviene de la presencia activa de Cristo en la comunión de los creyentes. Él es su guía y el proveedor de la sabiduría y recursos de la gracia de Dios.

En cuanto al nacimiento y expansión de la Iglesia del Cuerpo de Cristo, su historia empieza en el día de Pentecostés, posterior a la ascensión del Señor.[3] En aquel día, la predicación de Pedro fue bendecida de tal manera que tres mil almas se convirtieron al Señor y recibieron espíritu santo. Debido a la común fe en la salvación que Dios ha hecho disponible por medio de Cristo, y llenos del influjo del espíritu santo, todos estos creyentes se reconocieran como genuinamente unidos los unos a los otros y unidos a Cristo. Esto dio por resultado que hicieran vida en común (hasta donde les fue posible) como una gran familia, perseverando en la doctrina que -en principio- el Señor les había encargado a los apóstoles (es decir: el Evangelio de Dios), en la oración y en el partimiento del pan (Hch. 2:41-47).

He aquí, pues, el único punto de la historia (del cual tenemos registro claro) en donde la Iglesia Universal fue “palpable”, siendo al mismo tiempo una iglesia local, por el hecho de que el testimonio de salvación aún no se había extendido fuera de Jerusalén.
Después del martirio de Esteban y a causa de la persecución que se levantó en esos tiempos, la mayor parte de los creyentes de Jerusalén fueron esparcidos. Pero, lejos de callar el mensaje, “iban por todas partes anunciando el evangelio” (Hch. 8:4). En los muchos sitios en que el Señor prosperó su testimonio, se iban formando grupos de creyentes, que luego recibían visitas periódicas de los apóstoles de Jerusalén (Hch. 9:32). Por medio de este procedimiento, y dentro de un período relativamente breve, comenzaron a funcionar muchas iglesias locales esparcidas por las regiones de Palestina, cercanas a Jerusalén.

Luego de abrirse la puerta de la fe a los gentiles (Hch. 10:1-48), y de haber sido llamado y preparado Pablo y Bernabé para su obra apostólica, fue posible que el Evangelio se hiciera extensivo a muchos países del mundo. En el curso de tres grandes expediciones misioneras, Pablo, junto con los otros servidores de Dios que lo acompañaban, participaron decisivamente en la formación de iglesias locales en muchas partes de Siria, Asia Menor y Grecia, según la historia detallada que Lucas nos da en Hechos, capítulos 13 al 20. Sin duda otros apóstoles y creyentes llevaron a cabo una obra similar en otras regiones.

Desde entonces, sólo Dios y el Señor han podido ver a la Iglesia Universal en toda su extensión a través de los siglos, a lo largo de todo el mundo, y desde entonces han estado coordinando su movimiento. Pero la iglesia local tiene el rol de ser la expresión y reflejo de la obra de Dios en un sitio determinado de la Tierra, a tal punto que la mayoría de las figuras que la Biblia usa para referirse a la Iglesia Universal son perfectamente aplicables a una iglesia local.

Según lo que se puede apreciar en el libro de Hechos (y lo que se añade en las distintas epístolas), cuando la predicación y la labor de un obrero resultaban en la formación de una iglesia, aunque éste pudiera permanecer por algún tiempo en aquel sitio para cuidar y guiar la nueva congregación, o mantener visitas y correspondencia periódicas que tenían el mismo fin, estos heraldos de Cristo no buscaban sostener esta metodología indefinidamente sino, por el contrario, ellos favorecían, estimulaban, velaban y confiaban en que el Espíritu Santo levantara los dones necesarios en cada grupo, no sólo en beneficio de la vida interna del grupo, sino también con miras a la propagación del mensaje en las regiones circundantes (Hch. 20:25; 28:31-32; 2 Ti.2:2). Esto lo hacían por medio de la profundización en el conocimiento del Evangelio (lo cual incluye las realidades del cuerpo de Cristo, y la poderosa conexión de cada miembro con el Señor) y la mucha oración al “Señor de la mies” (Mt. 9:38).

Por eso, al hablar de  “pastoreo” debemos entenderlo como un proceso de ayuda para el crecimiento y desarrollo de un creyente, pero no hay que caer en la práctica de un pastoreo “eterno” que impida o estorbe al crecimiento de los cristianos  en particular y de la iglesia como conjunto. Tampoco sería correcto ir al otro extremo, haciendo abandono de una iglesia que aún no ha podido crecer en su entendimiento de la obra de Dios en Cristo al punto de poder tener una sólida relación con Ellos.

Cuando la iglesia local estaba lo suficientemente firme y crecida, aquél que había estado participando en el cuidado y la guía de aquella congregación, se ocupaba, con la guía del Señor, de que algunos  “ancianos” (gente espiritualmente madura) que servían en la congregación quedaran al cuidado esta nueva iglesia, mientras ellos iban a predicar el Evangelio a nuevos horizontes.

Es importante notar que no eran estos “fieles obreros y colaboradores de Dios” los que levantaban o decidían quienes eran “ancianos”, o quienes quedarían al cuidado de la iglesia, sino el Señor. Ellos sólo indicaban o señalaban a aquellos que (por su fe y amor) Cristo ya había  preparado y exaltado en alguna medida para tal obra (Hch.13:1-3; 20:25; 28:31-32; Hch. 14:21-23). En ocasiones este “señalamiento” (que puede incluir “imponer las manos” o no) puede resultar necesario, pero no hay indicios de que se deba transformar en una norma, pues también son muchas las ocasiones en que la sola obra del espíritu de Dios entre los miembros de la iglesia, exalta y pone en funcionamiento los distintos dones y las distintas funciones, sin que exista un creyente en particular que “ordene” tales cosas, cada situación es diferente y debe tratarse conforme a la guía de Cristo en aquellos que están en comunión con Él.

II. Su naturaleza

Como ya dijimos, muchas de las enseñanzas sobre la Iglesia universal son aplicables a su expresión localizada, por lo que también las metáforas de “edificio”, “santuario” y “cuerpo” (1Co. 3:9-17; 1Co 12:12-31; 1Co. 12:23-31; Ro. 12:4-5) son aplicables a las iglesias locales. Pero en el caso de una iglesia local, como es lógico tratándose de grupos “palpables” compuestos de hombres y mujeres que se reúnen para fines prácticos, el llamamiento y la responsabilidad de lo que implica cada figura recae sobre cada miembro de dicha iglesia local, quienes han de hacer efectivas las grandes verdades que se comunican por medio de esas figuras.

La iglesia local como “edificio”:

Bajo la figura del “edificio” aprendemos que cada uno tiene la responsabilidad de cuidar primeramente de que la iglesia sea edificada sobre el único fundamento doctrinal y espiritual: CRISTO. Este es el fundamento que los apóstoles habían colocado en cada iglesia y del cual Pablo, como maestro arquitecto, nos dejó una clara y profunda exposición en todas sus epístolas (especialmente en la epístola a los Romanos). En segundo lugar, cada creyente tiene la responsabilidad de cuidar cómo y con qué se edifica sobre el fundamento, para no traer la madera, el heno y la hojarasca de los esfuerzos carnales en lugar del oro, la plata y las piedras preciosas de las obras que produce la actividad del Señor a través del don de espíritu santo en nosotros (1Co 3:9-15).

La iglesia local como “templo”:

La iglesia local también puede ser asociada al “templo” o “santuario”, por lo tanto, le toca a cada creyente la responsabilidad de apreciar el carácter sagrado del edificio espiritual que constituye la comunidad de creyentes (y no sólo cuando se reúnen en algún lugar determinado), pues la iglesia es el lugar que el Dios Santo ha elegido para habitar, por lo tanto, todo creyente debería velar, para que esta crezca en la pureza de la verdad y el amor. Al mismo tiempo, la iglesia no debería consentir con que en ella se introduzca (de tal manera que viva y se enquiste) una actitud liviana frente al pecado, la inmoralidad, la contienda, la idolatría y la predica de falsas doctrinas (1Co. 3:16-17).

La iglesia local como un “Cuerpo”:

En la figura del Cuerpo se le enseña a cada creyente (de cada iglesia local) que está unido a Cristo y por medio de Él recibe de Dios no sólo el don del espíritu, sino también  recursos, capacidades o instrucciones particulares que son necesarias para contribuir con la edificación general de la iglesia (tanto de la local como de la Universal), por lo tanto, cada miembro es precioso, necesario y único. De este modo, si bien cada miembro es de suma importancia, no hay, ante el Señor, ningún miembro innecesario o de menor dignidad, sino que cada uno es vital en su propio lugar dentro del organismo espiritual que Dios ha creado. Es así que el bienestar de todo el Cuerpo, y la efectividad de la Iglesia (tanto la local como la Universal), depende de la contribución espiritual de cada uno conforme a lo que Dios en su sabiduría distribuye a través de Cristo (1Co. 12:12-16). Por otro lado esta figura, advierte a cada miembro que: así como en un miembro separado del cuerpo el flujo de vida cesa y dicho miembro muere, del mismo modo,

Tal como lo enseñó el apóstol Pablo, la forma de servir a Dios adecuadamente y de comprobar Su buena voluntad, agradable y perfecta, consiste en pensar y actuar como un Cuerpo en Cristo, no dando preeminencia a algunos miembros por encima de otros, sino actuando coordinadamente conforme a los dones o funciones que Dios repartió a cada uno (Ro. 12:2-8; Ef. 4:11-16). Si un creyente no acepta su necesidad de estar unido al resto del Cuerpo, y a la Cabeza, eventualmente perderá su capacidad de producir frutos espirituales, perdiendo la capacidad de recibir los nutrientes espirituales que provienen de Cristo (Jn. 15:5-8).

III. Su organización y su gobierno

Conforme a las palabras de Pablo, en la iglesia local todo ha de hacerse “decentemente y con orden” (1Co. 14:40), lo cual indica una determinada organización para dicho fin. Pero en cuanto a la iglesia, el énfasis del Nuevo Testamento (como ya lo hemos citado al comienzo de esta presentación) no recae sobre su organización, sino sobre el poder vital proveniente del espíritu de Cristo viviendo y obrando libremente en todos los creyentes. De aquí resulta que funcionar y obrar conforme al sano entendimiento del Evangelio y la guía del Espíritu es diferente a ser “nombrado” por algún hombre o grupos de hombres para un cargo o función determinada en algún “ministerio” u organización. Tampoco debe pensarse que el andar cristiano depende de ajustarse a una normativa ministerial o al seguimiento de ciertos estatutos de alguna organización cristiana.[4]

La autonomía de las iglesias locales:

A través del relato del libro de Hechos y de las epístolas podemos observar abundantes noticias de los fuertes lazos de comunión doctrinal y de amor fraternal que unían las distintas iglesias locales durante aquel período, pero no existe ninguna mención de la subordinación de unas a otras que fuesen más poderosas y/o más prestigiosas, ya sea por sus antecedentes, por su número o por su posición geográfica. Asuntos de importancia general podían discutirse entre todos para que hubiera mayor luz y guía para todos. Es aquí donde tiene su importancia el “consejo de ancianos”, ya sea que esté formado por los ancianos de una misma iglesia local, o (de ser necesario) por los ancianos de distintas iglesias locales con cierta unidad doctrinal. En la Iglesia del primer siglo este  “consejo” ejercía sin que se estableciera el dominio de unas iglesias sobre otras, y sin que se constituyera una jerarquía eclesiástica que gobierne sobre todas las iglesias.[5]

El cuidado de las iglesias locales:

El cuidado de la iglesia está en las manos de los ancianos. Como se ha destacado ya, cada miembro tiene su responsabilidad especial en relación con la vida total de la iglesia, pero el libro de Hechos y las epístolas a la Iglesia enseñan claramente que los creyentes reconocían y estimaban el servicio y la guía de aquellos hermanos que habían alcanzado cierto grado de madurez espiritual, sano criterio y sólidos conocimientos en cuanto a las verdades fundamentales del Evangelio, en quienes se manifestaba claramente el fruto de un andar espiritual, como aquellos que los presidían y obraban en pos del crecimiento unánime (1Ts. 5:12; He. 13:17). Cabe destacar que este reconocimiento no daba a un anciano el derecho de controlar la vida de otras personas, sino que estaba destinado a edificar a los cristianos inmaduros para que alcancen la necesaria humildad delante de Dios (1 Pe. 5:5). Efesios 5:21 nos habla de una mutua sujeción en el temor (respeto reverente) de Cristo, lo cual nos señala que nuestra obediencia primaria es a Cristo, y luego a otros hombres, conforme Él lo indique.

A estas personas se les llama “ancianos” en vista de su madurez espiritual (que poco tiene que ver con el tiempo que se lleva asistiendo a una reunión, ni tampoco tiene relación con la edad de la persona). Dentro de lo que llamamos “ancianos” podemos distinguir diversas funciones. Por ejemplo, estaban aquellos a los que se llamaba sobreveedores[6], cuya función consistía en vigilar y supervisar por el bien de la iglesia; estaban los pastores (llamados así figuradamente a causa del tierno cuidado que tenían por el “rebaño” de creyentes cristianos), cuya función era brindar un cuidado especial de cada creyente, teniendo en cuenta sus necesidades o condiciones particulares; también habían maestros, que se distinguían por su capacidad para exponer y explicar con claridad las verdades bíblicas; esto por sólo mencionar algunas funciones de servicio para la iglesia (los “diáconos”)[7]. Estas personas formaban el “consejo de ancianos”, tanto dentro de una misma iglesia local, como tocante a un conjunto de iglesias locales.

Es importante destacar que nunca se habla de un solo anciano de la iglesia local, ni mucho menos de “uno” sobre toda una región donde pudieran existir varias iglesias locales, sino de varios ancianos. La jerarquía moderna (de tipo verticalista y rígida) con la que se suele organizar la mayoría de las instituciones religiosas, es una corrupción tardía de la sencillez (inmadurez en el entendimiento) de los primeros apóstoles, que, a su vez, siguió de cerca el modelo de la sinagoga de los judíos. Es necesario hacer alguna aclaración más sobre este punto: no cabe dudas de que, según los primeros capítulos del libro de Hechos, aquella primera organización de la Iglesia donde un pequeño grupo de personas podía coordinar toda la iglesia fue ampliamente bendecida por Dios, pero debemos destacar que la base de su “éxito” no fue la estructura con la que se organizaron sino su fe, su fidelidad a las palabras del Señor, la mucha oración, y la comunión de los creyentes en genuino afecto. Por otro lado, debemos admitir que aquella organización resultó posible y útil debido a que todos los miembros de la Iglesia se encontraban en una sola ciudad, Jerusalén y, por ende, participaban de necesidades mas o menos comunes entre ellos. Cuando el evangelio fue aceptado en otras regiones, cada vez más alejadas de Jerusalén, fue imposible sostener tal forma de organización, la cual fue dando lugar y evolucionando a otra forma más parecida a una red de iglesias fuertemente vinculadas, pero autónomas, en la que cada parte tenia la necesidad de crecer en su relación con Dios y el Señor Jesucristo para recibir de ellos los recursos necesarios para su crecimiento espiritual. Por eso entendemos que el libro de Hechos no muestra una sola forma de organización de la Iglesia, sino una evolución acorde con las realidades del cuerpo espiritual que le fueron reveladas a Pablo bastante tiempo después de los primeros relatos del libro de Hechos.

En cuanto a los dones dados para la edificación y salud de la Iglesia:

Al hablar de “dones”, lo hacemos en referencia a toda la amplia gama de recursos espirituales que Dios, por Su gracia, concede a los creyentes por medio de Cristo.

La base de todo recurso espiritual (tanto general como particular, público como privado), se halla en los dones que el Señor ascendido derramó sobre Su Iglesia cuando envió la “promesa del Padre” (Ef. 4:7-13; Ro. 12:3-8; 1 Pe. 4:10-11). Entendemos que los dones que se mencionan en Efesios 4:11 son de aplicación más amplia y más permanente. Mientras que la lista de los dones (y su manifestación relacionada) citados en 1 Corintios 12:8-10 y en Romanos 12:6-8, tienen más que ver con las necesidades inmediatas de la iglesia local reunida.

Cabe destacar que, en la práctica, la eficacia y provecho de estos dones abundó cuando las iglesias crecían en el entendimiento y conocimiento de la verdad y en el genuino amor mutuo de sus miembros (1 Cor 13).


IV. La disciplina de la Iglesia local

La Iglesia es “santa” y es “de Dios” y, por lo tanto, se debe velar para que crezca en la pureza, la verdad y el amor, no tratando livianamente al pecado (que va en contra de la naturaleza de la Iglesia), de modo que éste se enquiste en la congregación. La predicación del Evangelio, la oración, la mesa del Señor y la comunión en general nos ayudan a ordenar nuestra vida en el respeto y el amor por Dios, Sus asuntos, el Señor, y los hermanos. Cuando un hermano ha caído en una falta que pudiera resultar grave para él u otros, o que esté en peligro de ello, entonces los más maduros espiritualmente debieran restaurar al tal actuando con humildad, ya que todos estamos expuestos al peligro de tropezar (Gá. 6:1). Queda la triste posibilidad de que se cometan pecados graves y escandalosos por parte de un hermano que persiste en prácticas que deshonran al Señor y a la Iglesia, o en la enseñanza de doctrinas erróneas. En este caso la iglesia local, siempre bajo la debida encomienda al Padre y a Cristo, y el concenso de sus ancianos, tiene la posibilidad de separar al miembro rebelde de la comunión “visible”  de la iglesia (es decir la reunión)[8], devolviéndole a aquel terreno del mundo donde Satanás es príncipe y señor (1 Co. 5:1-5; Mt. 18:15-17; Ro. 16:17; 2 Ts. 3:6; 1 Ti. 1:3-4; 19-20; 2 Ti. 2:16-18; Tit. 3:10-11). [9]. Esta drástica y ulterior medida disciplinaria tiene la finalidad de preservar la salud de la Iglesia y restaurar al
pecador, el cual, si se arrepiente, podrá ser recibido nuevamente en la comunión visible de la iglesia (es decir la reunión), en amor y perdón (2 Co. 2:5-11). Fuera de este criterio (y sin tener la específica instrucción de Cristo) la expulsión de un miembro estaría mal aplicada, y podría generar contienda y división, y dar lugar al Diablo. Siendo así, los que aplican esta medida estarían cometiendo pecado, estos podrían estar “aprobados” por los hombres, pero quedarían desaprobados por Dios (2 Co. 13:5-7).

El fundamento doctrinal y principio continuo de la
consideración y prédica de la Iglesia


Todas las cosas que Dios nos ha dado conllevan un privilegio incomparable y también la responsabilidad de cuidarlas y usarlas como Dios indica y para lo que Dios las ha dado. La unidad del Cuerpo de Cristo (es decir: la unidad vital que existe entre cada miembro con Cristo –y por medio de él con Dios- y con los demás miembros del Cuerpo) es uno de los regalos más preciados, y poderosos que hemos recibido para vivir en esta era.

Conforme a Su propósito original de unidad en todo Su Reino, desde los primeros tiempos (luego de la rebelión de Satanás y del pecado y caída del hombre), Dios ha planeado y ha obrado en pos de “reunir todas las cosas en Cristo...así las que están en los cielos como las que están en la tierra”(Ef.1:9-10). Esta reunión ya ha comenzado al “reconciliar consigo mismo por medio de Cristo” a los hombres (2 Co. 5:18-19). Así, la unidad del Cuerpo de Cristo es una muestra de lo que Dios está haciendo y es primicia de la paz, y de las riquezas venideras. Por eso, todos los que estamos aquí percibimos (en alguna medida) la necesidad y responsabilidad de ajustar vínculos entre las iglesias y personas con la mira puesta en el progreso del trabajo cooperativo destinado a la edificación y crecimiento del Cuerpo de Cristo, para dar cabal testimonio de la obra y el poder de Dios en Cristo de manera de ser afirmados y no ser arrastrados por doctrinas erróneas y estratagemas de hombres engañosos. De este modo, nuestro gozo estará completo (1 Juan 1:1-4).

Guardar y fortalecer la unidad en un mismo conocimiento de la obra de Dios en Cristo, y una misma fe en cuanto a dicho conocimiento, a fin de desarrollándonos en el amor y la disposición de pensamiento que de Cristo nos viene, y de llevar como se debe el ministerio de la reconciliación, es la voluntad de Dios para nosotros, sus hijos.

A continuación presentamos el fundamento bíblico de esta declaración:

Efesios 4:1-16 (NBLH)[10]
(1) Yo, pues, prisionero del Señor, les ruego que ustedes vivan (anden) de una manera digna de la vocación con que han sido llamados.
(2) Que vivan con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándose unos a otros en amor,
(3) esforzándose por preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz.
(4) Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como también ustedes fueron llamados en una misma esperanza de su vocación;
(5) un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo,
(6) un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos.
(7) Pero a cada uno de nosotros se nos ha concedido la gracia conforme a la medida del don de Cristo.
(8) Por tanto, dice: "CUANDO ASCENDIO A LO ALTO, LLEVO CAUTIVA UN GRAN NUMERO DE CAUTIVOS, Y DIO DONES A LOS HOMBRES."
(9) Esta expresión: "Ascendió," ¿qué significa, sino que El también había descendido a las profundidades de la tierra?
(10) El que descendió es también el mismo que ascendió mucho más arriba de todos los cielos, para poder llenarlo todo.
(11) Y El dio a algunos el ser apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros,
(12) a fin de capacitar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo;
(13) hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del pleno conocimiento del Hijo de Dios, a la condición de un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo.
(14) Entonces ya no seremos niños, sacudidos por las olas y llevados de aquí para allá por todo viento de doctrina, por la astucia de los hombres, por las artimañas engañosas del error.
(15) Más bien, al hablar la verdad en amor, creceremos en todos los aspectos en Aquél que es la cabeza, es decir, Cristo,
(16) de quien todo el cuerpo, estando bien ajustado y unido por la cohesión que las coyunturas proveen, conforme al funcionamiento adecuado de cada miembro, produce el crecimiento del cuerpo para su propia edificación en amor.

Filipenses 2:1-2 (PB)[11]
(1) Si, pues, alguna consolación hay en Cristo, si algún alivio de amor, si alguna comunión de espíritu, si alguna simpatía y compasión,
(2) cumplid [completen] mi gozo para que sintáis lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, teniendo el solo sentir,

Al tratar con la unidad puede sucedernos que tengamos algunas perspectivas limitadas de lo que implica la unidad del Cuerpo de Cristo, de allí la necesidad de aprender la perspectiva dada por Dios. Una perspectiva de “unidad” sería aquella unidad que tiene un grupo de cosas que está metida dentro de un mismo contenedor; otra perspectiva de “unidad” sería aquella unidad que se consigue al atar varias cosas con una misma cuerda, o unirlas en forma de red con algún elemento que las enlace. En cuanto a la unidad a la que pertenecemos, estas dos perspectivas son verdaderas pero incompletas y limitadas.

La unidad creada por Dios, Él mismo la define como un organismo (un Cuerpo) donde cada miembro no solo ha sido reunido con otros dentro de un mismo contenedor, y unido por el mismo espíritu, sino que cada parte (aunque dueña de una identidad y función propia) es completada por la otra y juntas trabajan bajo una misma idea, un mismo plan, para obtener y producir algo que ninguna puede producir por si sola, tal cual sucede con el cuerpo humano. 

Tener una perspectiva donde nuestras expectativas quedaran plenamente satisfechas por el solo hecho de reunirnos o sabernos unidos espiritualmente (aunque esas sean razones más que dignas para estar alegres y agradecidos) seria limitado si no procurásemos establecer un mismo fundamento doctrinal a fin de trabajar como un Cuerpo, bajo una misma idea y un mismo plan.

Es importante destacar y comprender que buscar funcionar bajo una misma idea no es buscar uniformar el carácter, la forma, el quehacer, etc. propio de cada miembro o cada iglesia. Conforme el entendimiento del concepto de “Cuerpo”, según se explica en Efesios 4 y 1 Corintio 12, la idea de uniformidad y pérdida de identidad es desechada por los que están presente en esta reunión. Por eso nuestro compromiso es buscar siempre (tras la debida encomienda en oración a Dios y al Señor, y el estudio amplio de las Escrituras) la unidad en la idea fundamental que coordine todas las partes, respetando la diversidad de cada miembro, la libertad de conciencia y decisión, y agradeciendo a Dios por el punto de comunión, cualquiera sea que se alcance.

Sabemos, por el relato del libro de Hechos, que algunos cristianos lograron funcionar como un Cuerpo por algún tiempo, y el destello de lo que vivieron todavía ilumina nuestro tiempo. Lamentablemente también sabemos que aquel andar en unidad duró relativamente poco y que, en general, la gran mayoría de los cristianos desde aquellos días hasta hoy han fracasado en vivir como un Cuerpo. Ahora bien, el hecho de fracasar o tener éxito no es un asunto azaroso, Dios no nos llama a transitar un camino incierto y a oscuras, todos comprendemos bien que esa idea o fundamento doctrinal que debería ser el sustento y guía de cada miembro y cada reunión de la iglesia a fin de funcionar como un Cuerpo, debe hallarse expuesto en una forma clara en las Escrituras, por lo cual no es necesario inventar e imponer algún reglamento o norma para vivir en unidad.

Creemos que en las Sagradas Escrituras existe información clara para comprender como poder vivir en la unidad del Cuerpo. Si consideramos nuevamente Efesios 4, encontraremos una información valiosísima que nos orienta sin titubeos.

Efesios 4:12-13 (NBLH)
(12) a fin de capacitar [o “perfeccionar”] a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo;
(13) hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del pleno conocimiento del Hijo de Dios, a la condición de un hombre maduro [otras versiones leen: “completo” o “perfecto”, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo.

La edificación del cuerpo de Cristo en pos de alcanzar la estatura de un varón perfecto a la medida de la plenitud de Cristo, esta asociada directamente con el alcanzar una misma fe derivada de un mismo conocimiento del “Hijo de Dios”.

Al decir: “el conocimiento del hijo de Dios” entendemos que implica conocer el amor y la obra de Dios a través de Cristo, para darnos TODA salvación, sanidad y liberación (parcialmente durante esta era y totalmente en la era venidera). Este “conocimiento” implicaría tanto lo que ya ha sido hecho por Dios mediante el Señor Jesucristo, como lo que hoy está haciendo, y lo que hará en el futuro.

Indudablemente este conocimiento del Hijo de Dios proveyó a ciertos cristianos de una misma idea o plan, y de un  mismo fundamento y un mismo sentir, que los llevó a hacer contacto con ciertas realidades que (mientras prevalecieron en sus corazones) les permitieron vivir como un Cuerpo. De manera inversa, mucho del fracaso en esta área  tan vital, se ha debido a que dicho conocimiento ha faltado en las iglesias o no ha prevalecido en los corazones de los cristianos.

Aunque en esta nota no nos adentraremos en el esclarecimiento lo que implica el “conocimiento del hijo de Dios”, esperamos que los pasajes que citaremos a continuación sirvan para comprender que:

Buscar esclarecer para luego ir estableciendo este conocimiento de la obra de Dios a través de Cristo como médula o fundamento doctrinal de la iglesia es la principal tarea a la que nos deberíamos abocar y en la que deberíamos perseverar para poder funcionar del modo que Dios desea. Esta es la pretensión básica de esta nota.

En la escritura se puede apreciar un común denominador en la consideración y la prédica de los hombres y mujeres que fueron puestos como ejemplos de fe. Ese común denominador a lo largo de todo el relato bíblico es llamado por las mismas Escrituras: “el Evangelio” (la buena noticia).
Consideremos primeramente el fundamento doctrinal del Señor Jesucristo, Quien llegó a ser “uno” con el Padre,  Quien, además, guió a Sus discípulos para que aprendieran a vivir en la misma unidad, y Quien también (es necesario que recordemos) es hoy nuestro Señor y “Cabeza” de la Iglesia que formamos.

Marcos 1:14-15 (NBLH)
(14) Después que Juan había sido encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando (proclamando) el evangelio (las buenas nuevas) de Dios.
(15) "El tiempo se ha cumplido," decía, "y el reino de Dios se ha acercado; arrepiéntanse y crean en el evangelio."

Mateo 24:14 (NBLH)
Y este evangelio del reino se predicará en todo el mundo como testimonio a todas las naciones, y entonces vendrá el fin.

Marcos 8:35 (NBLH)
"Porque el que quiera salvar su vida (su alma), la perderá; pero el que pierda su vida por causa de Mí y del evangelio (de las buenas nuevas), la salvará.

Marcos 13:10 (NBLH)
"Pero primero el evangelio debe ser predicado a todas las naciones.

Marcos 16:15 (NBLH)
Y les dijo: "Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio a toda criatura.

Recibir el evangelio, fundamentar la vida en su enseñanza, y predicarlo, fue el continuo encargo del Señor, en especial a aquellos que en un breve tiempo después servirían a la Iglesia que estaba por nacer. En una lectura y consideración del libro de Hechos, y también con la información que se añade en las distintas epístolas, podemos aprender que los creyentes y las iglesias que fueron fieles a ese encargo, crecieron en conocimiento, amor, poder y unidad, tal cual Dios lo había prometido.

¿Cuál es la relación entre “el evangelio” y “el conocimiento del hijo de Dios”? ¿Cuál es ese mismo conocimiento y esa misma fe que se nos insta a alcanzar (como hemos leído en Efesios)? Los pasajes que leeremos a continuación demostrarán que:

La “Palabra de Dios”, cuando es entendida correctamente, es sinónimo de “Evangelio” (buena noticia), y que el centro del Evangelio es “el conocimiento del hijo de Dios” (es decir el amor de Dios manifestado en toda Su obra salvífica a través de Cristo).

Hechos 1:8 (NBLH)
pero recibirán poder cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes; y serán Mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra."

Hechos 8:4-12 (NBLH)
(4) Así que los que habían sido esparcidos iban predicando (anunciando las buenas nuevas de) la palabra.
(5) Felipe, descendiendo a la ciudad de Samaria, les predicaba a Cristo (el Mesías).
(6) Y las multitudes unánimes prestaban atención a lo que Felipe decía, al oír y ver las señales (los milagros) que hacía.
(7) Porque de muchos que tenían espíritus inmundos, éstos salían de ellos gritando a gran voz; y muchos que habían sido paralíticos y cojos eran sanados.
(8) Y había gran regocijo en aquella ciudad.
(9) Hacía tiempo que cierto hombre llamado Simón, estaba ejerciendo la magia en la ciudad y asombrando a la gente de Samaria, pretendiendo ser un gran personaje ;
(10) y todos, desde el menor hasta el mayor, le prestaban atención, y decían: "Este es el que se llama el Gran Poder de Dios."
(11) Le prestaban atención porque por mucho tiempo los había asombrado con sus artes mágicas.
(12) Pero cuando creyeron a Felipe, que anunciaba las buenas nuevas (el evangelio) del reino de Dios y el nombre de Cristo Jesús, se bautizaban, tanto hombres como mujeres.
Hechos 8:25 (NBLH)
Y ellos, después de haber testificado solemnemente y hablado la palabra del Señor, iniciaron el regreso a Jerusalén anunciando el evangelio (las buenas nuevas) en muchas aldeas de los Samaritanos.

1 Pedro 1:24-25 (NBLH)
(24) Porque: "TODA CARNE ES COMO LA HIERBA, Y TODA SU GLORIA COMO LA FLOR DE LA HIERBA. SECASE LA HIERBA, CAESE LA FLOR,
(25) PERO LA PALABRA DEL SEÑOR PERMANECE PARA SIEMPRE." Esa es la palabra que a ustedes les fue predicada (anunciada como buenas nuevas).

Hechos 8:34-35 (NBLH)
(34) El eunuco le dijo a Felipe: "Le ruego que me diga, ¿de quién dice esto el profeta? ¿De sí mismo, o de algún otro?"
(35) Entonces Felipe, comenzando con este pasaje de la Escritura, le anunció el evangelio (las buenas nuevas) de Jesús.

Estos últimos tres pasajes dan testimonio de que “La palabra de Dios” cuando es entendida correctamente, es sinónimo de “Evangelio” (buena noticia), y que el centro del evangelio es “el conocimiento del hijo de Dios” (es decir: el amor de Dios manifestado en toda Su obra salvífica a través de Cristo) .

Hechos 20:24 (NBLH)
"Pero en ninguna manera estimo mi vida como valiosa para mí mismo, a fin de poder terminar mi carrera y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio solemnemente del evangelio de la gracia de Dios.

Romanos 15:19 (NBLH)
con el poder de señales (milagros) y prodigios, en el poder del Espíritu de Dios, De manera que desde Jerusalén (Ciudad de Paz) y por los alrededores hasta el Ilírico he predicado en toda su plenitud el evangelio de Cristo.

1 Corintios 1:17 (NBLH)
Pues Cristo no me envió a bautizar, sino a predicar el evangelio (anunciar las buenas nuevas), no con palabras elocuentes, para que no se haga vana la cruz de Cristo.

Colosenses 1:3-6 NBLH
(3) Damos gracias a Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, orando siempre por ustedes,
(4) pues hemos oído de su fe en Cristo Jesús y del amor que tienen por (hacia) todos los santos,
(5) a causa de la esperanza reservada para ustedes en los cielos. De esta esperanza ustedes oyeron antes en la palabra de verdad, el evangelio (las buenas nuevas)
(6) que ha llegado hasta ustedes. Así como en todo el mundo está dando fruto constantemente y creciendo, así lo ha estado haciendo también en ustedes, desde el día que oyeron y comprendieron la gracia de Dios en verdad.

Vemos que claramente se expone que la fe, el amor, y la esperanza que hacen vivo y fructífero ya sea a un individuo como a la iglesia, proceden del conocimiento y perseverancia en la enseñanza del evangelio.

Hebreos 4:2 (NBLH)
Porque en verdad, a nosotros se nos ha anunciado las buenas nuevas [el Evangelio], como también a ellos. Pero la palabra que ellos oyeron no les aprovechó por no ir acompañada por la fe en los que la oyeron.
Aquí “ellos” se refiere al pueblo de Israel. Esto nos enseña que el Evangelio fue también el centro de la consideración y el anuncio de los profetas del antiguo testamento.

2 Corintios 4:3-4 (NBLH)
(3) Y si todavía nuestro evangelio está velado, para los que se pierden [según el texto puede traducirse “los que se están perdiendo” o “los que están siendo llevados a ruina”] está velado,
(4) en los cuales el dios de este mundo ha cegado el entendimiento (la mente) de los incrédulos, para que no vean el resplandor del evangelio de la gloria de Cristo, que es la imagen de Dios.

Hechos 28:30-31 (NBLH)
(30) Pablo se quedó por dos años enteros en la habitación que alquilaba, y recibía a todos los que iban a verlo,
(31) predicando el reino de Dios y enseñando todo lo concerniente al Señor Jesucristo con toda libertad, sin estorbo.

Hemos leído del “evangelio del reino de Dios”, “el evangelio del reino de los cielos”, “el evangelio de vuestra salvación”, “el evangelio de Jesús”, “el evangelio de la gracia” etc.,  frente a la duda de si cada una de estas expresiones se refieren a un mismo evangelio o indican evangelios diferentes, bien vale considerar lo dicho por el apóstol Pablo en Gálatas: 

Gálatas 1:6-9 (RVA)[12]
(6) Estoy asombrado de que tan pronto os estéis apartando del que os llamó por la gracia de Cristo, para ir tras un evangelio diferente.
(7) No es que haya otro evangelio, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo.
(8) Pero aun si nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciara un evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema.
(9) Como ya lo hemos dicho, ahora mismo vuelvo a decir: Si alguien os está anunciando un evangelio contrario al que recibisteis, sea anatema.

Aquí Pablo enfatiza que existe un solo Evangelio verdadero, un mismo fundamento, con el cual debemos edificarnos unos a otros para llegar a tener a una misma fe. La introducción de otro fundamento que no sea el Evangelio traerá creencias equivocadas y falta de edificación o, en el mejor de los casos, una edificación defectuosa. Para Pablo la centralidad del Evangelio, tanto en el individuo como en la congregación, no era poca cosa sino el centro de su atención y cuidado.

Gálatas 1:11-12 (RVA)
(11) Pero os hago saber, hermanos, que el evangelio que fue anunciado por mí no es según hombre;
(12) porque yo no lo recibí, ni me fue enseñado de parte de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo.

Gálatas 1:10 (RVA)
¿Busco ahora convencer a los hombres, o a Dios? ¿Será que busco agradar a los hombres? Si yo todavía tratara de agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo.

¡¡Aleccionadora postura frente a la posibilidad de fraguar o abandonar el evangelio con tal de agradar a los hombres antes que a Dios!!

Romanos 1:16-17 (RVA)
(16) Porque no me avergüenzo del evangelio; pues es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree, al judío primero y también al griego.
(17) Porque en él la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Pero el justo vivirá por la fe.

Sin lugar a dudas los creyentes y las iglesias que fueron fieles a al encargo del Señor (recibir, fundamentarse y predicar el evangelio) crecieron en conocimiento, amor, poder y unidad, tal cual Dios lo había prometido; y no solo eso, también podemos aprender que aquellos hombres y mujeres fieles testificaron para las generaciones de creyentes que vendríamos detrás, para que diéramos continuidad al mismo encargo: Recibir, fundamentarnos y predicar el Evangelio, cuyo centro es “el conocimiento (del amor y la obra de Dios por medio) de Su hijo”). El siguiente pasaje expone a las claras que también a nosotros se nos ha encargado lo mismo:


Romanos 10:13-15 (RVA)
(13) Porque todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo.
(14) ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán a aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?
(15) ¿Y cómo predicarán sin que sean enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian el evangelio de las cosas buenas!

Romanos 10:17
Por esto, la fe es por el oír, y el oír por la palabra de Cristo.

Por ultimo, a fin de enfatizar un poco mas el valor que debe tener el procurar esclarecer y establecer un mismo fundamento doctrinal basado en el evangelio del amor y la gracia de Dios para dar gratuitamente toda salvación a través de Su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, a todo aquel que en él cree, planteamos la siguiente reflexión: en toda edificación hecha para perdurar podemos observar que “el fundamento” es lo primero que se coloca, pero su efecto sostiene tanto a la primera hilera de ladrillos como a la última. Por lo tanto al pensar en el Evangelio como “el fundamento doctrinal” nuestro y de la Iglesia, no debemos pensar que es “solo” lo primero a considerar y predicar, sino que el conocimiento y prédica del Evangelio es el “principio continuo” a considerar y predicar.

Repetimos:

El Evangelio de Dios, la Buena Noticia de salvación por medio de Cristo, es el PRINCIPIO CONTINUO  a considerar y predicar. Cada una de las enseñanzas de la Biblia proceden del Evangelio y a su ves cada una de dichas enseñanzas nos enseña algo del Evangelio

Conclusión: visión de propósito

Por todo lo anteriormente expuesto, entendemos que lo que aquí Dios y el Señor están edificando, si bien aun está en gestación, es una red de Iglesias autónomas, con un cada vez mayor y más fuerte vínculo entre ellas, pero autónomas. La idea de “red de iglesias autónomas” implica que cada iglesia local posee la capacidad y autoridad para decidir sobre su propio bienestar  aunque todas entienden y creen en la necesidad de la mutua ayuda y colaboración en todo lo que comprenda aportar a la edificación interna de las iglesias, como a la difusión del Evangelio de la gracia de Dios en Cristo.

Nuestra visión de propósito, contempla que (más allá de la obra local) cada iglesia y cada miembro puedan desarrollar un entendimiento más amplio de su servicio, y así también velar y aportar a la edificación de esta red de congregaciones o Iglesias locales con autonomía en Cristo.

Conforme a lo que entendemos de las Sagradas Escrituras, en cuanto a la doctrina cada una de estas congregaciones deberían estar basadas y edificadas sobre el conocimiento y permanente consideración del Evangelio de la gracia de Dios en Cristo (el cual entendemos es el único fundamento de una verdadera transformación a la libertad y el amor cristiano, a la unidad práctica, y puerta de acceso al poder y la sabiduría de Dios). Simultáneamente cada iglesia estaría velando en el establecimiento y fortalecimiento de vínculos con las demás iglesias o cristianos particulares según Dios y el Señor vayan abriendo puertas.

Estos vínculos han de servir para que luego pueda correr (según se vea la necesidad) el producto de lo que Dios y el Señor Jesucristo vayan trabajando, y/o produciendo con cada congregación local o individuo,  para el beneficio del resto de las iglesias. Estos vínculos también han de servir para la mutua ayuda, guía, aliento, confort, sostén, exhortación, corrección, etc., pero no para tomar o invadir la función o responsabilidad propia de cada iglesia.

En ese sentido, entendemos que es de gran utilidad la existencia de reuniones periódicas (o contacto periódico) entre los que van alcanzando madurez e interesándose en el servicio de la Iglesia. Estas reuniones de “ancianos”, tendrían el propósito de velar por el crecimiento armónico de todas las partes en cuanto a la unidad en la doctrina del Evangelio y para hallar consejo en cuanto a los distintos temas, proyectos y necesidades de la Iglesia en general o de alguna iglesia local. Pero, siendo que cada iglesia debe ir creciendo en el aprendizaje de moverse bajo el liderazgo del Señor Jesucristo, no creemos que exista la necesidad de levantar a este u otro grupo de personas como responsables finales y absolutos de coordinar el movimiento general de esta RED, ni mucho menos, por así decir, “eternizarlos” en esa función.

Por lo tanto, frente a cada necesidad física o doctrinal, o frente a cada intención de movimiento conjunto, las personas que van aceptando la responsabilidad de servir en las iglesias participantes se contactarían entre si para orar y considerar tal o cual necesidad y luego cada uno decidiría sobre dicha cuestión según su mejor entendimiento de la voluntad de Dios, ejerciendo su libertad en Cristo (Hechos 15:36-40).

Nuestra visión es que una Iglesia así formada (en forma de una red de iglesias autónomas en Cristo) y así funcionando, cumplirá mucho más poderosa y eficazmente el encargo de Dios y de nuestro Señor en cuanto al ministerio de reconciliación y, además, estará mejor capacitada para resistir los embates y las estratagemas del Adversario (Ef.4:1-12).

A la luz de lo que entendemos de las Escrituras y de los tiempos y necesidades presentes, y a la vista de lo que Dios, por medio de Cristo, está haciendo entre nosotros, fuerte es la convicción con respecto a este modo de funcionar del Cuerpo de Cristo. Sin embargo, estamos abiertos a ser corregidos, siempre y cuando se lo haga con una exposición íntegra y seria de las Sagradas Escrituras, de modo que un mejor entendimiento de éstas nos convenzan de que no es ésta (la “red de iglesias autónomas) la forma de proceder que Dios desea de nosotros.

Queridos hermanos, grande es el llamado de nuestro Dios y Padre,  más de lo que podemos esperar de nosotros; pero debemos esperar en Él, y a Él encomendarnos, y en Él confiar para que por medio de su Hijo nuestro Señor Jesucristo nos guíe a la Verdad y a la unidad en el amor sin fingimiento.

Efesios 4:3-6 (NVI)
(3) Esfuércense por mantener la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz.
(4) Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu,  así como también fueron llamados a una sola esperanza;
(5) un solo Señor,  una sola fe,  un solo bautismo;
(6) un solo Dios y Padre de todos,  que está sobre todos y por medio de todos y en todos.






[1] Al decir “Iglesia Universal” nos referimos a la Iglesia como la entidad espiritual creada por Dios, de la cual forman parte todos cristianos renacidos, sin querer generar asociaciones con la denominación que  se ha auto-proclamado con el nombre de “Iglesia Universal”.
[2] La Biblia usa la palabra “iglesia” para referirse tanto al Cuerpo de cristianos como un todo, como a un grupo más pequeño de cristianos, reunidos en servicio o adoración a Dios.
[3] Si bien existía una “iglesia” antes del día de Pentecostés (Mt. 18:17), ésta estaba más bien centrada en las promesas hechas al pueblo de Israel. La Iglesia del Cuerpo de Cristo a la que actualmente pertenecemos comienza en el momento en que una nueva realidad espiritual hace que los que creen en Cristo pasen a formar parte de un Cuerpo con Él (1 Co. 12:12-13).
[4] Por supuesto, toda organización que tiene un fin determinado requiere de ciertos estatutos y normativas para poder funcionar adecuadamente, pero éstas debieran usarse sólo para dar orden a las actividades de la organización y no como rectores de la conducta del cristiano, ni como patrón para medir quienes están “aprobados” o “desaprobados” ante Dios.
[5] Tomemos como ejemplo la cuestión que se generó en torno a si los gentiles debían o no circuncidarse. El tema se trató entre los ancianos de la iglesia en Jerusalén y los ancianos representantes de la de Antioquía, pero no hay indicio de que la iglesia de Antioquia estuviese subordinada a la de Jerusalén.
[6] La palabra griega es episkopos, muchas veces traducida como “obispos”. E.W. Vine explica que esta palabra proviene de epi: “sobre” y skopeo: “mirar, vigilar”. Literalmente significa “uno que vigila o mira sobre otros, un supervisor o sobreveedor”.
[7] La palabra griega traducida como “diáconos” es diakonos, que quiere decir “servidor” o “ministro” y tiene una aplicación muy amplia en el Nuevo Testamento. Basados en Hechos 6, algunos suponen que ésta palabra sólo se refiere a aquellos que cuidan de lo material, y que son los ancianos los que se ocupan de lo espiritual, pero un estudio de los usos bíblicos de esta palabra nos lleva a comprender que se refiere a toda clase de servidor. Thayer dice que esta palabra primariamente significa: “uno que ejecuta los mandamientos de otro...”
[8] Decimos que la iglesia puede separar a un cristiano de la comunión “visible”, porque nadie puede ser separado espiritualmente del Cuerpo de Cristo.
[9] Desde luego, la frase “entregar a Satanás” no tiene nada que ver con la perdición eterna, ya que esa cuestión ya ha sido resuelta con la sangre de Jesucristo que justifica de una vez y para siempre.
[10] Las citas de las Escrituras marcadas como “NBHL” fueron tomadas de la Nueva Biblia Latinoamericana de Hoy, revisión del 2005, por Lockman Foundation.
[11] Las citas de las Escrituras marcadas como “PB” fueron tomadas del Nuevo Testamento de Pablo Benson, edición 1981.
[12] Las citas de las Escrituras marcadas como “RVA” fueron tomadas de la Reina Valera Actualizada, revisión hecha en 1989 por la “Casa Bautista de publicaciones”.

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